viernes 27 de enero de 2012

Recuerdo de Berlín

Amanece otra noche oscura. Berlín es una ciudad fría, nivosa a veces. La calle remolonea silenciosa, sólo se oye el lento crepitar de los motores de los coches. Por momentos me recuerda a Madrid. Pero en seguida cambio de opinión cuando nadie me saluda ni me mira mal. 

Los andenes de la S-Bahn están llenos de gente, atrincherados todos en sus abrigos. Sólo se dejan ver la parte superior del rostro, los ojos. Se empeñan en que no quede nada más expuesto al frío, con ahínco, como si tratasen de ocultar que debajo del abrigo no hay nada, que se han olvidado el resto de sus cuerpos en casa. 

Algunos beben alcohol destilado en pequeñas botellas que se guardan en los bolsillos. Les ayuda a vencer al gélido crepúsculo industrioso. Nadie habla. Berlín es silenciosa en su propia esencia. Es difícil que alguien levante la voz aquí. Sólo los aviones que vuelan cerca de los edificios más altos perturban el silencio que no se atreven a romper ni ambulancias ni manifestaciones. 

La vida transcurre en Berlín de la misma manera que en cualquier otra ciudad. Hoy en día las grandes capitales no se diferencian mucho unas de otras. Todas albergan espectros que se dejan llevar porque no saben hacia dónde caminan, que se relacionan los justo para asegurarse de que no están solos aquí. 

Existen el amor, la rabia, la amistad y los celos, por supuesto. Y cuando llueve parece que el mundo esté de capa caída. Las iglesias, con sus emblemas a media asta, dejan caer el agua por sus canalones y sus tejados picudos, y los perros callejeros se refugian junto a los borrachos debajo de las ruedas de los coches o en los soportales más profanos. 

Ay, Berlín, tan llena de luz y de oscuridad. Con tus noches más oscuras a medida que pasa el invierno, y con el suave aliento iconoclasta de tu kunst y tu cerveza en la garganta. Ciudad imperial e imperiosa como ninguna, con tu puerta de Brandenburgo, tu Nefertiti y tus rincones llenos de podredumbre, como los de otra cualquiera.

jueves 12 de enero de 2012

Antiguos santuarios

El chico se quedaba parado siempre delante de aquella librería. Cuando estaba cerrada, esperaba siempre a que abriese con cierta congoja. Alguna vez le vi entrar dentro y pasear ojeando algunos ejemplares, pese a que siempre que llevaba algún libro era del fondo de alguna biblioteca pública. 

Tendría alrededor de trece o catorce años. Aún no había leído los grandes clásicos, pero empezaban a interesarle ya las obras inmortales. Se sentía muy atraído por los libros que veía desde fuera, además de por la chica que trabajaba dentro, a la que miraba embobado como se movía entre las estanterías. 

La zozobra sólo le duraba hasta que la veía doblar la esquina y sacar la llave. Esperaba que, cuando pasasen unos pocos años, algún día al comprar algún libro ella hablase con él o le dejase su teléfono en alguna de las páginas. Mientras tanto se conformaba pensando en los libros que compraría cuando trabajase. 

Con el paso de los años, aquella librería, que tenía también una sección de viejo, se había convertido en una especie de santuario para él. No había día que no pasase por delante al menos una vez. Los domingos cerraba, por lo que su angustia, aunque la viese cerrada al pasar, era menor. Había visto que muchas tiendas de libros cerraban últimamente, por eso tenía miedo de que cualquier día también le llegase la hora a la suya. 

Cuando una librería cierra para siempre, la Literatura sufre un cambio radical en su totalidad. Algunos personajes mueren de repente en capítulos que no existían antes o contraen graves enfermedades que merman su idiosincrasia. Los protagonistas que sobreviven a cada liquidación sufren pensando que tal vez los próximos sean ellos. Hoy en día, con el aumento de clausuras, ya nadie quiere ser protagonista. 

