lunes, 29 de diciembre de 2008

The Spirit, de Frank Miller

Ayer, después de mucho tiempo, volví al cine. Entre la oferta de películas navideñas, de vampiros fantásticos, y las romanticonas; opté por The Spirit, esperando ver algo parecido a Sin City o 300, y animado por el reparto tan de renombre, del que finalmente sobresalen como mucho dos personajes.
La película es entretenida, sin más. Ni se trata de una maravilla del cine, ni de un plomazo infumable. Es entretenida para pasar un rato. Como es carácterístico en las intervenciones cinematográficas de Frank Miller, tiene un tratamiento de la imagen muy bello, con estética de cómic, como era imaginable; aunque la historia, desde mi punto de vista queda algo coja.
Con un reparto que auguraba éxito: Scarlett Johansson, Gabriel Macht, la efimera aparición de Paz Vega -con un personaje que no se termina de entender del todo y al que se podía haber sacado algo más de jugo- y las dos mejores interpretaciones de la película, desde mi butaca: una magnífica Eva Mendes, que se adueña de la historia apareciendo al principio como un personaje sin aparente importancia; y Samuel L. Jackson -siempre bueno-, que parece disfrutar de lo lindo dando vida al villano Octopus.
Como elementos más interesantes de la película me quedo con lo que hablé antes: el tratamiento exquisito de la imagen, además de los recuerdos de la infancia del protagonista Spirit (Gabriel Macht) y Sand Sharef (Eva Mendes), aderezados con una buena música. Lo peor de la película, yo pienso que es, sin dudarlo un instante, el doblaje pésimo que se le da al castellano, y los puntos cómicos de la película, muchos de ellos sin necesidad, gracia y apenas sitio en la trama.
No es queThe Spirit sea una nefasta película, para nada, aunque pienso que con el reparto que goza, y con una lucha típicamente antagónica de cómic, entre villano y héroe; se podía haber sacado mucho más jugo al resultado final. Lo dicho, una película entretenida, que quizás quede como un elemento valioso para la cultura del cómic -y sus adaptaciones- y sus aficionados, pero que no creo que obtenga grandes logros en el panorama cinematográfico.

Pedro Páramo, de Juan Rulfo

Pedro Páramo es la gran novela de Juan Rulfo, a menudo encuadrara en el realismo mágico. Lo cierto es, que aprovechando la palabra, la novela tiene una gran dosis de magia. Numerosos escritores se han declarado grandes admiradores de ella: Jorge Luis Borges o Gabriel García Márquez o Susan Sontag, la cual dice sobre ella: "Pedro Páramo es un clásico en el sentido más cabal del término".
La novela comienza con la narración de Juan Preciado, que explica como llegó a Comala, alentado por su madre antes de morir para que se encuentre allí con su padre, que da nombre a la obra. Llama la atención el primer dialogo, entre Juan Preciado y el arriero que le dirige hacia su destino; que también es hijo del mismo padre.
Esta novela es un continuo cambio entre la Comala del pasado, habitada por vivos; y la Comala actual, completamente deshabitada, poblada sólo por las almas de los que allí conocieron prosperidad tiempo atrás.
El estilo narrativo de Rulfo me parece deliciosa, aportando grandes dosis de magia e intriga a su obra, que a veces llega a parecer un sueño, más que un libro. Las imágenes con las que juega, el simbolismo tan exquisito que a veces inunda sus líneas, hacen de la novela un pasaje ensoñador entre un mundo y otro.
Sontag dice que, perfectamente, entendía la decisión de Juan Rulfo de no escribir otra novela después de Pedro Páramo; pues la meta de un escritor no es publicar un libro tras otro, si no que el objetivo es hacer una obra maestra, perdurable, y Juan Rulfo ya había conseguido eso con esta obra.
Un buen aliento para empezar a leerla, las palabras de la novelista y ensayista. Merece la pena leerla, junto a los grandes autores de la literatura latinoamericana: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, o Mario Vargas Llosa, entre otros grandes.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Sombras y espectros nocturnos

Como ya os habréis percatado -si habéis bajado hacia abajo al entrar en el blog-, estos días he leído la Canción de Navidad, de Dickens. Hoy es el mejor momento para haceros una confidencia. No sé si he hecho bien en leerla. Quede claro que la novela es maravillosa y un verdadero lujo, pero ahora vivo mi vida perpetuamente en una especie de estado de alerta. Existe una similitud importante entre Scrooge y yo: ninguno de los dos recibe ningún invitado especial esta noche. Coincidencias.
No es que yo me considere huraño, ni que odie la Navidad, todo lo contario; este periodo me parece muy enternecedor: los niños viven ilusionados con la llegada de los Reyes Magos -o Papá Noel, en su defecto-; la gente es feliz sin tener ninguna aparente razón, se olvida por unos días de la mierda de mundo en la que viven, hablando mal y pronto. No es que odié la Navidad, estaba diciendo; pero ahora cada vez que salgo de mi habitación en la noche, tengo que mirar alrededor, por si me aborda el espíritu de las navidades pasadas, presentes o futuras; si bien es cierto, que este último es el que más me aterra. En cada recodo de mi casa, observo sombras que se mueven incesantemente, sin descanso, mientras, yo, intento seguirlas con mis ojos aturdidos.
Si camino en la tenuidad de la madrugada por los pasillos, tengo la sensación de estar siendo precedido por una marcha fúnebre, enrolada en el arte del murmullo y el susurro más latente y terrorífico. Me atemoriza la idea de que un espectro encapuchado me muestre mi futuro, y señale mi lecho de muerte, y de que me roben las letras del epitafio de mi indigna sepultura...
Una de las peores y más magníficas virtudes que nos concedieron a los humanos es la imaginación. En cada esquina puedes encontrar un monstruo, un especto, un dementor, un ladrón de almas... Ahora mismo estoy escribiendo este texto a oscuras, y no quiero mirar atrás. Acabo de sentir una presencia, respira fuerte, hondo; noto la suavidad de su aliento a mis espaldas. He oído movimiento, no quiero girarme. Me ha apoyado la mano sobre el hombro. ¡Qué miedo! Voy a girarme, sí, voy a hacerlo, no queda más remedio. En la vida hay que enfrentarse a los temores, en eso consiste el coraje. Me giro. Uno... dos... tres... ¡ya! Uf, no había nadie, qué alivio. Mira tú a tu espalda, por las dudas.

Canción de Navidad, de Charles Dickens

Las buenas esencias se presentan, generalmente, en frasco pequeño. Esto suena a topicazo, en toda regla, pero en muchas ocasiones no hay que subestimar los dichos populares. Si hablamos de esta pequeña joya es una de esas ocasiones en las que este dicho es completamente aplicable. Canción de Navidad es una pequeña obra literaria, de lectura muy aconsejable, sobre todo en esta época del año.
En esta obra, Charles Dickens, el gran novelista británico; cuenta la historia de Ebenezer Scrooge, una persona huraña, que detesta la navidad, desde que su socio muriese hace 7 años. Para él, esta etapa del año sólo son paparruchas. En la noche de navidad, tras declinar la invitación de su sobrino para la cena; se queda en su casa solo y recibe una extraña visita, que le pautará unas acciones a seguir en sus días venideros.
Envuelto en el ambiente frío y misterioso de la ciudad de Londres, Dickens, el creador de la infancia en la literatura, con Oliver Twist -como leía en un artículo reciente, creo que de David Torres-, nos relata de forma majestuosa la historia de como cambió la concepción de la navidad el señor Scrooge; con unas descripciones magníficas, una narración exquisita y un estilo impecable, propio de la novela de la época.
Destaca en su forma de narrar mostrada en esta obra, la descripción del tercer visitante, inquietante y terrorífica; así como el momento en el que Scrooge cree divisar delante de él, en su salón, una marcha fúnebre, acompañada de susurros y murmullos entre las sombras de la oscuridad. Queda demostrado, de sobra, que Dickens es un narrador excelentísimo, con la simple lectura de alguno de sus párrafos.
Corta, con una historia mágica y oscura, y con una factura perfectamente bella; se ha convertido en uno de mis libros preferidos. Un absoluto canto a la felicidad y su espíritu. Un claro ejemplo a seguir para los que gustan de escribir, y todo un placer para los lectores, sobre todo ahora que es Navidad.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Mucho, mucho ruido

Mucho, mucho ruido… Desde que había llegado a la última planta de aquel edificio y había salido a la terraza, una extraña sensación le había embriagado por completo. No podía dejar de mirar la inmensidad de la ciudad bajo sus pies y, con su cámara en las manos, se ayudaba de las fotografías y las propias imágenes mentales para inmortalizar aquella vista perfecta.
Sus ojos se dirigían a los numerosos edificios que reconocía entre la maraña de callejuelas y paseos que tejían la tela de araña que compone Madrid: el edificio de Correos, el paseo del Prado, el faro de Moncloa y, justo si dirigía su mirada a lo más cercano a sus ojos: la confluencia de la calle Alcalá y Gran Vía, es decir, el majestuoso edificio Metrópolis. ¡Qué maravilla de ciudad! En ese momento pensó en como sería la vista por la noche, cuando las luces que pregonaban la navidad en las calles gélidas tomaran vida, robando una pedazo de esta a cada viandante.

