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jueves, 3 de enero de 2013

Princes Street Gardens

Te sientas en el tronco rebanado de lo que un día fue un árbol. El parque no está repleto de gente, pero a esta hora tiene mucha vida. Parejas que se sientan en los bancos con sus niños, patinadores que viven sobre ruedas, o ancianos que caminan lentos, próximos a su destino. 

Pasan un par de minutos de la una de la tarde. El cañonazo que cada día hace estremecer los cimientos del castillo, como una tradición decana, todavía ruge en los oídos de aquellos que estaban en el parque. Detienes tu vista en varios grupos. Cerca de ti un grupo de chavales de lo que aparentemente es un viaje escolar, ríe con un extraño juego que tú desconoces. No entiendes lo que dicen, tienen pinta de eslavos –quizás finlandeses– pero comprendes que se están divirtiendo. 

A tu lado está ella, que te acompaña en este viaje, y desde unos cuantos meses antes, también en el viaje continuo que nunca te permite detenerte. Los bancos de Princes Street Gardens, como casi todos los de Edimburgo, tienen placas con mensajes que los ciudadanos dedican a la ciudad o a sus seres queridos. No dejas de pensar que es una maravilla de tradición. 

Ninguno de vosotros dos habla. Sobran las palabras y ambos dedicáis los minutos que os da esa parada para comer y observar la vida, que transcurre, ajena a todo, en los jardines. Es la ventaja de estar en una ciudad extranjera, con todo el día por delante y sin ninguna obligación que cubrir hasta el anochecer. No hay mayor libertad que esa. No hay ser más libre que el turista. 

A vuestro lado, un matrimonio observa a su pequeña rubia mientras corretea entre las personas sentadas en el césped. La escena es idílica, bucólica, carente por completo de cicatriz. Unos leen mientras otros han optado por cerrar los ojos y aprovechar el sol y algunos empiezan a reanudar su camino. El padre se mantiene recostado, sin perder ojo de lo que hace esa pequeña, la madre, también rubia, se ha tumbado a su lado y permanece serena, sabiendo que él vigila lo que pueda ocurrir. Él, de repente, la llama insistentemente y rompe la serenidad de esa zona del parque. Un par de personas se giran para comprobar qué pasa. En el silencio que domina la escena, su voz parece alarmada, aunque verdaderamente no pasa nada: sólo quiere atar un cordón de su zapato. 

Con el tiempo la escena te vuelve a la memoria gracias a una serie de televisión. Es parecida, aunque nada tiene que ver en realidad. No sabes si a tu acompañante también le resultará familiar cuando la vea. Probablemente. O tal vez en ese momento miraba hacia otro lado y no recordará esa escena nunca. Los recuerdos, igual que la vida, dependen, en la mayoría de ocasiones, de hacia dónde mires. Quizás mañana, cuando la vea, le pregunte.

martes, 15 de junio de 2010

Soñaba...

Soñaba con un viaje en tren. Nada más abandonar Vicálvaro divisé el parque de los siete cerros, aunque en mi imaginación aparecía más frondoso de lo que realmente es. Y, además, era atravesado por caminos de arena que tampoco están tal cual en la realidad. A mi lado viajaba una muchacha que repasaba algunos apuntes a última hora. No alcancé a ver las directrices de la asignatura que leía.

En un momento puntual, me fije de pronto, entre la rapidez, en una chica que se arrodillaba en la tierra, envuelta en un desconsolado llanto, besaba una foto y la enterraba en esa arena del parque. Y la enterraba, igual que la enterraría yo, si ella se fuese. Y es que, en ese extraño mundo que es el de los sueños, mi vista alcanzaba a ver quién estaba en esa foto. Era su madre, con dedicatoria incluida.