El chico vivía aterrado cada retraso de su adorada librera. Había leído algunas novelas como Oliver Twist, Canción de Navidad, Platero y yo o El viejo y el mar, y no contemplaba la posibilidad de volver a leerlos y que la historia fuese distinta. De la misma forma, cuando pudiese gastar en libros tanto dinero como pretendiese, quería leer los clásicos de la forma en que sus autores la habían escrito, sin cambios fortuitos. 

Prácticamente la totalidad de establecimientos dedicados a las letras se habían convertido paulatinamente en peluquerías, centros veterinarios o bares de copas cool. Ya casi no se vendían máquinas de escribir, como la que tenía su padre. Los personajes habían asistido tristes a cada uno de estos cambios. Quizás Aureliano Buendía ya no era soldado, ni Gatsby tenía su mansión. Tal vez Ricardo Reis se había refugiado en alguna tienda de antigüedades porque era lo más parecido a su época que aún resistía. 

De alguna manera, no se podía permitir eso. En su inocente cabeza pensó: “Si algún día sólo queda esta librería en la ciudad, lucharé porque nunca cierre”. Entonces miró cuántas monedas tenía en el bolsillo y, por primera vez, cruzó la puerta de cristal y madera decidido a comprar.

sábado 24 de diciembre de 2011

Cuento negro de Navidad

¿Por qué la maté? ¿Por qué lo hice? Hubiese sido suficiente con negarme a seguir viéndola, provocar un alejamiento irreversible. ¿Qué me llevó a hacerlo? Ahora ya no hay vuelta atrás. Me volví loco y pensé que sería fácil que todo volviese a su cauce. No sé si quería jugar a ser Dios, pero lo que de verdad sé es que la he matado y ya no podré verla nunca más.

No importa si hago que alguien la saque de la cámara frigorífica: su aspecto ya no será el mismo. Las dentelladas del cuchillo se habrán hecho más visibles aún con el frío. Su rostro sin vida sólo me recordará mi terrible acto. Y si hiciese que alguien viniera se convertiría en cómplice de mi asesinato, y quién sabe, tal vez tuviese que matarle también.

Joder, estoy viendo una mancha de sangre salpicada en la pared y en las páginas de aquel libro, sobre la mesilla del teléfono. ¿Y el cuchillo?, ¿qué he hecho con él? Tendré que tirarlo. Buscar algún sitio en el que sea difícil de encontrar y lanzarlo allí para el resto de los tiempos. El estanque del Retiro o el lago de la Casa de Campo podrían estar bien. ¿Pero dónde está?

Tenía que hacerlo. Estaba cobrando demasiado protagonismo en esta historia, para la que sólo era una secundaria. Empezaba a conocer más cosas de las que debiera del protagonista, y de mí. No podía seguir así. Si la hubiese intentado convencer, seguramente no lo hubiese entendido, y esto tenía que ser rápido, no era el momento de dar explicaciones. No sobra el tiempo, desde luego. 

Pero era guapa, es una pena que ella, todavía joven, tenga que terminar así pudiendo haber sido de otra forma menos macabra. No sé, quizás empezaba a enamorarme de ella, pero no podía estar aquí en casa, podría haber visto algo. ¿Cómo voy a seguir ahora como si nada? No sé si voy a poder, seguro que mi mirada me delata. ¿Y con el cadáver? ¿Qué hago con el cadáver? Mírala, ahí tirada en la cámara, parece que está tumbada sin más, aún con ese gorro de papá Noel que traía cuando llegó a casa. Cerraré la puerta. Y sus ojos, no quiero verla más.

Tengo que hacer algo con ella, no puedo seguir teniéndola ahí. Tengo que deshacerme del cuerpo, pero no puedo llamar a nadie. Esperaré a la noche. Mientras voy a ponerme un whisky. Debería arreglar un poco la casa, está todo manga por hombro y hay manchas de sangre salpicadas por toda la pared, en los libros y en la mesilla de la máquina. Esa es otra... ¿Qué voy a hacer con la máquina de escribir ahora? 