Nadie hablaba arriba, ya que se encontraba acompañada, aunque sola entre la multitud. Y en toda su estancia allá, mientras miraba y conversaba con cada recodo de la urbe; no paraba de escuchar en su cabeza una canción, perfecta para aquel cuadro que nadie jamás pintaría, y del cual ella era musa. Lo que más le sorprendía, además, por supuesto, de la maravillosa vista; era el silencio que reinaba en aquel lugar, en medio del tráfico, a tan sólo unos pies de altura de la alocada ciudad que tan bien describió Galdós en sus novelas, y a la que tantas veces escribieron los cantautores.
Sin embargo, allí abajo, en la distancia, gobernaba, de forma dictatorial, el ruido. Ruido como sables, ruido enloquecido, ruido intolerable, ruido incomprendido –tarareó en su asombrada cabeza. Allí, en cambio, presidido por Atenea, con actitud seria, el más absoluto e inspirador silencio. Fotógrafos, poetas, dramaturgos, pintores… cualquiera hubiese podido encontrarse consigo mismo y con la inspiración en aquella azotea, presidida por la diosa griega y amenazada por las nubes, caprichosas en el cielo.

En la cúpula del Metrópolis se erigía un ángel con las alas y los brazos abiertos, como si, desde allí, quisiera echar a volar y alzarse de Madrid al cielo. Lo fotografió, mental y materialmente. El frío apretaba, y sus manos empezaban a sentirse heladas. Se giró, se detuvo de nuevo frente a Atenea –con su lechuza y su yelmo-; y por último, antes de creer que despertaría en ese preciso instante, volvió a mirar en derredor. El Edificio de Correos, la Casa de América, la puerta de Alcalá, las estatuas que parecían cobrar vida… y una ciudad a la que adoraba a cada segundo que pasaba, y que sobrevivía inmersa en un insoportable ruido, tanto, tanto ruido.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Marianela, de Benito Pérez Galdós

Hoy concluyó mi lectura de Marianela, del novelista canario Pérez Galdós. Como es costumbre, el escritor insular crea, a base de palabras bien estructuradas, una atmósfera que se constituye como un fiel reflejo de la sociedad española de su época.
En Marianela, de 1878, Galdós ambienta la trama en un pueblo de Santander: Aldeacorba de Suso, con todo lo que ello implica. Marianela, personaje principal, es una muchacha pobre, desdichada y fea, que vive para ser los ojos de Pablo, un ciego que espera la llegada del médico Teodoro Golfín, famoso por su gran labor curativa en el ámbito ocular.
Marianela es huérfana desde que su madre se suicidó -algo que no estaba bien visto en la sociedad de entonces-, en la garganta de la Trascava, donde la Nela asegura que se encuentra, que incluso a veces la oye. La pobre Nela, vive por y para su amo, al que se siente apegada, y por el que siente un gran amor. Con él es con la única persona que no siente verguenza y por la que sienta un amor profundo. Tras la llegada de Teodoro Golfín, el médico, un personaje que se presenta al principio de la novela, como alguien agradable y exitoso, triunfal; la historia comienza a cambiar en Aldeacorba.
La novela de Galdós -que era la preferida del propio autor- trata de mostrar, y lo consigue, la situación de una persona como Nela en la situación de entonces. Completamente desdichada, huérfana, sin ganas de vivir, si no es para ser la guía de Pablo, para disfrutar junto a él de la Naturaleza. Lo más destacable de la novela del escritor canario son, como no, la excelente forma de narrar que practica y las impresionantes descripciones que proporciona (recuerdo ahora una de la garganta en la noche, en los primeros capítulos, justo antes del encuentro de Teodoro con el ciego).
Además, Galdós muestra la escala de valores, y como éstos varían según la escala social en la que te encuentres. Un valor muy importante, en esta obra -y en toda la obra del escritor- es la caridad, que gira en torno a la figura de Florentina. De esta caridad, destaca una frase que, perfectamente, podría ser aplicable a la sociedad de nuestros días, en boca de Teodoro: "Todo eso sólo me prueba las singulares costumbres de una sociedad que no sabe ser caritativa sino bailando, toreando y jugando a la lotería...". De actualidad absoluta.
Todo esto queda aderezado por la ironía puntual del autor, en situaciones específicas; como, por ejemplo, el último capítulo de la novela, dotado de un sarcasmo especialmente inteligente, usado a la perfección.
Marianela es una novela de una gran factura, escrita por el máximo exponente de la novela española; y considero que esta u otras lecturas de Benito Pérez Galdós deberían ser de lectura obligatoria en cualquier instituto.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Pedro Salinas (1891-1951)

Uno de mis poetas preferidos. Espero que os guste y lo disfrutéis.

¿Fue como beso o llanto?


¿Fue como beso o llanto?
¿Nos hallamos
con las manos, buscándonos
a tientas, con los gritos,
clamando, con las bocas
que el vacío besaban?
¿Fue un choque de materia
y materia, combate
de pecho contra pecho,
que a fuerza de contactos
se convirtió en victoria
gozosa de los dos,
en prodigioso pacto
de tu ser con mi ser
enteros?
¿O tan sencillo fue,
tan sin esfuerzo, como
una luz que se encuentra
con otra luz, y queda
iluminado el mundo,
sin que nada se toque?

Si me llamaras

¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde a voz que dice:
"No te vayas."

Ayer te besé en los labios

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él. Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no...
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.


miércoles, 17 de diciembre de 2008

Los abuelos del parque

La mañana había entrado ya hacía rato. Era fría, de invierno, aunque el sol pegaba fuerte, de esas veces en las que si te sientas mucho tiempo expuesto a sus rayos, te arde la nuca. La situación era la siguiente: dos abuelos estaban sentados en un banco, mirando lo que parecía una pared en medio de un ajardinado espacio con carreteras poco transitadas. El silencio era espectral, el mundo parecía haber enmudecido de repente, seguramente por vergüenza de todo lo que sobre él ocurría.

- ¡Vaya sol ha despertado hoy!, ¿eh Heladio? – habló uno de los viejos.

- Ya le digo que si, Serafín, y que usted lo diga.

- ¿Hoy tenemos que ir a jugar nuestra partida, no? – volvió a preguntar Serafín.

Su eterno compañero de fatigas asintió sin más, disfrutando del repiqueteo de un pájaro que desmigaba un trozo de pan en la acera. ¡Cuánta tranquilidad! –pensó para sus adentros. A lo lejos se oyó el rugir de un motor, y ambos se pararon a escuchar. En poco menos de cinco minutos, un alargado vehículo negro pasó por delante de sus semblantes. Ambos se miraron sorprendidos. Por aquel parque no solían transitar muchos coches.

- ¡Qué silencio, amigo!. En Vallecas nunca había esta tranquilidad –comentó sin importancia Serafín.

- A todas horas coches… no se podía echar uno ni la siesta.

- Los domingos me gustaban, siempre iba a ver el Rayo con mi hijo y mis nietos. ¡Qué buenas tardes! Aún lo veo a veces -concluyó melancólico.

Algo le cortó en su última frase. Una señora que cargaba un ramo de flores rojas y blancas –parecían claveles- pasó a su lado, por lo que pareció sin percatarse de su presencia tranquila en el banco.

- Flores… -dijo Heladio, que continuó con el melancólico tono de su amigo-. Yo no tengo flores en casa. Nunca me gustaron mucho, ¿y tú?

- Yo tampoco. Ni yo, ni mis hijos somos muy de flores… aunque esas son bonitas -señaló las de la mujer.

La mujer depositó las flores, junto a una foto familiar, en un hueco que había en la pared hecho para ellas, junto a una inscripción fechada; y volvió a pasar por delante de los dos viejos, sin mirarles ni tan siquiera un instante. Se miraron alegres, sonriendo, esperando la partida del mediodía. Y es que, en aquel lugar, no tener flores no significa caer en el olvido -para nada-, pues para evitarlo están los textos o los propios recuerdos.