Y lloraba desconsolada. No era para menos. Y a mí, dentro de ese mundo imaginativo, me abordó una pena tremenda que no podía casi contener. Me desperté sobresaltado. Y entonces descubrí que por estas fechas se cumple el ciclo y que no tengo motivos para estar triste. Su foto está en mi estantería y en pocos minutos escucharé su voz al otro lado del teléfono. Todo está bien. Todo fue sólo un mal sueño.

jueves, 7 de enero de 2010

El beso de Mata Hari

Contaban aquellos que lo habían visto que frente al pelotón de fusilamiento se presentó sólo ataviada con una especie de abrigo de piel, sin nada debajo, tan sólo su seductor y exótico cuerpo. Algunos soldados, incluso, pidieron que les vendasen los ojos para poder ejercer su macabro trabajo. Otros lo hicieron con la cara al descubierto. Segundos antes de los disparos, la mujer, Mata Hari, desabrochó la gabardina, dejó su cuerpo al descubierto y, por si esto fuese poco, lanzó un beso al pelotón de justicieros. De un cuerpo de élite de una docena de soldados, tan sólo cuatro balas alcanzaron el blanco. El resto se perdieron en la inmensidad del bosque denso de aquel octubre parisino.

Algunos no llegaron a disparar su arma. Ese beso les paralizo el sentido, cuentan hoy. El beso de Mata Hari. La leyenda de la femme fatale. Un beso capaz de seducir hasta al cañón de aquellos enviados de la muerte. Una de las cuatro balas que la alcanzaron la partió el corazón, literalmente, en dos y le dio muerte al instante. Murió con los labios pintados. Unos labios que siempre recordarían aquellos mercenarios a los que dedicó el último beso.

*****

Como yo los tuyos. Ayer tu rostro y el mío se detuvieron a unos centímetros uno del otro. Y instintivamente ocurrió. Porque, sin más, tenía que ocurrir. Y tanto tú como yo lo sabíamos desde días atrás. La mayoría de las veces no podemos predecir nuestra vida más allá del siguiente minuto, y realmente puede que eso sea lo mejor de ella. Pero yo también me quedé paralizado durante bastante parte de la noche. Igual que aquellos soldados, a los que el beso ni siquiera llegó a rozar levemente; yo, ahora, recuerdo. Y a mi cabeza llamó varias veces también la imagen del rastro de tus labios, levemente teñidos de rojo, sobre la taza del café que estabas tomando por la tarde.

Tus ojos cerrados, y al fondo, aquellos cristales empañados y la noche tan profunda.

sábado, 1 de agosto de 2009

Creí verla hoy

Creí verla hoy, mientras comía sentado una manzana. Creí verla igual que lo creyó Horacio en aquella ventana de Montevideo. Pero no era aquella uruguaya tierna a quien veía. Yo creí ver a mi propia Lucía, mi propia Maga, por imposible que pareciese. Y la verdad es que, en los segundos de confusión que me produjo la equivocación con aquella muchacha, el corazón me dio un vuelco que me dio que pensar.

Creía que mi visión de su pelo ondulado se desvanecería al instante de perderla de vista, pero lo cierto es que entonces no hizo más que empezar. Todas las horas siguientes del día estuve asomándome a cada ventana, buscando equivocarla dulcemente con alguna figura que vistiese de color rosa y clavase sus ojos marrones en el cuadro iluminado del cuarto. Esperando que te detuvieses debajo de mi ventana, alcanzases una pequeña piedra y la lanzases al número uno del tablero.

Esperando que nos reencontrásemos antes del tiempo correspondiente.

Es verdad que su imagen se desvanece y retorna a mi memoria por momentos. No sé de qué extraño azar dependerá cada una de estas acciones, si es que así puedo llamarlas. Lo que sí sé es que por un momento Madrid cambió su nombre, salvando sólo la mayúscula, por Montevideo; y que una chica que entró en mi campo de visión por unas décimas de segundo, se llamó Lucía, al menos durante ese ridículo espacio de tiempo. Y volviste a Madrid para cruzarte sólo conmigo.

“¿Encontraría a la Maga?”, comenzaba la primera página.

domingo, 5 de julio de 2009

A Cidade da Luz

Me he prendado de este lugar, y de este viaje. Ahora estoy tranquilo, sentado en el balcón, con un acordeonista tocando a mis pies. La vie en rose. Es curioso, pero sin haber venido nunca antes siento a esta ciudad como mía, una especie de parte de mí, y yo me siento dentro de ella como si de mi hogar se tratase.