Si no lo hubiese hecho podría volver en cualquier momento. En la escritura cabe casi todo. Pero sí, lo hice... ¿Por qué la maté? Aún me quedaba por escribir más de la mitad de la novela.

martes 15 de noviembre de 2011

Queremos tanto a Flanelle

Flanelle era francesa. No le gustaba salir a la calle si no era necesario, prefería siempre quedarse al calor del hogar compartido. Siempre detestó mojarse, pero cuando llovía se rendía a mirar la calle desde lo alto, protegida por el muro infranqueable que suponía el cristal de la ventana. Adoraba estar entre sus brazos, allí sentía la seguridad de quien se siente invencible, y se regocijaba dando vueltas entre ellos. Cuando su compañero escribía, pasaba los minutos sentada en el suelo con la espalda cerca del radiador caliente. Se amaban. 

Theodor, en cambio, entraba y salía sin ningún tipo de concierto. Siempre había sido el más independiente y no necesitaba sentir el calor ni el refugio de un cobijo. Caminaba raudo entre los coches y cada vez que podía subía al tejado de la residencia para observar cómo los hombres perdían sus días entre prisas y remordimientos ahí abajo. Un día, cuando era pequeño, corría por una escalera de incendios; un inoportuno resbalón le hizo precipitarse dentro de la casa. 

Flanelle, aún muy joven, estaba sentada en el sillón, al lado del escritor que aporreaba una máquina vieja, que podría haber despertado incluso a los limpiadores de estrellas, tan lejanos allá arriba. Sus miradas se cruzaron un momento, pero el estrépito ocasionado por la caída hizo que el dueño de aquella casa se levantase a comprobar qué había pasado. 

¿Estás bien?, le dijo al levantarlo, acariciando su espalda dolorida por el golpe contra el parquet. En lugar de reprenderlo por colarse en su casa o por correr por la escalera de incendios, le ofreció agua y algo de comer. Era un hombre muy simpático, sin duda. Cualquier otro se hubiese levantado pegando gritos y bandazos y él hubiese tenido que salir huyendo en seguida. 

Desde entonces aquella casa se convirtió en una especie de hogar ocasional para Theodor, huérfano desde hacía un tiempo, solitario callejero parisino. Algunas veces esperaba en el portal a que alguien le dejase subir, otras, su agilidad le permitía llegar hasta el lugar por el que entró la primera vez. 

Flanelle y Theodor. Theodor y Flanelle. Testigos directos de la obra de aquel loco que escribía en el viejo armatoste y escuchaba combates de boxeo en la radio hasta la madrugada. Pocas veces salieron juntos a la calle. Como ya es sabido, Flanelle prefería salir poco y, si lo hacía, era casi siempre sola. Sin embargo Theodor representaba justo lo contrario. En ocasiones pasaba largos días sin aparecer, callejeando por ahí mientras malgastaba alguna de sus vidas. Pero siempre volvía, generalmente empapado, cuando había tormenta. 

Sus arrumacos al llegar eran algo así como pequeños zarpazos desabrigados en el rostro de sus compañeros. Cuando tardaba mucho en regresar, Flanelle le castigaba con un sugerente vacío. Se ocultaba durante un rato hasta que, por fin, salía de alguna habitación con la elegancia propia de quien sólo siente indiferencia por el recién llegado. Su relación con Theodor siempre fue un zarandeo tan a punto de desvanecerse como de encarrilarse y perseverar recto hasta el fin de los días. El escritor redactó algunos textos sobre ellos, que leía a Theodor, al que decía que en alguna de sus anteriores vidas había sido crítico literario. 

En 1982 Flanelle perdió la última de sus vidas, trayendo la muerte a la casa. Días después la invitada retornó para llevarse a Carol con ella. A partir de entonces, la decadencia del escritor fue mayúscula. Cayó en una depresión que le llevó a pedir que esa mujer de negro volviese otra vez y le dejase ir al lugar donde estuviese Carol. Lo hacía indirectamente, con mensajes que pintaba en una pared, hasta que dos años después, la emisaria que la muerte había enviado en forma de leucemia le invitó a marchar con ella. 