Para mi abuelo, y los abuelos de los demás, por Navidad.

martes, 16 de diciembre de 2008

Aparente carácter gélido

Como cada martes se levanta, adormilado. Entre sábanas es donde quisiera permanecer un par de horas más, como mínimo. Pero no puede ser. El estridente sonido del reloj suena, destroza su armonía cálida de la habitación oscura. La balada del despertador, le llaman. No hay más remedio que levantar y lavarse la cara, entre bocados a un pastel de chocolate y sorbos ardientes a un colacao, o derivados.
Ducha rápida -si la puntualidad lo permite-, pequeña charla con sus padres, sin prácticamente nada que contar, pura rutina de la mañana que aún no acaba de entrar a sus ojos semicerrados. En pocos minutos desde el fin de la peor canción del mundo -el despertador-, sale de casa y cierra la puerta con llave.
Por la calle camina, a cinco minutos está el instituto. En el camino encuentra gente, no amigos, sólo gente. Los amigos los tiene, pero la mayoría no están en el mismo instituto que él. No importa, todos le conocen y saluda con una sonrisa mañanera y fría; porque las manos están a buen seguro del gélido ambiente, en los bolsillos del anorak.
Siempre sonríe, y es lo más importante de él; su capacidad de sonreír en momentos tan adversos. Todo pasa, y él está aprendiendo a vivir de otra manera su vida, a la fuerza; por lo que estoy ampliamente orgulloso de él.
Para Jandro, en el día de su cumpleaños -ya termina el ciclo de cumpleaños.

lunes, 15 de diciembre de 2008

A mi viejo, en su día

Me vais a permitir una entrada más personal hoy, si bien cada texto lleva un pedazo del autor que lo suscribe enredado en sus palabras. Hoy es un día especial: como cada 15 de diciembre, mi padre cumple años. Pero este año resulta distinto.
No sé qué deciros de mi padre. Así que escribiré como si me dirigiese a él; aunque en cierto modo, así es. Este año te ha tratado peor que los anteriores -y a todos-, está más que claro que no queremos volver a ver a 2008, yo ya renegué de su falsa amistad hace aproximadamente un mes; por eso me alegra más que este año cumplas años, porque significa que el año está empezando a huir de nosotros.
Y por eso, me ha encantado que nos hayamos reído un montón hoy, dejando a un lado todo lo demás. Porque me enorgullece que seas tú mi padre, mi viejo, como te digo siempre. Porque he aprendido a adorar ese quiosco gracias a tí, que tanto le odias y le adoras. Porque un día escribí una Oda a un quiosquero en la que tú fuiste y serás protagonista siempre. Y porque si me preguntasen si admiro a alguien en la vida, contestaría sin atisbo de duda -e hinchado de orgullo- que a mi padre (junto a mi madre, aunque ahora no venga tan al caso).
Por eso y por todo lo demás. Felicidades viejo.

domingo, 14 de diciembre de 2008

B612

Terminamos el corto hoy mismo. Y he quedado contento con el resultado. Os dejo el video, para que lo veaís. Está hecho con todo nuestro cariño. Yo, como Pablo, daré gracias a todos los que han participado en él: Jonathan, Raquel, la actriz, -con el cambio de planes que le suponíamos-; y, por supuesto -como hizo Pablo- a Loren y a él mismo, por hacer del proceso algo muy divertido.

Gracias, espero que os guste. Podéis descargarlo aquí.


video

Aquí os dejo también la carátula del cortometraje:


sábado, 13 de diciembre de 2008

Alicia en el país de las maravillas/A través del espejo, de Lewis Carroll

Nunca vi la película de pequeño. Así que me llamaba la atención la historia. La encontré solitaria en una estanteria de ese centro al que todos acudimos en busca de todo tipo de materiales: libros, discos, películas, comics... Bendita FNAC -y que conste que no quiero hacer publicidad con esto. Me la llevé en la mano para leerla antes de que Tim Burton -admirado director- termine su adaptación cinematográfica.
Allí estaba; y junto a Rayuela e Historias de Cronopios y famas, ambas de Cortázar; pasó a mi estantería, para su pronta lectura. En cuanto empecé a leerlo fue como si volviese a un estado mental anterior. Tal vez esta sensación se acrecentó porque el primer pasaje en el que Alicia intenta entrar al jardín me recordaba al videojuego Kingdom Hearts.
La historia, como seguro que sabéis, es algo surrealista e impensable. Una niña que crece o mengua según devore una tarta o beba un extraño brebaje, que persigue a un conejo aristocrático británico -con chaleco a cuadros y reloj de mano incluidos-, y que tiene disparatadas historias con unos personajes un tanto pecualiares. Como de poker.
La segunda parte: A través del espejo, me pareció más original -si cabe- que la primera, con su tremendo escenario-tablero; aunque me dio la sensación de ser más lenta, con menos ritmo. Me quedo con la primera. Esta pareja de historias refleja, por momentos, algunos retazos de las sociedades humanas vigentes en la actualidad de la obra.
En conclusión, la obra compone un par de fábulas muy imaginativas, tremendamente surrealistas. No he tenido oportunidad de ver la película, aunque espero que sea algo distinta; pues, si los dialogos son iguales que en la novela, los niños quedarían demasiado atónitos, sin llegar a entender mucho de lo que transmite.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Premio Fotojoven Coslada 2008



Primer premio Fotojoven Coslada 2008. Categoría: Tiempo libre.
Autor: Yo (http://www.flickr.com/photos/le_txetxu/2575322445/)

Gracias a todos los que estáis cerca. Hoy es un día muy especial.

martes, 9 de diciembre de 2008

Mi canto al cine

- "¡El cine es una maravilla! ¡El cine es una maravilla!". No me he cansado de escuchar esta afirmación en los últimos días, de la boca de uno de mis amigos de la facultad, aunque a veces pienso que sobrepasa la línea de los amigos (para bien). El espacio en el que la frase caía como si de una bella actriz en la alfombra roja se tratase era la propia facultad, mientras rodábamos nuestro cortometraje B-612. ¡Qué gran experiencia!
Pues si, el cine es una maravilla. Me asombra la capacidad de proyección del cine en las personas. ¿Acaso nadie ha derramado lagrimas viendo la muerte injusta de algún personaje, en la ficción? Seguro que tú, que ahora estás perdiendo el tiempo en leer esto, lo has experimentado no hace mucho. El cine tiene un poder enorme de influencia en la humanidad.
¿No te ha pasado nunca que, caminando en un día lluvioso has decidido ponerte los cascos y escuchar alguna melodía de piano, con lances melancólicos, sólo porque en tu película favorita hay una escena igual? Estoy seguro de que, si no tal cual, algo parecido te ha pasado. Tanto influye el cine en las personas, que algunas hacen suyas las películas y sus mejores frases. Así, no es extraño ya observar una pintada en la pared que rece cualquier frase cinematográfica: Yo, al igual que Dios, ni juego al azar ni creo en la casualidad o Sin ti, las emociones de hoy no serían más que la piel muerta de las de ayer, entre otras. Existen personas que comparan el cine con la propia vida, como el director Passolini –del cual vi hoy Encuesta sobre el amor, en mi asignatura de Historia del Cine-, que la describe como “un gran plano secuencia”. Hace escasos días, José Luis Borau ingresó en la Real Academia Española; y su discurso de ingreso fue un auténtico canto al cine. "Al cabo de un siglo largo de vida, el Cine ha marcado la forma de hablar y de escribir con huellas más abundantes y profundas de lo que pudiera parecer a simple vista" -dijo el reciente académico. Yo, a mi humilde modo, lanzo hoy otro canto al séptimo arte, que constituye un enorme patrimonio intelectual y artístico, muchas veces injustamente despreciado.

lunes, 8 de diciembre de 2008

V de Vendetta, de James McTeige

Esta película me parece una maravilla, de principio a fin. Ambientada en un futuro próximo: el mundo ha cambiado radicalmente, y lo vemos a través de Inglaterra, gobernada por un nuevo autoritarismo amparado en el control de la población a través del miedo y de los medios de comunicación. En este marco, conocemos a V; un liberador -a los ojos del gobierno un terrorista-, que lucha por desestabilizar el sistema autoritario y en venganza de Guy Fawkes.
V es un gran personaje -con su mascara de Guy Fawkes siempre puesta-, que busca la venganza por su historia, estremecedora; y que idea un plan para que se recuerde el 5 de noviembre como un día grande en Londres. Tras dinamitar el Old Bailey, conoce a Evey, interpretada de forma increíble por Natalie Portman, que sufre una transformación a lo largo de la película interesante.
Me gusta V, por su tremendas dotes de dialogo, como demuestra en cada una de sus intervenciones (exquisitas), y porque es un completo enamorado de las artes -música, literatura, pintura, cine (donde destaca su afición a El conde de montecristo)-, en definitiva, es un hombre tremendamente cultivado y con unas ideas de justicia, libertad y sociedad, muy fuertes y distintas a lo que se encuentra en la sociedad inglesa en la que se ambienta la historia.
La interpretación es fenomenal, por parte de todos, incluído el actor que interpreta a V, Hugo Weaving; -al que nunca se le ve la cara-, pero que consigue crear una identidad idónea mediante gestos y voz, con la cual conectas en las primeras apariciones del personaje en las tenebrosas calles londinenses.
Una película con un ritmo acelerado en todo momento, exquisita en cuanto al dialogo y la fotografía, con un reparto e interpretación magnífica, un argumento rompedor; y por supuesto, un final tremendo. Desde el día que la vi, engrosó mi lista de favoritas. Te la recomiendo, sin duda. La vendetta prevalece.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Invierno en Madrid

