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martes, 2 de octubre de 2012

Suave es la noche

Are scenes no-one forgets 
And I'm enchanted, music softly plays 
By dancing silhouettes 

City by night. Elvis Presley.



Me gustaba detenerme unos minutos al final del día en la ventana. Lo había tomado por costumbre desde que era adolescente y ya era un acto mecánico. Antes de acostarme, fuese la hora que fuese, me apostaba en la ventana de mi habitación, si es que estaba en casa, o en la más cercana que tuviese, si no lo estaba. 

Es en esos minutos en los que la madrugada y la noche se empiezan a fundir en su abrazo roto, cuando mejor se escucha el silencio. Los días en los que más solitario me había sentido, solía buscar un rastro de vida en las casas contiguas o un ruido más alto que otro. Tal vez el silencio no sea otra cosa que eso: la búsqueda de una demostración de vida ajena. 

La noche del 19 de julio de 2011 no había sido diferente. Me golpeaba la brisa en la cara, donde me escocía un pequeño corte que me había hecho con un folio. Aquel día no había visto a nadie. Era domingo. Había dedicado el día a la lectura. Al finalizar la jornada tenía el regusto de la soledad entre los dientes, derritiéndose como los hielos de la copa de ron, ya vacía en la mesilla, y en el cigarro que se consumía despacio sobre el cenicero. 

Miraba las ventanas de las casas cercanas. Siempre me fascinó la escenografía de las ciudades por la noche. En cada ventana iluminada imaginaba una historia esperando que alguien la contase. Una vida, diferente cada vez, que sufriría modificaciones de una noche a otra. La vida desarrollándose dentro de esos pequeños cubículos, rodeados por cristales abiertos, en los que habíamos convertido nuestros hogares. 

Desfilaban mis ojos, fachada arriba y abajo, cuando una luz se encendió inesperadamente. No era una lámpara, si no más bien un reflejo. Alguien había encendido la televisión en una de las casas que podía ver un piso más abajo, en el edificio contiguo. La sorpresa me hizo quedarme allí mientras dejaba de lado el resto de luces, los coches o las pocas personas que ya caminaban por la calle a cuentagotas. 

No veía quién había encendido la televisión que daba reflejo en la pared que alcanzaba mi vista. Pronto, sin embargo, apareció una vecina que había visto siempre, desde que vivía allí, pero de la que no conocía el nombre. Ocupó el sillón y encendió una pequeña lamparita en la mesilla. El reflejo de la luz se sobrepuso sobre el de la televisión, creando una especie de aureola amarilla, similar a los focos que seleccionan un miembro del público en los concursos de la televisión. 

Nunca me había parado a pensar en la edad que tendría ella. Desde que había llegado a ese bloque la había visto innumerables veces, pero en escasas ocasiones nos habíamos llegado ni a saludar. Calculé que tendría más o menos mi edad. Entre treinta y treinta y cinco, no más. Hacía calor, con lo cual su pijama era corto y dejaba ver las piernas y gran parte del torso, por encima de los senos. Pensé que estaba buenísima e instantáneamente a ese pensamiento tuve cierto recelo en seguir mirando y aparté la vista un momento. 

Sin embargo, qué daño hacía por mirarla. Yo estaba en mi ventana y ella estaba en su casa, y si estaba allí sentada era porque así lo había querido. Sin más. Así que, después de ir al mueble bar, rellenar la copa de hielos y ron y encender otro cigarro, volví a la ventana. 

La segunda vez que la observé estaba mucho más recostada, casi tumbada por completo. Desde mi posición, creí que alcanzaba a ver el brillo del sudor que le caía por el rostro. El calor empezaba a ser insoportable, y como bien dijo Pessoa, dan ganas de sacárselo, igual que la ropa. 

Y eso debió pensar la chica, que de pronto se sacó la parte de arriba del pijama y quedó casi desnuda, sólo con el sujetador y la parte de abajo del pijama, que no era más que una suerte de tanga de color naranja. Definitivamente estaba buenísima. Pensé que debería hablar con ella, pero en seguida el pensamiento difluyó a otro caudal. 

De pronto entendía el sudor que la envolvía cuando volví de rellenar mi copa y que no le resbalaba antes de que dejase de mirarla. Y también entendí el porqué de que se hubiese recostado en ese fragmento de tiempo. No quitaba ojo de la pantalla que yo no veía. Aunque lo cierto es que la mayor parte del tiempo, cuando se movía despacio, de manera espasmódica, mantenía sus ojos cerrados. Gran parte de culpa de su calor y del que empezaba a asolarme a mí repentinamente, la tenía su mano derecha, que había empezado a deslizarse de forma rítmica dentro de la parte inferior del pijama, que se movía creciendo y decreciendo al compás mudo de los grillos. 

Haciendo honores a Scott Fitzgerald lo hacía despacio. Suave es la noche, pensé, mientras notaba como me excitaba sin control. Por supuesto, ella no se había percatado de nada. Probablemente ni siquiera habría pensado en la posibilidad de que alguien la pudiese ver. O la que podía ser otra posibilidad: ni siquiera le importaba que pudiese ser de esa manera. 