Había muerto el escritor que siempre pareció joven, ese al que la extraña enfermedad que tenía en la piel no le permitía envejecer y siempre mostraba la misma apariencia. Ese que todos queremos llegar a ser. El escritor al que dos años atrás Flanelle y Carol, dos de los amores de su vida, le habían indicado el último camino por recorrer. El mismo hombre que, tiempo atrás, había acogido a Theodor, que marchó entonces solitario, como siempre, a enterrar las pocas vidas que le quedaban. Cuentan que alguna vez volvió, pero nunca congenió con los nuevos inquilinos de la casa de Julio.


Theodor y Flanelle

miércoles 26 de octubre de 2011

Satélites

Después de aquella noche no la volvió a ver. Supo tiempo después que se había marchado a una ciudad del oeste de Alemania donde perdió hasta el último resquicio de su acento. Los cursos terminaron y el tiempo pareció detenerse otra vez, como hacía cada principio de verano. Ni siquiera hubo una llamada después. Por la mañana la vio marcharse para ir directamente al aeropuerto. Ella no sabía que estaba despierto mirándola cuando se fue. 

Terminó su carrera, supuso que ella también lo habría hecho. Varias veces tuvo la tentación de llamarla o escribirla. Nunca negó categóricamente la posibilidad. Hubiese sido tan sencillo… Pero la forma en la que se había marchado, sin despedirse, deprisa y corriendo, le había dolido. 

La vida nos conduce por derroteros distintos de los que imaginamos prematuramente. Él comenzó a moverse dentro del mundo de las revistas culturales, primero las más humildes y locales, para después hacerse un hueco. Poco a poco su memoria consiguió desterrarla a un lugar recóndito y oscuro. 

Los escarceos dieron paso a un proyecto de relación que concluyo en un matrimonio con dos hijos. Ya sólo se acordaba de ella cuando conocía a alguna mujer que abanderase su nombre. Sin embargo, sí supo que había comenzado a escribir. Fue en una librería, una tarde en la que vio su nombre impreso en azul añil en las tapas de un libro. Lo hojeó; en la solapa había una fotografía de la mujer que le había robado su juventud. La pregunta de su mujer le sacó del ensimismamiento producido por aquel encuentro fortuito. Respondió con alguna evasiva sobre el libro. 

Su trabajo le obligaba a leer algunas obras determinadas que llegaban de las editoriales, sujetas siempre al criterio de la novedad y las futuras ventas. Aunque disfrutaba de todo lo que leía, normalmente le quedaba poco tiempo para leer por placer. Tardó bastante tiempo en empezar a leer su libro, y cuando lo hizo, ni siquiera lo terminó. Narraba la historia de una joven que emigraba a Alemania. No quiso conocer más. 

Siguió con el curso de los días y los libros, que se entrecruzaron con el recuerdo que se había despertado aturdido de una larga siesta. Cada vida, al igual que cada novela, es un universo distinto y único. En la suya ella parecía un satélite que se dejaba ver y se escondía aleatoriamente tras el hemisferio que quedaba oculto donde su vista se perdía. 

Rozaba ya los cincuenta la siguiente vez que se eclipsaron involuntariamente. Un día, cuando se levantó, su nombre aparecía en todos los medios. Había recibido un prestigioso premio de Literatura. El vuelco que dio todo no fue por el premio en sí, del cual se alegró instantáneamente. El encargo que le había dejado su redactor jefe vía email fue lo que le abrumó. Pronto tendría que entrevistarla.

lunes 17 de octubre de 2011

Cristales rotos

Lo imperfecto de la perfección es su más que probable inexistencia. No podemos aspirar a tenerlo todo. Es la ley. Las personas estamos hechas de imperfecciones. Maquinaria puramente imperfecta fabricada en serie. Los detalles que tiñen de color esa imperfección haciéndola visible a nuestros ojos son tan nimios que, a veces, llegan gracias al entorno, el contexto que complementa a la persona o el grado de alcohol en sangre del que escucha una conversación. 