Nunca jamás en mis 20 años he pasado un invierno fuera de mi casa, de Madrid. No siento ningún tipo de deseo de hacerlo por ello, sino todo lo contrario, si me apuras: adoro mi ciudad en estas fechas. Cuando llega Diciembre, Madrid empieza a lucir diferente; las noches llegan antes a su cita, las calles son asediadas por un frío que se puede cortar con los dedos, tangible; el ambiente empieza a ser navideño, aunque aquí esta época no sea tan blanca como en las películas de Hollywood.
Cuando llega el invierno, las calles huelen a frío, a humedad, a navidad. Me gusta salir por el centro en invierno. El fin de semana pasado estuve en Huertas –paseando sobre grandes frases de grandes escritores y pensadores- con mis amigos. Ambiente gélido, frío tangible, alcohol para calentarse, ambiente cálido entre amigos, casi familia. Al hilo de lo que contaba antes –para no perderme del tema-, cuando salí del metro vi las luces que iluminan las calles. Rosas, blancas, moradas, azules… y en diversas formas: estrellas, renos, poliedros y todo tipo de formas dignas de Picasso.
Dicen que la navidad la han inventado las multinacionales, y yo pienso que esta afirmación, si no completamente, puede ser cierta en parte. Por eso en El Corte Inglés colocan las luces tan grandes, y de formas tan preciosistas cuando asoman los primeros atisbos de Diciembre. Pero, a la vez, me gusta el ambiente navideño; la gente vive de otra manera, con una pizca más de ilusión. A veces, incluso, me imagino en algún rincón neoyorquino, como en las películas: patinando sobre hielo al pie del gran árbol –como si fuese un protagonista de Friends-; o en Londres, caminando entre la nieve y los almacenes Harrods, llenos de compradores compulsivos.
El invierno –incluida la navidad- es un periodo propicio para la lectura. Una época del año en la que leer con los pies pegados a la estufa es un placer incomparable. Yo, para hacer cierta esta afirmación, “en estas fechas tan señaladas”, leeré Canción de Navidad, de Charles Dickens; por si se me pega algo.

martes, 2 de diciembre de 2008

El exiliado de aquí y allá, de Juan Goytisolo

La última obra del reciente galardonado con el Premio Nacional de las Letras 2008, que continúa el libro Paisajes despúes de la batalla, escrito por él mismo en 1985. El personaje es el mismo que murió en aquella novela, asesinado en un atentado de los Maricas Rojos: el llamado Monstruo del Sentier. Para entender mejor la obra hay que tener en cuenta el hecho de que sea una segunda parte.
En esta novela, vuelve al Mas Acá de mano de las nuevas comunicaciones, y se comunica con "Alicia" y el resto de personajes -Monseñor y el rabino rasta, entre otros- mediante correos electrónicos de lo más surrealista.
Goytisolo pretende situar la historia en una especie de marco de pseudo-ciencia-ficción, que se asemeja enormemente a la vida real de las personas. En esta novela, trata de reflejar el miedo al terrorismo extremista, latente desde siempre en nuestra sociedad; aunque mucho más reactivado tras los atentados de Nueva York del 11-S.
Personalmente, no me gusta mucho el autor; ni tampoco me ha gustado en especial este libro; aunque he de reconocer que es una de las voces más reconocidas de nuestras letras. Pese a ello, considero que sería injusto no reconocer ciertos capítulos, dotados de una dosis de realidad tremenda, reflejando, por ejemplo, este miedo al islámico. Los ejemplos más claros de ello son el capítulo No estés donde no deberías estar, o un fragmento en el que habla de los turistas que hacen fotos en las ciudades, como potenciales terroristas que fotografían objetivos próximos. Además de un reflejo de la sociedad en cuanto al terrorismo, Goytisolo intenta tratar otros aspectos, como la situación de la mujer ("Cuentan y cuentan que condené a muerte a trillones de seres, pero me da igual"; dice en uno de los capítulos, en voz de una mujer).
No recomendaría este libro, porque el formato de relato cortos de ritmo rápido, hace que muchas veces no se llegue a entender bien el mensaje que intenta transmitir el autor; y las recomendaciones que he recibido de alguna de sus obras, han sido de las antiguas: Juan Sin Tierra, Señas de identidad...

sábado, 29 de noviembre de 2008

Sobre la fotografía (II). Retratos

Desde hacía tiempo le atraía profundamente. Vivía un enamoramiento, quizás imposible, que sólo era capaz de consumar a través del objetivo de su cámara fotográfica. Amor de obturación rápida, tenue. Por azares del destino, ella era su modelo. En su estudio la retrataba de miles de maneras, a ella le encantaba la fotografía, y él estaba perdidamente enamorado, a través de su cámara de fotos.
Cuando la sesión terminaba, no era capaz de decirle nada; tan sólo palabras carentes de sentimiento, ayunas de amor. Sin embargo, cuando se colocaba delante de él y su cámara, imaginaba que le hacía el amor y le besaba cada centímetro de su piel brillante en cualquier paisaje recóndito, como los de los fondos que usaba para los retratos.
Tenía miles de fotografías suyas en los cajones. Miles de caras le clavaban sus ojos azules a cada paso que daba; desde el suelo, desde el cajón, en sus paredes... Siempre las imprimía. Pensaba, "si hago fotos de mis sueños, las imprimo en buen papel..." Y ella era su sueño más quimérico. Su larga cabellera rubía y sus ojos claros, como astros celestes, que le robaban el pensamiento en cada captura. Capturarla entre sus sábanas quisiera. Llamadlo amor fotográfico, llamadlo cobardía; pero sin su cámara no sabía conquistarla. Escribía en su diario.
"...y cuando la veo a traves del visor, la adoro; e inmortalizo una parte de mi alma junto a ella, sin que lo sepa. Es como si estuviera triplemente prendado de su embrujo. Cuando la retrato es como si imaginase que es mi única musa, y vuelve a buscarme. Pero luego todo queda en mi atrapasueños". Retratos, ternura, auténticas musas... los mitos están en cada paso que damos, en cada fotografía que hacemos.

Rayuela, de Julio Cortázar

Como el juego en el que tienes que empujar la piedrecita y saltar a la pata coja. Así es como se lee esta magnífica novela. Literatura pura, sin más. Obra de arte y arquitectura de la palabra allá donde las haya. Tenía ganas de leer esta novela, pero no encontraba nunca el momento exacto, por fín lo encontré, y doy gracias a las señales que lo indicaron, si es que las hubo.
La historia comienza contando la relación, un tanto especial, de una pareja, Horacio Oliveira y Lucía -la Maga-, el personaje que siembra las dudas entre los profundos razonamientos del grupo, el club. La Maga es esencial, para mi el pilar de la novela de Cortázar; y hace que la primera parte se convierta en una especie de juego extraño, a veces difícil de entender. Me enamoré de la Maga.
Como he leído en alguna reseña, Rayuela constituye un juego, que cada lector puede jugar a su manera. Puedes elegir leer la novela de forma clásica, o en una especie de salteado, siguiendo un tablero de dirección que propone Cortázar. Hace poco escuché, en la boca de un profesor, que es una especie de aproximación al hipertexto. Yo elegí la lectura lineal.
El libro está estructurado en dos partes: la primera en París, maravillosa; con capítulos inolvidables como el 7 -el más de amor-; el 20, con la ruptura más bonita que he leído jamás en una novela; o aquel en el que se mezcla una reflexión de Oliveira con un capítulo de una novela de Galdós. Esta primera parte del libro es, además, un profundo canto al jazz; que en ocasiones se convierte casí en una especie de enciclopedia del género. He de destacar, que en la segunda mitad; el ritmo y el argumento decaen, pero no el estilo, siempre soberbio. A pesar de ello, me gustó el final que le da el autor a la historia.
Esta novela sí que es de las que recomendaría a ojos cerrados -si puede ser la edición de Andrés Amoros, mejor; ya que tiene múltiples anotaciones, muy necesarias-, aunque sólo si te gusta mucho leer. Creo que tardaré largo tiempo en encontrar algo parecido, que me entusiasme como esta. Gracias Julio, gracias.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Desamor, humo y palabras