Alguna vez me gustaría que lo fuese, o al menos que fuese uno de ellos. Me entusiasman sus recovecos, sus escondites, sus tranvías amarillos. Y una de sus conductoras, morena de piel de color galao que conduce a gran velocidad mientras tararea a voz alzada fados portugueses, me hace sonreír como hacía tiempo nadie conseguía, y pasar un momento de felicidad plena, de esos que siempre recuerdas con el tiempo.

El acordeonista continúa su serenata nostálgica ahí abajo. Ni siquiera puedo decir que falte la buena compañía. Me voy de aquí con las dos personas que vine, grandísimos amigos ambos, pero creo, casi aseguraría, que el sello de nuestra amistad es mucho más sólido y vinculante.

La gente ocupa las aceras en Lisboa, pero sin llegar a masificarlas. No tiene aires de gran capital, sino de ciudad decadente, e incluso bohemia, con grandes enclaves, como el Café A Brasileira y su estatua de Pessoa, la Confitería Nacional de 1829 y sus deliciosos desayunos, su librería Bertrand y sus casi doscientos años de historia y literatura.
..


Yo, junto a la estatua de Pessoa, en el Café A Brasileira.

La ciudad de la luz y sus barrios, tan dispares e iguales a la vez; Alfama, Bairro Alto, la Baixa, Chiado… La ciudad acoge a la diversidad igual de bien que nos acogieron a nosotros tres chicas encantadoras, una madrileña y dos vascas -María, Maite y Nuria-, con las que pasamos un maravilloso tiempo que sirvió de cierre y colofón a una gran ciudad, a unos tres días estupendos.


Pablo, Lorenzo y yo con María, en la Praça del Rossio.

Lisboa, la ciudad amante de poetas y prosistas, ardiente acogedora de amores platónicos y pasiones indelebles…

Escrito entre Lisboa y Madrid en tres días.

domingo, 24 de mayo de 2009

Sobre el efecto contagio de una sonrisa

No hay nada mejor para estar bien que ver a alguien sonreír. Es contagioso. Hoy es un día de tormenta, aparentemente grisáceo y nostálgico, pero una sonrisa lo hace alegre, sobre todo si es prolongada y de belleza tal como la que tú me has regalado. Tú, también de ojos oscuros. Estos últimos días tengo una extraña fuerza reivindicativa para con los ojos marrones -y en definitiva oscuros-; por qué nadie se acuerda nunca de los ojos marrones.
Es frecuente que por el motivo que sea necesitemos un cambio de aires, una huida, una especie de expiación de nuestros ahogos y angustias. Cada uno la busca de manera distinta -incluso acorde con su personalidad-: el introvertido la busca en los libros, el que no lo es, amparado en un conjunto de personas, el de mentalidad suicida saltando desde el noveno para comprobar si sigue teniendo alas...
Hoy mencionaste a mis musas, cuando a ciencia cierta sabes que tú podrías engrosar esa enumeración, amiga. Esta tarde te escuché contar historias mientras tomábamos café en mitad de la tenuidad lluviosa que nos envolvía más allá de las ventanas, en el café que podría ser el nuestro, sin más. Y me contaste tu miedo, ese que tú y yo sabemos, y que todos presentimos alguna vez contemplándonos desde el marco negruzco de la puerta. Sonreíste, y me contagiaste tu sonrisa.
Siempre estoy feliz, aunque no esté contenta, has resuelto convincente. Y yo resuelvo ahora que es seguro que volverán los versos, volverán las palabras, lo sé, lo llevas escrito en la mirada. Llueve, hay tormenta, y ahora tenemos la deuda de una tarde de fotografías en blanco y negro, como la noche de hoy. Ahora mismo preciso el cambio de aires del que te hablaba líneas atrás, pero esta vez sí denoto mis alas a mi espalda, que hasta ahora sólo eran suturas. Abro la ventana y el viento me recibe, mientras pienso en todos mis alter ego que se han lanzado al vacío.

martes, 5 de mayo de 2009

Breve sobre la condición de la vida

A L. R. G.