A su vez lo bello de la imperfección es que es subjetiva. Lo que a uno le puede parecer altamente imperfecto, otro puede encontrarlo cabalmente compatible, e incluso atrayente, con las ideas que obedecen a su personalidad. Es lo que muchos llaman química. Elementos que se asocian, se atraen o se rechazan dentro de un compuesto. Acción, reacción, final, elementos disociados… 

La culpa de la imperfección reside en las expectativas. Siempre. Cada vez que empezamos a conocer a alguien establecemos una falsa idea de lo que es. En realidad creamos una especie de proyección de lo que nos gustaría que fuese. En esa configuración depositamos todo aquello que nos ha herido en vidas pasadas y nos auto convencemos de que la persona que acabamos de conocer nunca sería capaz de hacer algo semejante. Son esas imágenes las que nos hacen poetizar a alguien y protegerlo en un pedestal acristalado hasta que cualquier noche algo desbarata nuestro pensamiento o, al menos, parte de él. Algunos dicen que en ese momento, justo cuando encuentras eso que no te imaginabas en la persona en cuestión, suena una especie de multitud de cristales que se rompen. Es lo que muchos llaman la noche de los cristales rotos. Muchas jornadas históricas terribles han empezado con este fenómeno en una sola persona. 

Nada se crea ni se destruye, por otra parte. Puede sonar a tópico, pero todo se transforma. Nada de lo que podamos ver lo hemos inventado nosotros: todo estaba ahí mucho antes de que llegásemos. Y por supuesto que seguirá cuando llegue el día en que nos vayamos, sea más tarde o más temprano. Las vidas de las que, en ocasiones, nos creemos patronos, las de nuestra gente más cercana, queridos y allegados, ya estaban ahí mucho antes de que se cruzasen con la nuestra. No somos nadie para intentar controlarlas. Ni siquiera somos nadie para creer conocerlas en toda su complejidad. Las personas esconden sus secretos más preciados en lo más íntimo de su personalidad. Es por eso por lo que un día despiertan comportamientos que nunca sospechamos y todo nuestro imaginario sobre esa persona se derrumba con las acciones que conllevan. 

Todo se transforma, sí, menos las personas. Como maquinaria imperfecta que hemos sido constituidos, nuestros errores tienden a repetirse en la mayoría de ejemplares diseñados. Sin posibilidad de subsanar el fallo, por mucho que alguien diga no lo volveré a hacer más. Tan solo es cuestión de mirar a cualquiera para saber que eso es mentira o una verdad a medias. Todos están cortados por el mismo patrón, por tanto sufren los mismos errores irreversibles. Ninguno es distinto al otro. Y ninguno tiene la destreza de mudar sus patrones de conducta o su piel. Es nuestra esencia: somos lo que somos desde que nacemos hasta que expiramos. 

Todo tiene un punto de origen para nosotros: unas palabras o un gesto de un camarero por el cual empiezas a entablar cierta relación después de muchas noches de cruzaros diez veces sin palabras, un encuentro casual en la madrugada con alguien que un día compartía estas palabras contigo y ahora sólo es un extraño más, la persona a la que le confiaste todos tus miedos y te mintió, haciéndote desconfiar del resto de personas para siempre, esa a la que ahora ves por la ventana con mezcla de odio, temor y pena… Un origen para todo. 

Ese principio poco a poco va llevándonos hasta la noche de cristales rotos, hasta un error que torna todo irrevocable. Errores que un día creímos que no se producirían. Mentiras que alguien nos hizo creer y nos hicieron caer sin remisión en la tentación de la trampa. Pura prestidigitación. En cierto modo, también hemos sido diseñados para caer en la trampa y confiar en lo que no debemos alguna vez. 