Sus ojos cerrados, su cuerpo desnudo y esas manos que conocían mejor que nadie su cuerpo, rompían la tranquilidad de la noche, silenciosa, rumiante y tensa. En esos cerca de treinta y cinco años se concentraban el escuálido placer, el apetito, la experiencia y la soledad. 

Apuré mi cigarro y agarré la copa. Con la mano que había sostenido el pitillo me masturbé mientras ella hacía lo propio un par de pisos más abajo. No solté la copa, no solté nada, sólo seguí con ganas mientras la observaba e imaginaba cuarenta mil cosas que nunca sucederían. Y acabó casi a la vez que yo. Se levantó rápida, apagó la luz y se perdió por el interior de los pasillos que ya era imposible que yo viese. Durante un rato habíamos compartido dos soledades de verano, algo que ella jamás llegaría a saber, para después volver a ser los mismos solitarios que hacía un rato. Barcos que se cruzan en la noche, y ni se saludan ni conocen… 

Aún me quedé un rato pegado a la ventana, con la vista clavada en el punto en el que había estado ella, que todavía permanecía en mis ojos, como esas imágenes que después de mirar durante un largo rato se mantienen unos instantes si cerramos los ojos. 

Después de limpiar los restos de aquella noche: el vaso vacío con los restos del hielo, los clínex, o el cenicero lleno de colillas, abrí la cama y me acosté, desnudo tal cual me había quedado. 

Era verano, el calor apretaba fuera y acababa de perder toda la fuerza que me quedaba al final del día. Supuse que ella había hecho algo parecido. Una solitaria más, como otra cualquiera entre tantas. Otro número primo. 

Al día siguiente me crucé con ella al salir del portal. Y como siempre, apenas nos saludamos.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Cartografía

Camina por la calle a esa hora en que Madrid sólo huele a alcohol y gasolina quemada. Madrid, ay Madrid, esos momentos en los que tengo ganas de olvidarte. Mira hacia arriba, a las cornisas, donde algunas luces ya están encendidas o no se han apagado aún. Otras vidas, todas distintas, ninguna que se asemeje a otra, pese a que todas sean similares en realidad. Poco cambia. 

Alza la vista e imagina esas vidas. Desde pequeño pensaba qué harían las personas dentro de las casas que observaba mientras sus padres caminaban por delante. Solía inmiscuirse a través de esas ventanas todo lo que podía con los ojos. Allí era más feliz. Ahora se acuerda de aquello con cierta nostalgia. Casi siente la vergüenza que le abochornaba cuando alguien se asomaba de repente y lo sorprendía mirando adentro. 

Ahora sigue con la pretensión de crear un mapa de cada vivienda, de cada familia, de cada vida que se esconde por detrás de esos cristales sucios. A veces incluso se dedica a elaborar breves textos en relación a lo que imagina. Una especie de cartografía del Madrid más íntimo, del que nadie se detiene a ver. La gran metrópolis, en la que cantautores fuman en pijama y empresarios de traje y corbata gritan alocados viendo el fútbol en la pantalla. O la de esa chica anónima que se apoya en la ventana un día de lluvia, como en la repetitiva y típica escena de ficción. El Madrid de los nothingmans; el de los cinco millones de cadáveres. La ciudad donde, al final del pasillo, dicen que gira el río. 

La tranquilidad de las calles vacías, su iPod y algunos discos de rock and roll, de ese rock and roll que él considera el de verdad, se han convertido en sus compañeros de viaje más fieles. Y el frío, el frío que le cala hasta la memoria, el frío que no consigue ahogar ni siquiera con varios cafés consecutivos. Presa del deseo ve a su amiga en la ventana. La ha visto tantas veces asomada cuando pasaba por esa calle angosta y abandonada que, aunque ahora esté tan lejos, en otra ciudad, sigue viéndola ahí cada vez que pasa. So long, hasta la vista, amiga. 

Podría coger el metro, pero le agobia tan sólo la posibilidad de estar ahí encerrado, entre tanto rostro desconocido, entre tanta cara de circunstancias. Camina, camina solo. Mejor que mal acompañado, piensa. Total, qué nos queda después del día, si no es el paseo y el recuerdo del fresco pegándote en la cara cuando entras en la ducha. 

Es tarde, aunque para algunos ya sea pronto y arranque un día nuevo sin novedades. Adelanta el paso con brío, pero en seguida se da cuenta de que no, esta vez nadie va por delante. Ni sus padres, ni ella, ni su amiga... Soliloquio. Algunos están lejos, otros cerca, todos luchando por encontrar su sitio, de una u otra manera. Al final, Madrid era más puta y mala de lo que nos enseñaron. Ni rastro de la poesía. Tal vez mañana. La esperanza es lo último que se pierde.

Cuando se acuesta, las calles siguen oliendo a alcohol pasado de hora, gasolina quemada y amor a contratiempo. En esa hora en la que leer a Bukowski tiene un sabor diferente, más auténtico. Pero esta noche ni siquiera él tiene sus besos de contrabando, los que apenas le cuesta conseguir. Hasta eso está empezando a perder.

viernes, 31 de agosto de 2012

Troya

Poco a poco te vas quedando solo. La vida se convierte en aferrarse a los buenos recuerdos. Y en el miedo repentino que te da el futuro. Los amigos que te han ido acompañando a lo largo del camino se van yendo. Dejas de verlos. Repartidos a lo largo y ancho del planeta. De los que se hicieron mayores contigo ya van quedando cada vez menos. 