La vida es perra, amigo, y tú y yo ya lo sabíamos de sobra. Pero tenemos que darle gracias aún por seguir permitiéndonos ver una nueva tormenta desde el umbral de la ventana, o porque nos concederá, al menos, otro amanecer rojizo. O por ese otro café que nos dejará tomarnos juntos cualquier día.
Es sombría, pero aún teniendo esta condición de oscurantismo, suele dejar entrever luces entre la negrura. Como un faro que nos señala el camino menos tortuoso, para que, al menos, finjamos ser felices con algo de coherencia.
No tratemos de entenderla, pues no está hecha para eso. La vida es perra, sin más, es una cualidad inherente a su condición de vida. Hay cosas que duelen, pérdidas, traiciones, caídas, pero tú y yo sabemos que siempre queda algo por lo que seguir. Un abrazo que recibir, una mano de ayuda tendida.

domingo, 29 de marzo de 2009

Escenas burtonianas

Ayer estuve en Mejorada del Campo, con mis amigos. Estando tan cerca, a unos veinte minutos máximo, no había ido más que un par de veces en la vida. Mejorada es como si, de improviso, en medio de la red de carreteras y de ciudades moderadamente grandes -Coslada, San Fernando-, te encontrarás en un pequeño paraje rural, rústico y reposado, como los de antaño. Un pueblo, con toda su esencia.
Tras entrar conduciendo mi coche, y zafarme del laberinto perpetuo de calles prohibidas a la izquierda -y a veces también de frente-, buscando la sede de la Policía Local, donde había quedado con un amigo mejoreño, para que nos guiase a nuestro verdadero destino. Glorietas por aquí, cruces por allá, acabé por salir de frente a una especie de colina. Cipreses, clara contraseña de una única posibilidad, un camposanto. En este caso no. Un edificio tétrico y un tanto macabro, se afanaba a la escasa cima de la colina; rojizo y rodeado de éstos árboles. Digno de un guión del extravagante Tim Burton, parecía como si en la zona del sencillo rosetón, fuese a personificarse Eduardo Manostijeras, o el barbero diabólico Sweeney. Hasta el cielo acompañaba la escena, grisáceo y lluvioso. Amenazaba con descargar toda su rabia contra la catedral, obra de la fe y las manos de un hombre.
Justo Gallego, allí estaba, cuando salíamos de ver el edificio por dentro, de curiosa distribución, e increíble manufactura. Una cripta subterránea, claustro, un pequeño altar, torres redondas a medio terminar, varios pórticos, una cúpula de hierros azules -visible desde todos los lugares del municipio-, sin nada que la tapase, y cobijase los adentros del edificio, que parecía que iba a tomar vida en cualquier ráfaga de aire. Todos los elementos propios de una construcción cristiana.
Justo es el ejemplo de la superación y el afán de cumplir un sueño. Un buen día, tuvo la revelación de que tenía que construir una catedral; según dice él, para que quedase alzada en memoria de Dios y de su Madre. Así que, tras leer varios libros de arquitectura, puso la primera piedra, hace hoy más de cuarenta años; y, a día de hoy, continúa su edificación, alentado por los viajeros que pasan a darle su ánimo -y sus donativos, que algunos viejos del lugar intentan quedarse, robándole la idéntidad- y por sus profundas creencias religiosas.
Se habla de que el Ayuntamiento de Mejorada sólo espera la muerte de este señor para demoler la basílica, pese a estar levantándola éste, en terrenos de su propiedad en ese lugar. Pienso que sería una pena que llegase a ocurrir, dentro se respira un ambiente profundamente místico, la luz se filtra por las aberturas, e inspira a fotógrafos, artistas y escritores. Sería el mejor homenaje a su memoria, la memoria de alguien que puso el nombre de Mejorada del Campo en el mapa de muchas personas -gracias a un famoso anuncio del que fue protagonista-; sería el mejor homenaje, decía, dejar levantado el templo, tal como quede cuando ascienda a sus cielos. In memoriam, la suya y la de su Madre, como él dice. En lo de Dios yo no entro, queda en la mente de cada uno.
Además, quién sabe si dentro de estas ruinas, de trazo temporal inverso, no reside –como así parece- el próximo personaje del director de Hollywood, o alguno de los antiguos, ya retirado.


