lunes, 8 de junio de 2009

Enclave de almas errantes

Pierdo el corazón si busco a Dios en las calles. Me acompaña esta frase en cualquier pensamiento de los últimos días. Las calles de Madrid nos aman y nos odian a un mismo tiempo. No las culpo, bastante tienen que aguantar, y para colmo nunca lloran. Nadie tiene la culpa de su tono gris, ni de sus calles de librerías oscuras y olvidadas incluso, ni de tantísimas otras cosas.
Muchas veces he escuchado que sobre el asfalto ardoroso de esta urbe soy un solitario. Curioso, pues mi mayor miedo es la soledad. Y podría tener la certeza de que acabaré solo en mi vida, si no fuese porque no creo en las verdades absolutas. Además, Madrid es un enclave de solitarios de todas partes del mundo. Más de una vez he pensado, incluso, que se trata de un campo de refugiados para espíritus frustrados en su propósito meta.
La felicidad no existe, dice una canción en un coche que pasa por debajo de mi ventana, en la que se aposentó el viento esta noche, y parece no querer marchar. Apoyado en una pared llena de graffitis, allá donde muere el cielo, me lanzo a mis pensamientos y me entrego a ellos. A mi izquierda hay una puerta de madera en la que nadie responde mis llamadas, golpes con mis nudillos enrojecidos.
El camino de vuelta a casa se hace largo. Busco el mar alrededor, rebusco la luna que me acune en esta noche de vendaval, pero ni ellos me guardan lealtad ya. Y todo es por mi culpa. Absolutamente todo. Cualquiera robó las llaves de aquella puerta, del cielo, las llaves de la felicidad. Ahora para advertir las olas tengo que imaginar. Y no sé por qué, pero la imaginación me conduce a ver unas rosas negras sobre una placa de mármol gris y un ángel negro mirando, fijamente, en la distancia, los versos de una sepultura.
La muerte reside en todas partes. Me gustaría sentarme con ella un momento y charlar. Conocer sus inquietudes y sus anhelos, despojarla de su velo oscuro, al fin y al cabo no creo en una maldad suprema, simplemente en una obligación necesaria. La muerte, escribía, está en cualquier parte. Está en un fuerte pinchazo al coraje, quizás al núcleo, en una amarga noche de hospital. O en el cuerpo de un motorista que yace inmóvil en la carretera; acaso en la mezcla de un bote de pastillas con un vaso de inofensiva agua. También en un cuchillo o en un cáncer. En todo lo que mires germina ella, y por contra también su antónima.
Se oculta dentro del daño que un mortal le hace a la persona que más quiere, sin querer hacérselo, sin darse cuenta siquiera de que lo está infligiendo, y también dentro del daño que le hace, a su vez, la chica al chico que más ha querido en su vida y que ahora seguramente ya no, cuando le dice que acarició a otra persona. Porque se puede estar muerto y que nadie se entere, seguir merodeando por las ciudades como un alma en pena, es más, se puede estar muerto sin ni siquiera saberlo uno mismo.
A veces pienso que Madrid es una de esas concurrencias que albergan almas errantes, sin nombre, sin sueños, sin identidad…

7 comentarios:

Anita dijo...

Si quieres saber qué piensa la muerte realmente, debes leer mi última y preciada joya: "La Ladrona De Libros".

Creo que, los que tenemos miedo a la soledad, nos juntamos como animales asustados. Para hacernos compañía los unos a los otros.

Mejor no creer en las verdades absolutas, así la muerte no estará agazapada en cada rincón.

Madrid. Cada día que la miro parece distinta. Lo bello es que cambia de disfraz según de mi estado de ánimo.

Me gusta el texto, tétrico pero sentido.

Un besazo!

Lucía N dijo...

Un texto precioso y concordante.

Totalmente de acuerdo con que las calles de Madrid nos aman y nos odian al mismo tiempo en el plano afectivo. Mi plano lógico dice que son sólo calles, calles con gente, con pasos y con casas.

Un día te levantas y son todo despertadores, ojeras y rugidos de motor. Otro son callejuelas, una colada al sol posada en una fachada y una urbe enorme donde perderse.

Pero por encima de todo es una ciudad que te absorbe y te libera y te hace sentir indefectiblemente solo.

A veces pienso que moriré sola, por ese apego a la soledad que tengo (espero que sea una soledad sonora). Pero siempre que lo pienso desecho la posibilidad de permanencia en esta ciudad.


Imposible negar las evidencias (dice el doctor y dice bien)

Un beso, nos vemos en internacionales.

:)

Leteo dijo...

Que la muerte se nos suba a la chepa es, en mi opinión, el único motivo por el que somos capaces de vivir. Para qué caminar si no hay destino, si el camino es infinito.

Desde luego hay mucha gente muerta y que no saben que lo están, ¡y la mayoría sale por la tele!

Un abrazo, amigo!

PD: Madrid me pone nervioso...

ordago13 dijo...

Si señor tremendo escrito los que no escribimos tambien sentimos sana envidia¡¡¡


te invito:
republica libertaria de las tortugas

Anónimo dijo...

La nostalgia del libro -por referencia a la primera entrada- está más presente en la magnífica Fahrenheit 451, de Bradbury.

Como veo que gusta leer -apoyo el estupendo Modiano de las calles oscuras- sugiero el estupendo relato Mandel el de los libros (El Acantilado), de Stephan Zweig.

En cuanto a Madrid... luces y sombras, amor y odio, insufrible e insustituible decía aquel.

Y de la soledad... la soledad que nos creemos quema.

Arianne dijo...

Madrid...q recuerdos de soledad me trae..

TXETXU dijo...

Anita: Al fin y al cabo, juntar soledades a veces sirve para eliminarlas... pero no sé si a veces la buscamos también nosotros. Madrid es maravillosa, aún con sus defectos.

Lucía: Siempre que escribo, espero ansioso tu comentario. Me encanta lo que siempre me dices. Quizás a Madrid le ponga la misma pega que tú: no llueve a menudo. Un beso Lucía.

Nacho: Los hay, los hay. Tendremos que superarlo. Por eso no bajas mucho, ¿no? ;) Abrazo fuerte amigo.

Ordago: Gracias, muchas gracias.

Anónimo: La soledad que nos creemos quema... ¿y no quema de verdad la soledad? Apuntaré Mandel, Zweig siempre me sorprende. Un saludo y gracias. =)

Arianne: Vente a Madrid, te guarda muchas historias. =)