Entonces es cuando a ti te vienen las dudas. Y no sabes si deberías seguir su camino o continuar un poco más en el que crees que es tu sitio. Y te dejas llevar por la absurda corriente de qué pasaría si fuese yo el que se larga. Si una buena mañana dijese que no quiero seguir aquí, que esto no me aporta nada, y me quiero perder por ahí. Conmigo mismo o con quien sea. 

Dubitativo, entre copas, empiezas a cuestionar todos tus ídolos, todo aquello que creías incuestionable, intachable, inamovible. No sabes si es mejor tratar de salvar algo que probablemente no tenga salvación o si es mejor dejar de luchar y empezar con otra cosa, arrojar la toalla. Nunca se tiene la certeza absoluta de nada. La incertidumbre es la esencia de la vida. 

Escribes, devuelves el folio a la papelera, redactas cartas para personas a las que desearías hablar, pero lo cierto es que siempre guardas el sobre antes de llegar al buzón, o ni siquiera sacas la carta de casa. Intentas buscar esos recuerdos, ese clavo ardiendo al que agarrarte con fuerza, pero no encuentras por qué sacar pecho, hincharte de orgullo. Eres un perdedor, sin más. Pero tampoco es grave, todos lo son y, si no, acabarán por serlo. Nadie gana eternamente. 

Lo peor es que ya ni nos queda París. La ciudad, candente, se tornará en fuego pronto. Retornarán las llamas de Troya. Ya sólo te queda algún baño perdido o algún pub lleno de extraños en el que suenen los Stones. No has cumplido la promesa que te repetiste una y otra vez. Al final lo has dejado enfermar, poco a poco, mientras te ibas quedando solo. Tal vez alguien te echará de menos en algún lugar lejano, quizás Nueva Zelanda, Lituania o Méjico. Pero ni de eso puedes estar seguro. La mayoría de veces la vida va tan rápido que no concede tiempo ni para extrañar.

lunes, 16 de julio de 2012

Todo va bien

Un fragmento de algo más grande:

Todo va bien hasta que cualquier día te sientas tranquilamente, después de un mal día, y piensas que en realidad no es así, y que anteayer o el día anterior tampoco fueron mucho mejores. Y el caramelo de frambuesa ácida empieza a saber amargo. 

Todo va bien hasta que te das cuenta de que nada es lo que parece. Todo el artificio queda al descubierto y los decoradores empiezan a mirarte con recelo cada vez que te los cruzas. Estás rodeado de gente a la que no conoces apenas, sólo porque así se han dado las circunstancias. Tu familia no te conoce tampoco, no sabe quién eres con exactitud. Nadie lo sabe. Y no, no tienes amigos. Esos que hasta ahora habías dicho que lo eran son sólo un grupo de gente a la que tú te aferras para no certificar lo que es inevitable, que todo el mundo vive y muere solo. Sin más. Son tu clavo ardiendo para soportar la frialdad de la ciudad. Bomberos que huyen a la hora de sofocar el fuego. 

Todo va bien hasta que enciendes tu primer cigarrillo, hasta que das la primera calada y todas tus convicciones parecen hacerse humo. Ni siquiera estás en edad de empezar a fumar y no compartes el primer cigarrillo de tu vida ni con tu sombra. Eso también es un indicativo de que algo no marcha. Y ya no es consuelo que siempre haya alguien peor que tú. Qué mierda importa eso. 

De repente lo ves todo claro. No te gustas, o más bien no te gusta nada de ese tío en el que te has convertido. Ese que te mira en el espejo cada mañana. Dudas del sistema, de tus habilidades, de tu felicidad, hasta de tu profesión, mientras se ha terminado el cigarrillo. Cierras los ojos. Ella te habla desde tu cabeza y prefieres no escuchar. Te hace ver las cosas de manera distinta y luego te devuelve a la realidad de golpe. Y tú ya estás cansado de todo eso. Piensas que puede ser la hora de terminar con todo. Puede que no valga la pena estar tan lejos de la poesía.

Todo va bien hasta que un puto día llega una mala noticia y todo se tambalea, y dudas. Dudas de todo y quisieras coger el primer tren rumbo a casa. Pero no sabes dónde queda la estación y además no tienes una casa a la que volver, ni siquiera un lugar dónde pasar la noche a gusto. No perteneces a ningún lugar. En ningún aeropuerto habrá nadie que porte un cartel con tu nombre y un bienvenido. No te hagas mala sangre pensando en que podría ser así. 

¿Y tus amigos? No, ya dijimos que no, déjalo, es sólo una invención, una mentira piadosa. La ilusión de no estar solo aquí, entre tantos otros. Dentro de unos años te cruzarás con ellos y volveréis la vista cada uno hacia un lado para no tener que hablar. 