Nada es real ni ficticio. No existe la verdad como tal, sólo es una obsesión que el ser humano intenta desmontar a cada minuto, con alto porcentaje de éxito. Todo tiene una parte de cierto y de falso, de ilusión y de realidad, de gratificación personal y de daño ajeno; incluso la llamada que ahora mismo parpadea en tu teléfono móvil, a las tres y media de la madrugada, con la que tantas veces fantaseaste y ahora dudas si deberías o no coger. Lo importante es saber delimitar qué prefieres dañar y qué conservar intacto. O tú o alguna de las máquinas de tu cadena de fabricación.

domingo 4 de septiembre de 2011

Antes de que se haga demasiado tarde

Es tan fácil que en cualquier momento todo acabe que me aterra la simple idea de perderte. Estás esperando un tren que no sabes a dónde te va a llevar, no te has despedido de él. No sabes por qué, pero desde que ha amanecido habéis estado algo distantes sin ningún motivo aparente. Al contrario que anoche. Sólo habéis estado parcos en la conversación. Ahora tú vas a ir al centro y él se he quedado en casa, no por nada en especial, sólo se ha quedado allí. Se encontraba mal y encima aquella conversación no había terminado de animarle a salir contigo. Yo le veo ahora desde mi ventana. Acaba de tomarse una pastilla y mira la calle. Le escucho preocuparse. Está pensando qué habrá pasado para que hayáis tenido esa impresión toda la mañana.

Tú en cambio sigues en el andén esperando. Hablas con una amiga que te acompaña a la ciudad, pero en el fondo de tu cabeza estás prestando escasa atención a lo que te cuenta. También, como él, piensas en qué pasa, te estás cuestionando tonterías como si quieres estar realmente con él, si él o tú tendréis la culpa… El otro día le dijiste una frase que le dolió. No te lo dijo, pero pensó en irse para siempre. Por primera vez pensó en tirar la toalla, pero como siempre tú pesaste más, y ni siquiera te lo dijo una vez pasó todo. Piensas en ello ahora. Puede que él también, ya no lo sé. Los coches han empezado a circular en la calle que nos separa y he dejado de escuchar sus pensamientos. También sé que a veces él se equivoca. Lo veo casi todo. En el fondo, soy yo el que os ha creado a los dos. Así que también sé que os queréis por encima de estas ínfimas cosas.

Estás esperando un tren, no sabes dónde vas con seguridad, y de repente, en menos de un segundo, ¡clic!, algo hace que todo finalice. Da igual cómo, no importa el porqué. Simplemente termina; adiós, pequeña, adiós. De alguna manera ahí concluye todo para los dos. Tú esperando el tren, él encerrado en casa pensando en cómo hablar. Da igual para quién acabe y cómo lo haga. Una mala caída, un tren que explota, un atraco en la calle que termina con un navajazo… Habrá terminado todo para los dos y la forma será en esencia la misma para ambos.

El final os habrá cogido a cada uno en un lugar, separados, pero eso no es lo peor. Lo peor es que alguna pequeñez os habrá hecho sentiros más distanciados hoy que nunca. Precisamente hoy. Probablemente el uno huyendo del otro, jugando al gato y al ratón, cuando, de repente, os habréis dado cuenta de que la huida ha sido tan larga que ya no tiene retorno. Y os veréis obligados a guardar las ganas de despediros bajo el colchón agrio de saber que la última vez que hablasteis la indiferencia guió vuestra conversación. El que se quede aquí dormirá todas las noches que aguante sobre ese colchón manchado de remordimientos.

Uno de los dos, da igual quién, pensará que el otro le dijo que le amaba antes de irse y no le respondió. Pero el otro pensará que si no le respondió tendría algún motivo para no hacerlo. Nunca podrá saber que no, que sólo fue una tontería, porque ahora ya es tarde. Tendrá que pasar mucho tiempo y cuando llegue la hora de reencontrarse será inútil explicarlo: ya habrá llovido demasiado a los dos lados del muro. Ahora os separa un umbral demasiado potente que aquí llamamos muerte y que nosotros, los escritores, utilizamos para atormentaros a los personajes, tal vez sólo porque alguien, posiblemente nuestro creador -otro escritor más grande que nosotros-, nos aterroriza también con su presencia en cada esquina.