Tengo 23 años. Me llamo Violaine, y estoy sentada apurando un cigarro, con la ciudad bajo mis pies. No tengo ninguna prisa por terminar el cigarrillo, y por eso lo comparo con la propia vida: finalmente siempre se agota, el pasado acaba convertido en cenizas, y el futuro depende de lo que tardes en absorber el presente. A menudo pensé a lo largo de mis años que mis pensamientos eran realmente absurdos.
Hace una hora y media me encontraba subiendo por un ascensor a la azotea de un edificio céntrico. En la cajetilla había 5 cigarros, éste es el último. Cuando me encuentro triste subo a conversar con la ciudad, llena de luces y pequeñas personas, colocadas como si lo hubiese hecho un experto en maquetas y escenografía.
Hace tres horas tomaba café con Ana y Héctor. Sonreía, aunque mi mueca perfectamente se podía sostener con una goma por detrás de la nuca. Nadie parecía darse cuenta, siempre se me dio bien disimular mi estado de ánimo. Aunque ahora, no sé si considerarlo una virtud.
Dos horas antes de eso, me enteraba de que mi hermano se marcha a Toulosse. Ahora sí que me quedo sola aquí. Y se acerca la navidad. De niña siempre estaba ansiosa por la llegada de estas fiestas, pero con el paso de los años empecé a recibirla con un regusto amargo en el paladar, sobre todo desde que murió mi madre. Quedamos solos, mi hermano y yo -mi padre nos había abandonado hacía unos años, cuando yo sólo tenía 8. Cobarde hijo de puta...
Justo en dos minutos harán diez horas que recibí noticias de ella, a quien amaba descontroladamente. Me la encontré justo en la puerta de su portal. ¿Qué tal Violaine? Estás muy guapa -dijo con una radiante sonrisa. Se me iluminaron los ojos al verla. Pero fue tan efímero como lo es la risa o el llanto de un bebé. Me confesó que la vida le mostraba su mejor cara, que se había enamorado, los ojos le brillaban; estaba preciosa. Se había enamorado, y no era de mí. Yo, que tanto la quería... Se había prendado de otra persona, y ahora me lo contaba, tan alegre, sin darse cuenta -o sí- del daño que me hacía aquella conversación. La vida es así de caprichosa. Ya nunca más me besaría sonriente, ya nunca escribiría versos con lápiz de labios en mi espejo... Ya nunca más... Sonreí, y le dije un me alegro, de esos que suenan a ojalá te vaya de muerte.
Desde entonces, he estado dando vueltas todo el día, hasta ahora. Hasta terminar sentada en este lugar, intercalando miradas con el vacío y el cielo. Con los ángeles y con los peatones. Mi cigarro se está terminando, a cada segundo que pasa me queda menos futuro que consumir. Pronto, seré yo quien yazca a pies de la urbe, y no ella quien permanezca a los míos. Pienso en todas las personas que conocí alguna vez en la vida. Siempre quise hacer una fotografía mental de cada uno, aunque no conseguí el propósito. Llegó el momento, la última calada. Lanzo el filtro. Trago humo. Aspiro una fuerte bocanada de aire. Caigo. Empieza a llover. Yazco. Aún te quiero. Adiós amor. Adiós.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Hoy quiero dejaros unos poemas de Juan Ramón Jiménez. Extraordinario. Jenial.

Otoño


Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina.

Yo no soy yo


Yo no soy yo,
Soy este

que va a mi lado sin yo verlo;
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pié cuando yo muera.



miércoles, 19 de noviembre de 2008

Sobre la fotografía (I)

Me habla mi amigo Pablo de el libro Sobre la fotografía, de Susan Sontag; y me recuerda una sensación que se le vino a la mente, y que me recordó que yo también la había experimentado alguna vez.
Después de perderse un rato entre las palabras de ensayo de Sontag, mientras esperaba a alguien, empezó a sentir una especie de anhelo fotográfico. Algo así como una especie de dependencia: como si el alma escapase en hálitos de vaho con cada foto que no disparaba. Su mirada se volvió un encuadre y sus ojos empezaron a enfocar con el método de la rueda de un objetivo angular fijo.
A mi también me pasó una vez, en Alcalá de Henares. Caminaba junto al Arte, de su mano incluso; pasando al lado de la casa de Cervantes, embaucado por el edificio antiguo de la universidad -y su patio-, incluso me había detenido a observar el mural de La moderna ronda de noche, en una perfectiva escala de grises. Alcalá me enamora.
Entonces, tras pararnos a observar miles de puntos claves de la ciudad; descansamos en una plaza. Allí fue donde nos percatamos de que no teníamos cámara de fotos. Ninguno. La dependencia que experimenté en aquel momento es inexplicable. Ni yo mismo la entendía. Llegué incluso a asustarme: imagino que algo parecido a lo que le ocurriría a mi amigo. En ese instante, decidimos que lo mejor era hacer lo que se llaman fotos mentales. Nuestros ojos pasaron a convertirse en lentes, nuestras miradas en encuadres de composición perfecta, nuestros párpados, las cortinillas del obturador... ¡Hasta las palomas pasaron a ser modelos a contraluz, que posaban junto a las torres y los vertices de las iglesias! No era capaz de ver el mundo como las personas normales, todo eran cuadros que seguían la regla de los tres tercios -tan controvertida, por otra parte.
Dije antes que Alcalá me enamora, y si, así es. No obstante, me conquista mucho más a fuego cuando llevo mi cámara en las manos. Me apasiona la fotografía. No sé que tiene, pero a mi también consigue robarme el alma. Por cada fotografía que no dispara mi máquina, mi cuerpo pasa a pesar 21 gramos menos; como decía mi amigo, se me escapa el alma del cuerpo... Habrá quien lo llame fotodependencia. Y sí, me considero adicto.

martes, 18 de noviembre de 2008

La puerta de Espectro

En relación con un texto que leí anoche en un blog, bastante interesante, por cierto; caminaba junto a mi padre esta mañana, antes del amanecer, y miraba hacia arriba. En el texto se hablaba de lo bonitos que son los tejados de Madrid, y la belleza que desperdiciamos cuando andamos con la mirada fija en los adoquines gris otoño de la capital.
En este caso, cubierta la cara para protegerme de los crochets que descargaba el frío contra mi, fue mi padre quien se percató de una extrañeza. Mira -me dijo señalando hacia arriba con el brazo. No encontré luces de navidad -aunque olía a frío de esa época, a caldera a máxima potencia-; lo que encontré fue algo que me sorprendió gratamente. Una puerta, la puerta de un lugar con el que soñé cientos de veces, y que yo pensaba volaban siempre al atrapasueños que cuelga de mi estantería. Lo que mi vista encontró fue una puerta, una simple puerta a lo que parecía nada. Esta es la imagen que atisbaron mis llorosos ojos -debido al intenso frío.



Calle Feijoo. Zapatos en un cable. Madrid
(
Autor: Yo http://flickr.com/photos/le_txetxu)


No sabía si hacerme ilusiones, al otro lado de la línea todo parecía no cambiar: los coches circulaban con las luces rompiendo la neblina de la madrugada, los autobuses llenos de gente, con los cristales empañados... en definitiva, la ciudad que no duerme nunca.
Volví al lugar, de nuevo. Y entonces lo que vi, me dejó anonadado. He aquí la imagen que encontré; junto a la niña que lanzó al cable mis zapatos... Corrí, a contárselo a mi padre.