Un escenario que mantiene abierto el telón. Nada más que ficción. Un puto show de Truman en el que alguien mirará ahora, desde quién sabe dónde y pensará: “Mira ese jodido imbécil. Se cree que escribiendo espantará sus fantasmas”. Una obra de tiempo indeterminado y variable en la que el reparto cambia según las necesidades del director, que sentado en su butacón, se ocupa de tener a los actores jodidos a un ridículo precio. Una novela de menos de cien lectores que arde con facilidad. 

Todo va bien hasta que el cigarrillo se acaba, y enciendes otro, y, cuando este se acaba, otro, y al final te diagnostican cáncer. Es la vida. Una enfermedad mortal que cuando se reproduce estás jodido, pero que si no lo hace te permite aguantar hasta morir fruto de la vejez y la decrepitud. Un número indefinido de años de soledad establecidos como esperanza de vida. Nacer y al instante empezar a morir. Lo de vivir por el camino ya, incluso, empiezas a cuestionarlo. Y encima vuelve a ser lunes.

jueves, 12 de enero de 2012

Antiguos santuarios

El chico se quedaba parado siempre delante de aquella librería. Cuando estaba cerrada, esperaba siempre a que abriese con cierta congoja. Alguna vez le vi entrar dentro y pasear ojeando algunos ejemplares, pese a que siempre que llevaba algún libro era del fondo de alguna biblioteca pública. 

Tendría alrededor de trece o catorce años. Aún no había leído los grandes clásicos, pero empezaban a interesarle ya las obras inmortales. Se sentía muy atraído por los libros que veía desde fuera, además de por la chica que trabajaba dentro, a la que miraba embobado como se movía entre las estanterías. 

La zozobra sólo le duraba hasta que la veía doblar la esquina y sacar la llave. Esperaba que, cuando pasasen unos pocos años, algún día al comprar algún libro ella hablase con él o le dejase su teléfono en alguna de las páginas. Mientras tanto se conformaba pensando en los libros que compraría cuando trabajase. 

Con el paso de los años, aquella librería, que tenía también una sección de viejo, se había convertido en una especie de santuario para él. No había día que no pasase por delante al menos una vez. Los domingos cerraba, por lo que su angustia, aunque la viese cerrada al pasar, era menor. Había visto que muchas tiendas de libros cerraban últimamente, por eso tenía miedo de que cualquier día también le llegase la hora a la suya. 

Cuando una librería cierra para siempre, la Literatura sufre un cambio radical en su totalidad. Algunos personajes mueren de repente en capítulos que no existían antes o contraen graves enfermedades que merman su idiosincrasia. Los protagonistas que sobreviven a cada liquidación sufren pensando que tal vez los próximos sean ellos. Hoy en día, con el aumento de clausuras, ya nadie quiere ser protagonista. 

El chico vivía aterrado cada retraso de su adorada librera. Había leído algunas novelas como Oliver Twist, Canción de Navidad, Platero y yo o El viejo y el mar, y no contemplaba la posibilidad de volver a leerlos y que la historia fuese distinta. De la misma forma, cuando pudiese gastar en libros tanto dinero como pretendiese, quería leer los clásicos de la forma en que sus autores la habían escrito, sin cambios fortuitos. 

Prácticamente la totalidad de establecimientos dedicados a las letras se habían convertido paulatinamente en peluquerías, centros veterinarios o bares de copas cool. Ya casi no se vendían máquinas de escribir, como la que tenía su padre. Los personajes habían asistido tristes a cada uno de estos cambios. Quizás Aureliano Buendía ya no era soldado, ni Gatsby tenía su mansión. Tal vez Ricardo Reis se había refugiado en alguna tienda de antigüedades porque era lo más parecido a su época que aún resistía. 

De alguna manera, no se podía permitir eso. En su inocente cabeza pensó: “Si algún día sólo queda esta librería en la ciudad, lucharé porque nunca cierre”. Entonces miró cuántas monedas tenía en el bolsillo y, por primera vez, cruzó la puerta de cristal y madera decidido a comprar.

domingo, 4 de julio de 2010

Escapar de lo inevitable

Sabe que a veces es inevitable. Todo el mundo piensa alguna vez en escaparse y no por ello debe sentirse culpable. En absoluto. Piensa que la vida le está sonriendo bastante en los últimos meses y ese pensamiento le hace sentirse bien. Por si fuera poco, en pleno verano sigue oliendo profundamente a humedad. Casi todos los días llueve, al menos durante un rato.

Hoy, hace justo un año, se encontraba en otro balcón distinto, en otra ciudad, de otro país. Y ahora piensa que quizás le vendría bien volver a aquel balcón, en lo más alto de la Alfama, o sentarse junto a los gatos en el mirador del Castelao de Sao Jorge. Y recuerda una frase que, ya en Madrid, le dijo una vez uno de los amigos que le acompañaban en ese viaje, sentados en un café:

“No sé. Creo que no he tenido un día en mi vida en el que haya sido plenamente feliz, desde que me haya despertado hasta la noche.”.