Catedral de Justo Gallego, en Mejorada del Campo.
Autor: Yo (Flickr)

jueves, 19 de febrero de 2009

La Ciutat Vella

Creo que nos están siguiendo, compañeros. Caminando por la Ciudad Condal, miro con el rabillo del ojo hacia atrás y sospecho dragones, hadas y artistas urbanos. Barcelona me enamora, desde siempre, desde el momento en que empecé a rondar la fotografía, aunque por aquel entonces no hubiese pisado sus limpias calles ni una sola vez.
Barcelona, ciudad de cultura, o de culturas. Caminar por Las Ramblas, rodeado de artistas, mimos, modernismo, y tomar un descanso en el café El Bosc de les Fades. La mezcla de culturas la hace cosmopolita, y ese punto de antigüedad que aún perdura en sus calles, la hace inolvidable. Más arriba encuentro el Mercat de la Boquería, realmente inesperado, un rincón que merece la pena, desde su portón hasta el último espacio de venta.
Desde el cielo, parece como si Gaudí, Picasso y Dalí se hubiesen reunido en una de sus tertulias, en Els Quatre Gats de su reino celestial, para jugar con las calles y con los taxis amarillos y negros, haciéndolos pasar por la plaza del Colón, la Diagonal o la Via Laietana. Tallan el ritmo diario de las gentes, cordiales, y del tráfico, cuantioso.
Modernismo en La Pedrera, la Casa Batlló, la Sagrada Familia o el repleto y asombroso Parc Güell; todo acompañado de vanguardia y skaters. Me cautivan sus arterias, me fascina su atmósfera, sus desniveles, sus funiculares, el Tibidabo, el Parc de la Ciutadella, o el Barrio Gótico, con sus edificios entintados de oscuro, sus travesías lúgubres y recónditas plazas, donde encontrar la paz interior, como la Plaça del Rei -allí se quedó la mía-, y su gran catálogo de arte urbano: graffiti, pegatinas...
Escenas cotidianas dejan lugar a un cierto vapor de magia, que acompaña cada día a sus gentes. Adornado con el mar, todo ello hace de Barcelona una villa memorable. No hay ciudad mejor que aquella en la que se filtra el olor a sal de mar entre las calles. Al igual que no hay nada más reconfortante que un paseo por la Ronda del Litoral, con músicos que tocan reggae, o tangos, coreados por la brisa.
Mira hacia atrás, amigo, nos alcanzan tres hombres. ¿Cómo que quiénes? Ese hombre de cuidada barba blanca, el señor calvo con ojos saltones y el caballero escuálido con ese fino y elaborado bigote negro. Avanza, no pares, y cuando vayas a Barcelona, lleva contigo una cámara.

Palau de la Música Catalana. Autor: Yo
Todas mis fotos de Barcelona en mi Flickr

lunes, 6 de octubre de 2008

Si esto es un hombre, de Primo Levi

Gracias a una buena recomendación empecé a leer este libro. Al principio, si te agarras únicamente por el tema del libro, lo más probable es que pienses que será otro más sobre el periodo nazi y sus consecuencias. Pero tan sólo con leer la primera página, el primer parrafo, comprobarás que no es así.
Si esto es un hombre va mucho más allá de eso. Primo Levi se limita a contar sus experiencias vividas en un campo de exterminio durante los últimos años de la II Guerra Mundial. Pero no se cierra solamente a los hechos, sino que lo que escribe es una especie de reflexión moral sobre la humanidad, la infamia de ésta y sus posibles porqués. Esta reflexión es lo que hace de este testimonio uno de los más estremecedores de todo cuanto se ha escrito sobre esta temática.
Una novela, que con la impresión de no llegar a enganchar totalmente al lector en tramas inesperadas y nudos imposibles; arranca un grito profundo de las gargantas de los lectores que puedan disfrutarlo, y todo ello sin apenas levantar la voz, sin apenas críticas. Levi cuenta los horrores de aquel periodo de la forma más natural del mundo, dejando escenas en la retina de los lectores realmente desoladoras; lo que hace la novela mucho más rotunda y dura.
Cuando creía haber leído suficientes testimonios sobre el tema (revistas, periódicos, libros...) llegó a mis manos esta obra, y cambió mi perspectiva, radicalmente.