Fotograma de la película Big Fish

sábado, 15 de noviembre de 2008

Fantástica injusticia

Lo injusto de la ficción son sus personajes; sobre todo su capacidad de crear sentimientos en los lectores, o espectadores, con sus vivencias. Si hablásemos del mundo y sus injusticias, esta sería de las de menor relevancia -a la vista queda-, y no tendría importancia ninguna en comparación con las infamias que se nos envían a diario, con destino a llenar la caja de cartas antiguas de nuestro cajón olvidado y polvoriento. Siento, en parte, que tampoco es justo que yo escriba este texto.
Quizás quiera cambiar algo en el mundo, y ese sentir sea una seña para empezar, aún no lo sé, soy incapaz de llegar a tal conocimiento. Pero sé que no existe ya la justicia... y no es justo. Como tampoco es justo que la Maga tan sólo divague entre las palabras y los delirios de Cortázar; y yo no pueda amarla, nada más que en mi imaginación. Injusticia: posiblemente si hiciesemos una lista sobre las palabras más nombradas por día, sería de las primeras -niños, adolescentes, adultos; quién no ha dicho alguna vez: esto es una injusticia-, pero en realidad, ¿qué importa eso ahora? O más bien, ¿a quién le importa?
¿Dónde está Amelie Poulain? ¿Por qué creó Jeunet una persona que solamente da esperanzas vanas de encontrar alguien que no existe en mi realidad, nuestra realidad? Sigo pensando que no es justo poder enamorarse perdidamente de personajes de cine o de novelas; aunque es, a su vez, algo bello. Una especie de amor imposible, idealizado, que nunca se consagrará como tal.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Querido enemigo:

He pensado que, tras la carta que te envió Serly hace unos días, si todos te escribimos y hacemos fuerza alomejor te vas ya, de una vez. Desde que has llegado no ha habido nada más que traspiés -de esos en los que parece que vas a caer en cualquier momento, pero nunca llegas a hacerlo.
Cuando viniste, parecía que todo iba sobre raíles, ningún aparente problema asomaba por el horizonte. Esperaba lo mejor de tí, ibas a ser mi mejor amigo; pero te empeñaste en lo contrario -yo no sé todavía el motivo- y ahora te escribo esta misiva.
De tu brazo no ha venido nada más que un rastro de desdichas; habanos sabor amargura en la boca de un ex-fumador al que le molesta mucho el humo, y encima en una habitación de dos metros cuadrados, cerrada a cal y canto. Y eso, que busco los buenos recuerdos, pero de tu paso quedan pocos, no me hacen falta ábacos para contarlos, me bastan dos manos. Y tú, tan tranquilo.
La enfermedad, la muerte, los accidentes, el desempleo y, en definitiva, el miedo. Sé que estoy repitiendo aquello de la carta de la que hablé antes, pero la redundancia a veces significa la comprensión; y quiero que tú entiendas que quiero verte la espalda, marchar hacía el final de la calle más próxima, sin mirar hacia atrás, ni siquiera para decirme adios; hasta que te conviertas en un pequeño punto negro, que rebase la línea que separa la tierra de la morada de mis abuelos.
Yo no quiero treguas, no quiero pactos; por favor, márchate: ya no eres mi amigo, no, nada de eso. No quiero volver a verte. Te odio, año 2008.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Pequeño manual de las miradas

Desde que practico el arte de fijarme en los detalles, hay una cosa que me llama la atención especialmente. Las miradas. ¿Qué tienen las miradas? Hay una canción que dice: una mirada no dice nada, y al mismo tiempo lo dice todo. ¿Verdad que es una definición acorde con lo que significa en multitud de ocasiones una?
Miradas hay muchas, eso es cierto. Existen aquellas que son despreocupadas, sin motivos aparentes, sin destinatario que la reciba. Las que son de complicidad, a menudo acompañadas de un gesto amable, como un guiño. Personalmente, me encantan, las que más, las miradas entre dos personas que no se conocen; pero se han gustado al verse, sentada una enfrente de la otra, momentos antes -quien sabe- de entablar algún tipo de relación. Esas son las más líricas. La vista clavada en el papel, y en los ojos del enfrentado, a la vez, en una constante alternación de ojos al papel - ojos a los ojos. Pura poesía.
En una tarde de viaje sobre los raíles chirriantes de Madrid, encuentro millones de tipos. Miradas de asombro ante personas que entran sin cesar; de deseo de un chico por una chica, que no sabe ni que alguien la está mirando. Miradas perdidas, inquietantes, fotográficas; en su máxima concepción artística. Miradas apasionadas, auténticamente de tango, fijas, sin pestañeo alguno, en las que la tensión se corta con un hálito de voz callada. El primer beso no se da con la boca, sino con la mirada. Y este baile perfecciona esta disciplina.
Me permito el lujo de dar cierre a estas palabras con otras que dijo Shakespeare: Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón. He dicho.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Divinas palabras

Caminas junto al aire, junto al aliento del invierno que sopla en nuestras caras. Cuando intento escribir sobre tu piel, la pluma se estremece. Su punta -con una inscripción en latín- dibuja sobre ti estrías, surcos que van a desembocar directamente al mar blanco de mi folio. Me turbas.
Como tu nombre indica, me inspiras, haces que mis palabras fluyan y formen un ente más compactado. Miles de poetas y dramaturgos te han buscado, algunos en bares de mala muerte, otros en la superficie urbana, entre recodos; algunos trataron de encontrarte en los ojos de los demás... yo aún no conozco cual es el método: te encuentro en ocasiones casuales, sin motivo aparente.
Cuando no estás, sueño volverte a ver pronto; te imagino en miles de cuerpos distintos. A veces tomas forma en una rubia Ariadna, de largo y dorado cabello; otras veces en mujeres de calle, con nombres variopintos -Penélope, Lucía, etc-, carmín y humo en las palabras; pero siempre bajo tu aura misteriosa, novelesca, poética.
Esto, y más, es lo que significas para mi, Inspiración: amor, cariño, dedicación, esfuerzo, recompensa... Jugamos un extraño juego -parecido al cíclope de la Rayuela de Cortázar-, en el cual nos reflejamos en los ojos, cada uno en los ojos del contrario. Eso es lo que tú eres, Inspiración. El resto, divinas palabras.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Los poetas muertos. Susana Fortes.

Me permito reproducir -y más en un día como hoy- un texto que encontré esta mañana en el suplemento Babelia, de El País. Dice así:

Los poetas muertos, de Susana Fortes

No sé de dónde me viene esta obsesión por las tumbas. Todo empezó en París hace algunos años, cuando un amigo chileno me llevó de la mano a visitar la tumba de Cortázar, en el cementerio de Montparnasse. No es que el sitio tuviera nada de particular, pero encima de la lápida había una nubecita gris y el aura del lugar hacía que pudieran suceder cosas extrañas o inventadas. Para Cortázar la invención consistía en clavar un dardo en el centro de la realidad y transformar cualquier episodio banal en lo nunca visto. Qué quieren, París, veinte años, el tiempo que pasa despacio cuando se es joven... Hay algo insólito en la quietud de las piedras. Algunas tienen una dimensión blanca como la ventana de una habitación encendida al anochecer. Así me pareció la tumba de Josep Pla en el pequeño cementerio de Llofriu, en el Ampurdán, un rectángulo misterioso de mármol flanqueado por siete cipreses y dos matas de azaleas en medio del silencio de la campiña. Sin embargo la tumba de Antonio Machado produce una sensación imprecisa, igual que los días que se quedan a medias. El sol de Colliure le da a la losa una calidad vibrátil como las voces de los chavales que acuden cada día en peregrinación desde cualquier instituto. En el buzón de cristal que hay a un lado de la lápida se ven cientos de mensajes en trocitos de papel enrollados como papiros. Estuve un rato allí de pie, fumando y pensando que el poeta debía de encontrarse a gusto en aquella colina, junto al mar. También pensé en el tristísimo invierno de 1939. Su recorrido en tren hasta la frontera y luego a pie por los Pirineos, bajo la lluvia, mientras los fascistas entraban en Barcelona. Tal vez sólo los poetas pueden permitirse el final que han merecido sus sueños. "Moriré en París con aguacero/ un día del cual tengo ya el recuerdo/ ...Jueves será" -escribió César Vallejo, peruano, flaco y desalmado con la sintaxis-. Su sepulcro parece un altar de Santería. Hay guantes largos de terciopelo dignos de Gilda, un cigarrillo con la boquilla manchada de carmín, una botellita de perfume caro y un lápiz de ojos con la punta recién afilada. Sé de más de uno que daría la vida por ser recordado con tanto misterio. Pero de todos los cementerios el más inquietante, sin duda, sigue siendo el de Novodievichi, en Moscú, donde está enterrado Antón Chéjov. Lo visité un día de noviembre hace ahora dos años. Mientras dejaba una ramita de abeto sobre la tumba del escritor, el disidente ruso Alexandr Litvinenko, que investigaba la muerte de la periodista Anna Politkóvskaya, moría en Londres envenenado con una sustancia altamente radioactiva. Hubo una época en la URSS en que ser escritor significaba morir joven. En Novodievichi hay una buena representación no sólo de poetas sino también de científicos... Muchos de ellos fallecían de un ataque al corazón según el Pravda y la ley del silencio se encargaba de lo demás. Al otro lado de los abedules nevados que guardan el sueño de Chéjov, se extiende el largo invierno ruso con olor a carbonilla, cubriendo el cielo de aquella ciudad incurable y gótica, de poetas y espías. El pasado y el presente cruzados en la córnea de un ojo de hielo. Lo demás es literatura.