Pero él no está mal, sólo está recordando y pensando en un momento de debilidad. Pensar es una concesión del hombre a un momento de debilidad pura. Tal vez sea la rémora más grande de este género, la capacidad de pensar. Pero no se puede evitar de ninguna manera. Está ahí y tiene que sobrellevarlo como sea.

Es inevitable y no por eso quiere decir que esté mal. No. Simplemente necesita escapar, volver a ver a su inseparable amigo el mar. Los marineros en tierra siempre tienen cierta deuda. Por eso, sonríe, sin que nadie le vea, porque puede permitirse ciertos momentos de nostalgia, pues es plenamente feliz. Sólo que ahora quiere escapar de repente. Mañana quizá sea otro día y todo esto que está pensando ahora se lo haya llevado lejos el viento, a altamar, en aguas internacionales donde no existe ley, ni siquiera la del pensamiento.

Y cree que la odia, sí, a ella, de la que en realidad se ha vuelto un perfecto devoto. Pero cree que la odia porque ahora, estos dos últimos días se ha marchado, y él añora su ausencia. Porque sabe que hacía tiempo que no tenía la capacidad de extrañar a nadie, y ella se la ha devuelto, y se siente extraño, incluso tonto. Lisboa, recuerda mientras la brisa húmeda le golpea el rostro abalconado. Ese aspecto bohemio y canalla de sus calles; su Baixa, su Alfama, su Bairro Alto y su Mouraria. Lisboa y sus fantasmas.

En su cabeza suena una melodía marinera. Donde no manda patrón… Lo peor es que, en este momento, no sabe a qué debe encomendarse para soliviantar esta repentina sensación de agobio que le produce una situación, por otra parte, banal. La soledad del corredor de fondo, sin metas, ni siquiera carreras. Las calles de Madrid lucen oscuras desde su balcón esta noche. Todas las farolas de su calle están apagadas, de réquiem funesto, mientras algunos coches pitan en el cruce de ahí abajo, y sus motores rugen como leones indomables. Oscuridad, mientras esa canción sigue tronando en sus oídos tormentosos. Los fados de Madrid, serán.

Es inevitable, piensa, y sonríe melancólico, imaginando el momento en que vuelva. Mientras tanto, sabe que se perderá en millones de palabras, en ese libro de cartas de amor que un día un hombre escribió a su amor y que más tarde, la hija de ambos recopilaría para su publicación, de agradecer por cualquiera que las lea. Y sabe que se ahogará en infinitas tazas de café que se convencerá que toma en la compañía de alguien que no duerme hoy entre sus sábanas. Sin mayores diserciones.

Querer escapar, e incluso necesitarlo, es un derecho que no le tienen porque negar. De hecho, al leer la última carta de ese libro que tiene en el sofá entreabierto, le ha venido a la cabeza la idea fugaz de escaparse con ella. Como si se tratase de una novela que después alguien convirtiese en película de cine de bajo presupuesto. Se da cuenta de que le gusta la idea. Ahora más, sí, mucho más.

Y se ha dado cuenta también de que cuando piensa levemente en ella se le torna el gesto y acaba por sonreír con ganas. Y eso le asusta y a la vez le enardece. Mientras, se le acaba el último sorbo del café, que empezaba a estar frío, y, remotamente, escucha la invocación de las páginas del libro que han quedado entreabiertas encima del sofá.

Sabe que a veces es inevitable. Todo el mundo piensa en escapar alguna vez y no por ello debe sentirse culpable de nada. Los culpables y las víctimas totales nunca existen, como los héroes.

jueves, 7 de enero de 2010

El beso de Mata Hari

Contaban aquellos que lo habían visto que frente al pelotón de fusilamiento se presentó sólo ataviada con una especie de abrigo de piel, sin nada debajo, tan sólo su seductor y exótico cuerpo. Algunos soldados, incluso, pidieron que les vendasen los ojos para poder ejercer su macabro trabajo. Otros lo hicieron con la cara al descubierto. Segundos antes de los disparos, la mujer, Mata Hari, desabrochó la gabardina, dejó su cuerpo al descubierto y, por si esto fuese poco, lanzó un beso al pelotón de justicieros. De un cuerpo de élite de una docena de soldados, tan sólo cuatro balas alcanzaron el blanco. El resto se perdieron en la inmensidad del bosque denso de aquel octubre parisino.

Algunos no llegaron a disparar su arma. Ese beso les paralizo el sentido, cuentan hoy. El beso de Mata Hari. La leyenda de la femme fatale. Un beso capaz de seducir hasta al cañón de aquellos enviados de la muerte. Una de las cuatro balas que la alcanzaron la partió el corazón, literalmente, en dos y le dio muerte al instante. Murió con los labios pintados. Unos labios que siempre recordarían aquellos mercenarios a los que dedicó el último beso.

*****

Como yo los tuyos. Ayer tu rostro y el mío se detuvieron a unos centímetros uno del otro. Y instintivamente ocurrió. Porque, sin más, tenía que ocurrir. Y tanto tú como yo lo sabíamos desde días atrás. La mayoría de las veces no podemos predecir nuestra vida más allá del siguiente minuto, y realmente puede que eso sea lo mejor de ella. Pero yo también me quedé paralizado durante bastante parte de la noche. Igual que aquellos soldados, a los que el beso ni siquiera llegó a rozar levemente; yo, ahora, recuerdo. Y a mi cabeza llamó varias veces también la imagen del rastro de tus labios, levemente teñidos de rojo, sobre la taza del café que estabas tomando por la tarde.