Cada minuto hay un millón de posibles finales que te rozan la piel. Estás esperando un tren y posiblemente estés en contacto con veinte de ellos: un hombre que, silencioso, fabula con empujarte a la vía, aunque se quede sólo en eso; un suicida que te roza el brazo al pasar, un drogadicto con el mono que busca algunos billetes sin nada que perder…

Sin ir más lejos al otro lado de la calle estoy viendo dos finales para tu chico: un policía que juguetea desde la ventana con su arma reglamentaria apuntando hacia la ventana a la que él se asoma y una huraña arpía vestida completamente de negro que le observa a su espalda preparada para empujarle al vacío. ¿Qué pasaría si lo hiciese? Es cierto lo que se cuenta por ahí y nunca tomamos en serio: cualquier día puede ser la última vez que veas a alguien, incluso a tu enamorado. ¿Lo desperdiciarías en una discusión o intentarías demostrarle todo lo que te hace sentir? La mujer de negro sigue esperando, esta vez desde más cerca, pero puedes estar tranquila hoy, también soy yo quien la puso ahí y pronto la haré retirarse. Aún podrás volver a verle esta vez, espero que sepáis aprovecharlo.

sábado 30 de julio de 2011

Aletear

Revoloteaban juntas dos mariposas cuando tuvo lugar la desgracia. Invariablemente el mismo barrio céntrico, la misma calle sucia, cerca del banco desde el que yo las veía. No eran dos ejemplares muy especiales, más bien lo contrario: parduscas, pequeñas y de vuelo rápido y ágil. Mariposas del montón, supuse.

Llevaba varios días mirándolas cada vez que salían al sol. Parecía que se compenetrasen con una especie de danza o juego de la siguiente manera: una revoloteaba en pequeños círculos de una baldosa a otra y después la otra imitaba el vuelo, posándose a milímetros, rozando casi a su compañera.

Solía mirarlas un rato cada día. Me atrapaba en su aleteo frágil y el vaivén de sus fugaces batidas. Siempre una alrededor de la otra. Me parecían como una pareja de enamorados que juegan, se enredan y desenredan para terminar en la misma baldosa sucia. Dos entre la multitud que flirtean y especulan sobre el finísimo telón de su corta vida.

Más se afianzo esta idea en mí cuando sucedió lo que les voy a contar. Como cualquier otro día volaban juntas hasta que una sombra amenazante se agigantó sobre ellas. De repente un pie que se acerca rápidamente, una de las dos que vuela rauda y escapa, y la otra que, en el último instante lo intenta, pero no consigue zambullirse.

Muerte… La superviviente se posa en una baldosa, para continuar el juego después del inoportuno susto, pero al notar que el cuerpo ya sin vida de la otra no la persigue como antes, se detiene unos segundos como para ver qué pasa, y lo intenta otra vez. Así unos cuantos ensayos más hasta que se detiene un instante junto al cadáver y parece comprender silenciosamente.

Me fijo en cómo, tras ese momento, empieza a revolotear de nuevo, pero no lo hace ya de baldosa en baldosa, sino que vuela a ras de suelo, describiendo círculos que rodean a su rendido compañero de vuelos, que yace en el mismo lugar del inoportuno accidente.

Danzaba ya sola, con menos brío que antes, incluso me pareció ver que su color se volvía aún más negro, como en una suerte de duelo al amante caído. Siguió un rato largo con su cortejo fúnebre; a veces rozaba el cuerpo yacente, como si aún albergase una sorda esperanza de que volviese a aletear con ella.

Después de ese día no volví a verla nunca más por allí. La muerte nos aborda en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, nunca sabemos por dónde viene, pero cuando se lo propone de verdad es infalible.