jueves, 7 de julio de 2011

Oportunidades

Apenas había hablado con ella en todo el año, pero me dio rabia cómo salió de aquella fiesta, mordiéndose el labio inferior para contener la impotencia después de un fuerte roce con varias personas. Nadie se levantó ni hizo apenas intención de detenerla. Un par de minutos después del silencio incómodo que se creó, parecía que no había pasado nada y todo era normal.

Me excusé como pude de la conversación que mantenía, con la excusa de ir al baño. La casa estaba abarrotada, pero ninguno se había inmutado más de la cuenta cuando ella se marchó.

Podría haber decidido quedarme por allí y olvidar el episodio, sin embargo, sin apenas darme cuenta, otra excusa, esta vez la de salir fuera a fumar un pitillo, me había llevado a bajar la escalera. En realidad sabía perfectamente que mi intención era hablar con ella. Me había sentido mal cuando la observé cruzar toda la casa bajo la mirada silenciosa del resto. Pensé que quizás no habría ido muy lejos todavía.

Con la caída de la noche había refrescado, pero el crepitar del cigarrillo y su sabor ardiente a humo, me dieron una pasmosa tranquilidad. De ella no tuve ni rastro en el portal, así que di una vuelta a un par de manzanas del barrio mientras la nicotina se consumía. No estaba por allí. Cuando tiré la colilla, me encaminé hacia el portal para volver a esa fiesta en el 5º C. No creía que estuviesen notando mucho mi ausencia.

Me topé con ella cuando ya ni lo esperaba: dentro del ascensor. Se giró cuando abrí la puerta para subir y su mirada era la expresión más grande de despecho que he visto nunca. Apreté el botón del 5 y la agarré del brazo lo más cariñosamente que supe. Sólo quería hacerla ver que podía subir, pero antes de que encontrase las palabras se había abrazado a mi cuerpo. Sentí debilidad en su manera de actuar y a la vez la sentí por ella.

No llegué a saber si, en el rato que estuvo en el ascensor, habría llorado, pues el maquillaje de sus ojos estaba difuminado de la misma manera que se difumina cualquiera a esas horas de la madrugada.

Antes de volver a entrar en el apartamento hablamos un rato en la escalera del rellano y me contó lo que había motivado aquella disputa. Ya no nos separamos hasta que terminó la fiesta, aunque apenas nos conocíamos antes de aquella noche. Podría no haber bajado, y la rabia que sentí en el momento de su marcha, se habría diluido en un par de copas, pero creo que acerté al tomar mi decisión. Cualquier persona merece que se le de una oportunidad.

2 comentarios:

MoT dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
MoT dijo...

Como siempre, consigues unir lo real con lo imaginario en pequeños relatos. Parece que estuviera yo en aquella fiesta.

Muy bueno.

Y si, yo tambien creo que hay mas de una oportunidad.


Un beso