Tus ojos cerrados, y al fondo, aquellos cristales empañados y la noche tan profunda.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Aunque tú no lo sepas

Me inventé tu vida millones de veces. Acostumbro a hacerlo con cualquiera de las personas que se intercalan entre mis ojos y el horizonte más de dos o tres veces en una semana. Incluso podría llegar a afirmar que, en ocasiones, he disfrutado inventándome la vida de todos ellos. Te observé multitud de mañanas, mis ojos te siguieron hasta la esquina en infinitas noches, y tú ni siquiera lo sabes.

Fabulé miles de veces sobre cuál sería tu nombre. Y en otras ocasiones sabía cuáles eran todos los que tenías. Mi otra vida me ha hecho ir de tu mano por el parque, entre los árboles y las ardillas, que ahora ya ni siquiera salen a saludarnos. Me hablaste con los ojos, sin decir palabra, a veces; y otras, ni con las más elocuentes palabras conseguíamos comunicarnos. Dormir contigo ha sido la principal de mis locuras, abrazar con mis cálidas manos el frío de las sábanas en pleno diciembre tenía sentido sólo porque pensaba que entre ellas descansarías tú alguna noche.

Me he imaginado tantas veces contigo: acompañándote a comprar el periódico de madrugada, tomándonos la vida en un café, saboreando un baile una noche como si al día siguiente no fuese a amanecer, leyendo pasajes de nuestros libros a la vez, sin escucharnos el uno al otro, para que en algún punto nuestras palabras terminasen por unirse… Y lo malo no es eso, sino que todo lo que imaginaba superaba con creces a mi realidad.

Tantas veces que bajé a la calle, arropado por mi parca negra hasta las rodillas, y enfundado en mi bufanda; sin más propósito que sentir que estaba viviendo el invierno de Madrid. Y en todos mis paseos me acompañabas con distintos vestidos. Me acordé de ti al descender en un avión y atravesar un mar de nubes, y también entre los acordes menores de una guitarra. Y, aunque tú no lo sepas te tuve a mi lado, sentada en la cama leyendo, “en esta cama de amor que no conoces”.

Y despertamos juntos algún que otro domingo, permanecimos entre las sábanas rojas, perezosos, sin preocupaciones, con la resaca de dos noches seguidas de sábado, y sin prestar ninguna atención a la película que poníamos en el televisor, porque no nos hacía falta. Porque la mañana anterior había buscado tu rostro en el autobús, y te había encontrado con el mismo libro que yo estaba leyendo en las manos, y tú al verme sonreíste. Y aquella sonrisa inspiró unos cuantos versos sobre esa parte de ti que ni siquiera tú conoces. Esa que me acompaña a mí, y desconozco si existe, pues yo no sé quien eres, ni siquiera cómo te llamas. Aunque tú no lo sepas.

Y todo lo que imaginé contigo era mejor que lo que vivía junto a nadie.

Texto inspirado en la canción compuesta por Quique González, inspirada a su vez en el poema de Luís García Montero; ambos con el mismo título que este fragmento.

Sigo porque resulta muy difícil dejar morir algo que te ha dado tanto y a lo que alguno encuentra sentido.

lunes, 26 de octubre de 2009

Retratos empañados

Creía que todo estaba más que zanjado. Sí, que nada se interpondría nunca más entre mí y mi sentir. Pensé que aquello estaba más que olvidado. Erré, por supuesto, sí había algo que podía descerrajar de nuevo mi pecho, que podía volver a cruzar el río por debajo del puente recién construido, y abatirlo sin ningún esfuerzo. Había alguien que podía y eras tú, Lucía.

Porque después de buscarte en cada esquina y cada mirada, llegó un momento en el que me convencí de que ya no quería volver a pensar en ti. Pero hoy llueve, en esta noche tan fría, y la lluvia me recuerda a ti, Lucía, a tu melancólica mirada a través del cristal mojado al levantarte de la cama en la madrugada. Me recuerda a la sonrisa desdibujada que se implantaba en tu mueca al descubrir la ventana que goteaba por fuera y el adoquinado de la calle empapado.

Esta noche es de esas, pero no estás aquí, ahora no estás. Y para colmo diluvia en la misma noche en la que te cruzaste conmigo a media tarde, y prácticamente no dijiste nada, un hola banal e insulso con una media sonrisa, Lucía, que delataba que no te hacía ilusión que nos viésemos. En la misma noche en que volvía en el tranvía de esta brumosa ciudad, mirando como caían las gotas desde la persiana hasta el pequeño recoveco que quedaba entre los asientos y el precipicio que las conducía al suelo. Y un músico al otro lado de la ventana del vehículo tocó la canción que siempre parábamos a escuchar cuando volvíamos caminando, Lucía. La nuestra.