Susana Fortes
(Pontevedra, 1959) es autora, entre otros libros, de la novela Quattrocento (Planeta, 2007).

viernes, 31 de octubre de 2008

Los monstruos de Viktor

Viktor era un chico muy extraño. Su tiempo libre lo dedicaba a hacer pequeños experimentos horripilantes. Sus creaciones más elaboradas eran las siguientes: un robot que se escondía detrás de una puerta para asustar a todo aquel que pasase a su cuarto, una recreación del Eduardo Manostijeras de Tim Burton, de quien pasaba el día viendo películas, etc.
Vivía con su tía, una señora huraña y malhumorada, que no le prestaba apenas atención. Cuando no estaba creando monstruos, se entretenía leyendo libros de Dickens o Stephen King, para aprender nuevas posibilidades, nuevos y horribles monstruos con los que asustar a su asqueroso vecindario.
Viktor nunca salía de casa, se sentía extraño ahí afuera. Raro, entre tanto niño admirable y normal. Tan sólo pisaba la calle en la noche de Halloween, en la que todos iban con mascaras y disfraces, y él podía caminar entre la multitud, desapercibido. Disfrutaba asustanto a todos aquellos que creían asustar a los demás. Pero él, lo hacía sin máscara, sin disfraz; su expresión ermitaña le servía para ello. A veces, incluso, sacaba con él a sus monstruos, para infundir el miedo más increíble a los chicos y las chicas que corrían a pedir caramelos en la noche de las brujas.
Él, por supuesto que lo hacía también, recogía cantidades enormes de caramelos con el truco o trato, acordes con su aspecto y la sensación que producía verle asustando a los demás. Al día siguiente, volvía otra vez a casa, con sus monstruos y sus libros. Si en la noche de Halloween lo ves corretear y gritar, será mejor que le des caramelos, se codea con las brujas y los demonios y hasta ellos, a veces, le temen. ¿Qué eliges, truco o trato?

jueves, 30 de octubre de 2008

Pregúntale al polvo, de John Fante

Gracias Loren. Gracias Fante. Las novelas cortas suelen tener una historia aparentemente normal -que terminan siendo siempre las más apasionantes- y su calidad se reduce a la forma de escribir que hayan tenido sus autores, es decir, su estilo. Si tomamos esta afirmación como cierta, queda demostrado aquí que Fante es un gran escritor, con un estilo impecable, lirico.
En Pregúntale al polvo crea un universo de perdedores estrepitoso e increíble, pese a la amplia dosis de realidad que Fante inyecta en sus renglones. Una historia de un futuro escritor de Los Angeles, que vive enamorado de sus cuentos, y que transita por el mundo sin dirección fija, sobrellevando una historia de amor-odio muy peculiar con una camarera mexicana: Camila López.
En las páginas de este libro encontrarás grandes confesiones de los personajes -que harán que empatices mucho más con estos-, una realidad amarga y dulce a la vez -que supera con creces toda ficción que se imagine- y, sobre todo, un estilo lírico precioso que cautiva al lector desde la primera a la última página ("...caras tensas, preocupadas, desorientadas. Caras semejantes a flores arrancadas de cuajo y metidas en floreros bonitos, flores cuyos colores y matices se marchitarían pronto."). Para muestra la historia de Vera Rivken, preciosa, repleta de bocados de realidad, amarga y a la vez bonita desde su esencia más pura.
Coincido, al cien por cien, con la descripción que me dieron hace unos días de la novela: es un libro con el que se aprende a escribir. Merece la pena pasar unos ratos de tiempo libre en su lectura. Ya me contarán, si lo hacen.

martes, 28 de octubre de 2008

Sobre amaneceres, eternos...

Cada vez que lo consigo, que me sumerjo en ella, en la noche, en la tranquilidad, oscura y latente; tú apareces, oh, bello y eterno amanecer. Me tocas en el hombro para desposeerme de mi letargo, tan placentero por momentos. Al girarme, ahí estás, con tu mirada clavada en mi como un puñal culpable de un homicidio en primer grado. Sin más.
Sin embargo, no es una mirada malvada, ni cargada de odio; siempre me miras con ojos tristes -cargados de melancolía y recuerdos-; nunca llorosos, pues tú... tú eres felicidad. Y aunque muchos se empeñen en indentificarte, sin más, con la rutina; tú, amanecer, preciado y precioso a la vez, para mi eres mucho más. Pues qué sería más rutinario que no despertar jamás del sueño, vivir aletargado eternamente, vivir sin una vida en la que hacerlo.
Tus ojos me vuelven a mirar, esta vez en una proyección de habitación inexistente, en la que estás conmigo, a solas, con tu mezcla de colores anaranjados y grisáceos. Esta vez, tu mirada es distinta; casi me cuesta identificar cuál es la intención de tus felinos globos oculares, encapotados con un mantón color cristal, en forma de nubes y gotas de agua salada, que cae al suelo sin opción, sin respuesta.
Siempre que lo consigo, ahí estás tú; para no dejarme nunca caer en los brazos tentadores de tu antagonista en esta historia: la noche, parda, oscura, y oculta. Casí mágica -diría yo-, pero no más que tus ojos, tus besos fríos, tus brazos sobre mi cuello, en forma de bufanda helada; antes de que salga el sol, después de que se acueste ella. Yo te quiero por lo que eres: rutina -dicen algunos-, otros no saben describirte; oh, amanecer, bello y eterno amanecer de una mente sin recuerdos.

sábado, 25 de octubre de 2008

Amor ciego

La historia que me dispongo a contaros dista de lo mágico y onírico. Es una historia normal, del día a día; quizás en ello radique su especial belleza, pues para mi sin duda que la tiene. Esto ocurría -y no sé si seguirá pasando- en el estadio de fútbol del barrio de Vallecas. Un padre cada domingo va a ver el partido, junto a su hijo; un joven de entre 20 y 30 años. Hasta aquí todo es normal, típico incluso.
Lo extraño radica en que el padre es ciego, pero su pasión por el fútbol le hace seguir yendo al estadio cada semana. Su pasión, y además, el amor de su hijo por él. Tras sentarse y dar comienzo el encuentro, el hijo comienza a hablarle al padre como si trabajase para la radio, le hace crearse una imagen de lo que pasa en el piso de hierba, en definitiva, le radia el encuentro.
La lleva por la banda Michel, se la ha pasado a Ruben al centro, se la ha robado el defensa... Gracias a su hijo, el ciego se crea, en su cabeza, su propia imagen del partido. Cogido del brazo de su hijo, sonríe e incluso grita alentando a sus jugadores, pues siempre sabe lo que pasa en el estadio, como si sus ojos se lo denotasen. El balón está en la banda, la lleva Albiol, ha centrado al area, va a rematar Perera... En el momento en que su equipo mete un gol, se desata la alegría. Se abraza a su hijo, en seña de agradecimiento, sin él no podría acudir al campo cada fin de semana.
El arbitro pita el final, su hijo termina la particular retransmisión. Gane o pierda, su querido padre le abraza, y casi como si de un ritual se tratase, le da las gracias de nuevo. Ahora el camino a casa, charlaran sobre el partido, agarrado siempre al brazo de su chaval, a modo de guía.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Breve sobre los regalos

A veces, un regalo inesperado y con cariño y elaboración supera con creces a cualquier otra cosa, por muy pretenciosa y grande que sea. A medida que voy creciendo, en mis 20 años, he ido descubriendo que disfruto más de cualquier mínimo detalle, que de los presentes "gigantes".
Hoy, por ejemplo, recibí regalos de todo tipo, y al final me quedo con las cosas que con más cariño se me envían.

Este texto lo escribí el día 20 de Julio de 2008, allá por mi cumpleaños; aunque es aplicable a todos los días de mi vida.

domingo, 19 de octubre de 2008

El acordeonista de la calle Eloy Gonzalo

Los domingos coge su maleta y baja a la calle, haga el tiempo que haga, sea lluvia, calor, frío, nieve... Probablemente, él sea una de las personas que mejor conocen las calles de Chamberí. En su maleta guarda un acordeón y una pequeña banqueta en la que apoyarse en sus mañanas. Los viandantes observan, a su paso, tan solo fugaces instantes de lo que él les dedica. Hasta los domingos van con prisa.
Bajo el reloj del edificio de Altadis, justo enfrente del antiguo Hospital Homeopático de San José; se sienta y prepara su instrumento, con el que pasa veladas de amor clandestino en noches solitarias y oscuras, y por el que proclama su amor a voz en grito, las mañana de domingo; desde Septiembre hasta Julio, pues todos tienen vacaciones.
Sonríe, mientras funde sus dedos en las teclas de ese extraño instrumento -mezcla de piano y algo así como una gaita surrealista-, con ese peculiar sonido, tan afrancesado y bohemio. Y mientras sonríe, su alegre música se despliega en un lento baile por Eloy Gonzalo. Es algo precioso de ver, sobre todo si el tiempo acompaña y el estado de ánimo hace lo propio.
Ay, ay, ay, ay, canta y no llores; se desprende de su cuerpo -pues éste lo forma la fusión de ambos-, mientras el hace lo que la canción indica. No canta, pero sonríe, una de las mayores virtudes que puede ostentar el ser humano. Así, alegra las mañanas de domingo, de los que en un día como tal tienen que trabajar, o simplemente de aquellos que concurren la calle y tienen el impulso de parar a escucharle. Merece la pena.