Después de este tiempo ya he dormido junto a otras mujeres, he rendido batalla en brazos de otros amores: de una noche, de algunos meses, pasajeros, efímeros, tatuados, amores de Noviembre, demacrados por las agujas con las que se inyectan la vida a dosis, y también sanos… Y creía que eso era suficiente hasta que hoy apareciste otra vez, con tu eterna sonrisa, preciosa. Y todos mis cimientos oscilaron, dejando a la vista lo débil de la estructura interna de este cuerpo.

Y minutos después de verte, Lucía, sólo un par de minutos después de que salieses contoneando tus curvas, algo más delgadas que hace meses; quise demostrarme a mí mismo que no estaba equivocado, y que era verdad que te había olvidado, que aquello era sólo un momento de flaqueza. Y salí a la calle con la foto nuestra que conservaba en la cartera, decidido, y la dejé caer y ser arrastrada por la pequeña corriente que fluía calle abajo. La dejé bajar, mientras la miraba, hasta que se aposentó dulcemente en la rejilla de la alcantarilla, donde quedó visible sólo tu rostro alegre. La arrojé, y me arrepentí al instante de hacerlo, mientras la contemplaba siendo empujada por la corriente. Metafórico. Nuestro amor siempre pareció estar arrastrado en medio de un torrente caótico, por un oleaje invisible de sentimientos incontrolables para nosotros.

Levanté la vista, y te vi caminando bajo la pequeña lluvia que caía sobre la ciudad. Distinguí entre el tumulto, a lo lejos, la espalda, tu espalda. Cuánto amor no desataría y dejaría libre por aquella extensión tan perfectiva. Volví a verla, bajo la ropa que la abrigaba, pero no me hizo falta desnudarte, recordaba cada centímetro de aquella. Quise pensar en una simple flaqueza, en un momento de guardia baja, para justificar aquel movimiento inesperado, aquel sincero deseo de correr y morderte el cuello nuevamente, Lucía.

Pero quedé pasmado mirando como tu sonrisa era borrada lentamente por el agua que la cubría y deshacía el papel, poco a poco dejándose caer por la hendidura de las rejas. Volví a arrepentirme de despegarme de esa imagen, tal vez fuese el último recuerdo que me quedaba fuera de las cajas, en las que había metido y encerrado nuestra vida anterior. Era todo tan impersonal, tan vacuo, aunque necesité hacerlo. Necesité dejar de verte en cada bolígrafo, en cada fotografía o en cada carrete sin revelar que flotaba por mi mesilla o que se inmiscuía en mis cajones.

Busqué la mirada de unos ojos claros, en lo que yo definía como superación de la separación, pero resultó que fue sólo un intento de olvidarme de los tuyos, marrones como el café de principios de otoño, como las hojas que se resisten inútilmente a caer del árbol, y terminan por caer inertes, con la tonalidad de la muerte impregnada en sus texturas. Y entonces, al descubrirme a mí mismo pensando en tus ojos, Lucía, cerré los míos fuerte y quise que todo fuese un sueño de los que hacen que me levante de la cama y mis cimientos se tambaleen durante unos instantes.

Y entonces en una especie de impulso involuntario, levanté la cabeza del papel, y estaba recostado en mi mesa, con la pluma en la mano y el papel reciclado sin terminar de rellenar. La madrugada era cerrada y fuera llovía, sí, pero giré mi cuerpo y allí, detrás de mí, en mi cama, descansaba su esbelto cuerpo, su larga melena castaña y ondulada, y su geografía lunar repleta de perfectos accidentes. Ella, que me había ayudado a querer de nuevo, a volver a creer que podía vivir sin ti. Y sonreí, porque llovía, pero en la mesilla había una fotografía en la que ya no eras tú, si no nosotros dos los que sonreíamos alegres. Y sonreí, sin que nadie, excepto los que componían aquel retrato, me viese; porque su cintura aún conservaba el calor del edredón sobre nuestros cuerpos durante toda una noche. Y acosté mi cuerpo junto al suyo y su pelo olía a sal de mar. Y ella sonrió entre sueños y murmuró algunas palabras que no entendí.

lunes, 19 de octubre de 2009

De los últimos momentos

Suena la rasgada voz de Barry White en el hilo musical de alguna radio desconocida, en la habitación contigua, de otra vivienda. La voz de las primeras citas, recordaba que así la había mentado su padre, devoto del artista, en alguna ocasión. Pensó que, a través de aquella pared comenzaba alguna relación entre dos nuevos enamorados. La ironía le llevó a dibujar una mueca de sonrisa que ella descubrió al mirarle, sin llegar a entenderla. Es como si aquella pareja inexistente, invisible, les hubiese arrebatado el amor para quedárselo entre sus cuatro paredes.

Su relación se había deteriorado mucho en los últimos meses, aunque aparentemente todo continuaba igual que antes. Pero todo caduca, y hay que saber apreciar muy bien la fecha marcada, antes de ensoñarse sin remedio. En la última bronca ella había mencionado, amenazante, que aquello no podía seguir así, a lo que su cuerpo respondió con un silencioso escalofrío que acarició su espalda hasta el principio de la nuca.