L'accordionist, rue Mouffetard. 1951.
Autor: Robert Doisneau

La naranja mecánica, de Anthony Burgess

Para empezar, responderé a la pregunta que conlleva leer este tipo de libros (los que han inspirado alguna película). La respuesta es: me ha gustado mucho más el libro que la película, aunque me ha costado bastante más entenderlo, que lo que me costó el film de Kubrick.
La trama seguramente ya la sepáis, es conocidísima por todos. Alex y sus drugos -amigos- salen en la noche a hacer "trastadas" de adolescentes, en una sociedad que se ha convertido en un nido de corrupción y ultraviolencia, sobre todo cuando el sol cae y la oscuridad se manifiesta. A partir de entonces, una serie de sucesos darán la vuelta a la vida de este nadsat -adolescente-, que verá como su vida da un giro inesperado en poco tiempo.
El libro de Burgess está dividido en tres partes, a su vez subdividas en siete capítulos cada una; excepto algunas ediciones norteamericanas, que eliminan el último capítulo del libro, al igual que en la película de Stanley Kubrick. La temática de cada división está perfectamente delimitada por éstas, por lo que resultaría fácil resumir en una frase el contenido bruto de cada una.
Lo extraño y atípico de esta novela radica en el lenguaje utilizado por Alex y sus drugos: el lenguaje nadsat o jerga de la chiquillería. Pese a que la novela incluye un glosario de terminos, una especie de diccionario conversor nadsat-español; la lectura del libro acaba convirtiendo, además de en eso; en un curso intensivo de nadsat, que por cierto es un idioma rarísimo, que mezcla términos de orígen gitano, rusos, etcétera.
En definitiva, aunque al principio resulte una lectura extraña -sobre todo si has visto la película antes-, al final merece la pena leerla, sobre todo por el final, enormemente distinto al de la película, y personalmente, pienso que mucho mejor. Si tenéis oportunidad, y ganas, leedla y me contáis.

jueves, 16 de octubre de 2008

Uno de tantos fabulosos destinos

El dieciseis de octubre de dos mil ocho a las ocho horas, catorce minutos y 39 segundos; un chico habla por el teléfono móvil con quien parece un amigo: hablan sobre una hora y un lugar donde encontrarse. Mientras, a su lado, una mujer lee una novela que parece interesante. Me gusta la gente que lee. A unos quince kilómetros de allí, un chico llamado Óscar recibe su primera clase de una nueva asignatura. No parece interesarle mucho: preferiría estar caminando por la calle más bohemia de su ciudad, sin ninguna preocupación.
Una chica está sentada en las escaleras que suben hacia el parque. Llora -por su amor perdido- y está sola. El mundo parece quedarle grande, enorme; tanto que se siente insignificante. Mientras tanto, un chico de, aproximadamente, su edad; mira la ciudad a través de la ventana de un tren. Sus miradas se cruzan, él sonríe y decide, en ese momento, que se apeará del tren en la siguiente parada, que no es la suya.
A su vera, alguien escribe en un papel cualquier historia, quizás esta misma. Más allá de la ciudad de destino del expreso en el que viaja, alguien espera la aparición de un amigo. Tres niños juegan al escóndite en el parque, alrededor de una fuente; mientras un mendigo los observa sonriente -por muy mal que se halle una persona, un niño tiene la potestad de robar siempre una sonrisa- y con algo de envidia en su mirada. Cada cual sigue con su historia.
Por lo restante, todo marcha al corriente. Es ya de noche, la temperatura es cálida y agradable, aunque parece que va a llover -huele a humedad-; la contaminación es alta y la presión atmosférica estable.

Escrito en el tren de vuelta a Coslada, a Jueves 16 de Octubre de 2008, a las 20:31.

martes, 14 de octubre de 2008

Perfecta simbiosis entre literatura y música

En el tren, casi siempre viajaba sentado, con un libro entre las manos, cualquiera que estés imaginando; y a menudo, con unos cascos en los oídos. Así creaba su pequeña burbuja, dentro de la cual volaba por parajes insólitos, entre letras, versos, metáforas...
Acompasaba su viaje con acordes de piano, lentos y melancólicos, o alegres y rítmicos; según lo que le sugiriesen las páginas desgastadas de sus libros. Siempre que ponía música era para leer poesía. Para perderse entre encabalgamientos e hipérboles, entre aliteraciones y personificaciones; que se acoplan a los compases que acompañan.
Aquella extraña mezcla -similar al amor más puro- entre música y poesía le elevaba, recostado en su frágil burbuja de papel de libro antiguo. Sin levantar la vista practicamente, mientras resuena la melodía de El piano de Nyman, un poeta revela sus secretos e intimidades en poco más de 100 páginas. Acorde, palabra, palabra, acorde; y el chico vive enamorado de cientos de poetas y de miles de dramaturgos y, por consiguiente, de sus obras. Rodeado de gente, siente la soledad más amable; la de aquel que se evade de una realidad perra y fría a través de la palabra de quienes, antaño, quisieron plasmar su sentir y dejar un legado en este mundo de paso.
Continúa, cada día alguna lectura distinta, otra canción distinta. Miguel Hernández, Juan Ramón Jimenez, Ángel González, Rafael Albertí: las estaciones deberían llamarse así. Una estación, un poeta. De repente, algo le saca de su ensimismamiento: un aviso le recuerda que su parada es la siguiente. Mañana continuará su viaje.

sábado, 11 de octubre de 2008

Algo estúpido

Las fotografías habían caído al suelo y yacían como esperando a que alguien se tropezase con ellas. No eran fotografías de tamaño grande, ni de motivos artísticos. Eran fotografías de carnet, de un chico joven, normal, de aspecto sano, que probablemente habrían caído de la cartera de alguno de tantos jóvenes que transitaban el edificio en hora punta.
Multitud de pasos las saltaban, y a pesar de la dificultad que esto conllevaba, seguían manteniendose limpias, es decir: sin restos de ninguna pisada. Tras unos minutos, una chica se dio cuenta de algo atípico en el suelo y se agachó a ver qué era. Iba con un par de amigas, pero no quiso decir nada. Sin pensarlo en exceso, metió su mano en el bolsillo y depositó allí las fotografías, con sumo cuidado de que no se rompiesen, y sin saber muy bien qué hacía. Aquel momento había resuelto plenamente las dudas que había mantenido hasta hacía unos momentos.
El sentido de sus sentimientos quedó claro entonces, y concretó que trataría de encontrar al joven del retrato. Tal vez para devolverle sus fotos, tal vez porque había experimentado aquello que llaman mariposas en el estomago al verle encuadrado en ese pequeño trozo de papel de foto.
En los días siguientes sólo trató de buscarle, dejando a un lado otro tipo de preocupaciones; y su situación se convirtió en una especie de amor bohemio-romántico. Pero sus días habían adquirido un sentido, que era lo que necesitaba, y el simple hecho de esperar su encuentro le hacía cabalar miles de posibilidades.

Cierto es que al pensar lo que estaba haciendo se sentía profundamente estúpida, pero el momento en que le encontrase merecería la pena. Y como dice la canción:

But then I think I'll wait
until the evening gets late,
and I'm alone with you.

Y continúa:


By saying something stupid,
like 'I love you'.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Pequeño ensayo sobre la felicidad

Los elementos que componen la fórmula de la felicidad son variopintos, y los esenciales están constituidos, generalmente, por cosas que aparentemente son ínfimas. El mundo de los pequeños detalles. Así, por muy rico que se considere uno -sea cual sea la moneda en la que hablemos-; encuentra la felicidad en pequeñas situaciones de la vida.
Esto puede querer decir muchas cosas -la mayoría de veces no sé a dónde me llevará la senda que tomo al escribir-, pero no me pueden negar que sea cierto. De esta manera una persona encuentra la felicidad en acciones tan simples, y a su vez necesarias, como ayudar a una persona, sujetar la puerta en el metro y que te correspondan con una sonrisa y un "gracias", o una visita inesperada en una tarde de otoño, entre otras.
Solamente se trata de buscarla; de no cerrarse y no querer mirar, para no encontrarla. Se suele dejar ver, no se esconde. Cuando la gente la encuentra, está más radiante, más guapa, y sus ojos adquieren un brillo especial, encantador. Me gusta advertir la felicidad en los ojos de la gente. Otro pequeño detalle, que hace grande la vida. Y es que, como dice Antonio Gala: la felicidad consiste en darse cuenta de que nada es demasiado importante. Serán las pequeñas cosas...