Así llegó la discusión, aquella tarde, en el cuarto de ella, que tantas veces había abrigado su desnudo amor. Y sonó más fiera y más amenazante que nunca. El tiempo les había llevado a cambiar la forma de zanjar sus choques: al principio llegaba un momento en que alguno de los dos se echaba a reír, con lo que todo se terminaba; pero ahora, ahora era distinto, no era tan fácil. Ambos se ofuscaban y costaba un mundo que alguno de los dos volviese a hablar.

Ese fue el motivo por el cual él decidió olvidar la discusión, al minuto de producirse, y sentarse en la cama, a su lado, cogiéndola por los hombros. La besó el cabello, que guardaba el mismo olor que había deseado oler cada noche hacía ya un largo tiempo.

La voz negra de la otra habitación continuaba su recital para enamorados: “You are the first, my last, my everything”. Ella se sobrepuso a aquellos versos:

- Estoy muy cansada de todo esto. No podemos estar así.

No supo, o tal vez quiso no saber contestar. La apretó contra su pecho y suspiró fuerte. Ella le correspondió con otro fuerte suspiro. Cuando alzó los ojos para mirarle, le descubrió sus cartas en forma de unos vidriosos ojos de café, que quedaron muy cerca de su cara. Tras mirarse un par de segundos una lágrima descendió por su mejilla. Quizás para contener aquel torrente que se avecinaba o para encubrir a aquel sentimiento, se lanzó con violencia a los labios carnosos que innumerables veces había mordido.

Besaron la boca de su otro de manera que hacía meses no hacían. Acaso porque conocían su destino próximo y querían esperarlo de la mejor manera posible. Sabían que aquella tarde, que empezaba a decaer, podía ser su última tarde. Sus cuerpos jugaban. Las manos con la cintura, el pecho, la espalda; la boca con el abdomen, las piernas; sus narices a chocarse entre ellas con precisa involuntariedad para terminar de conocerse...

Alzaron la vista y se miraron a los ojos, sin decir nada, él acarició su cara, prácticamente en su totalidad; así se guardaría su belleza entre los dedos para siempre. Aunque nunca más estuviese tan cerca. Aunque nunca más la rozase. Hicieron el amor más bonito de lo que todos lo pintan. E intentaron aprovechar cada centímetro del otro. Sabían que a la mañana siguiente se besarían en la mejilla, y recordó que “cuando recibes un beso en la mejilla de alguien a quien has besado tantas veces en los labios, debes saber que has perdido tu lugar en su corazón”. *

Y así llegó el momento de despedirse. Él salió de su casa, pero antes se fundieron en un memorable abrazo y se besaron. Posiblemente nunca olvidarían aquella tarde, tan amarga y bella a su vez. Casi pillándose los dedos con la puerta, ella cerró, empujando hacia fuera un incontable número de momentos y palabras, y acarició la puerta antes de sentarse de espaldas en el suelo. Él quedó fuera, sabedor de que muchos de los momentos que había pasado con ella se quedaban tras aquella puerta acorazada. Se sentó de espaldas, también, provocando así el último e inexistente contacto entre sus espaldas, a través de la puerta cerrada, sin que ninguno llegase a saberlo nunca.

Pensó en que quería tomarse un café e ir a su casa y leer algún libro triste. Aquel pensamiento le hizo recordar una mañana en que ella bromeó, mientras hablaba de un libro: “Es que parece que prefieres un libro antes que a mí”. Ahora supo responder a aquello: “Al menos ellos nunca fallan”. Y sonrió, recordando aquella escena. Después rompió en lágrimas, en silencio, que se entremezclaron con el final de aquella sonrisa de recuerdo, mientras bajaba la escalera hacia su nuevo y desértico mundo lleno de gente.

*La frase en cursiva es de David Trueba en su novela Cuatro amigos.

martes, 15 de septiembre de 2009

¿Para qué quiero despertar?

¿Y despertar para qué? ¿Para descubrir que todo era un sueño? ¿Cómo reconocer si el paseo con aquella chica era real o una mentira producida por la fase REM de cada noche? Si al fin y al cabo nadie tiene conciencia de si mismo mientras está dormido. Ni tan siquiera sabemos si mientras dormimos el mundo sigue estando ahí. Es improbable. Nuestro cuerpo puede desvanecerse cada noche mientras creemos que está abatido sobre la cama.

Sin embargo, ese día él tuvo que despertar. El repicar del parpadeo de sus ojos en medio del silencio le hizo saltar de la cama para descubrir que no dormía con alguien, como hubiera sido capaz de asegurar hacía unos segundos. Todavía sentía el calor de la mano de aquella chica sobre la suya. ¿Pero quién era? Hasta hacía un momento había sido su novia, pero realmente ya no la conocía. Pese a haberse levantado pensando en ella.

¿Y si fuera verdad lo que ella le había dicho y todo hubiese sido un sueño, producto de su fantasía? Se asomó a la ventana de su cuarto, pero ni lo que encontró debajo de ella era lo que estaba acostumbrado a encontrar cada madrugada. Además afuera diluviaba de manera extraña. Nunca había visto aquel adoquinado ahí abajo; siempre había estado el cruce de carreteras en el que a menudo colisionaban vehículos.

Empezó a aflorar una partida de nervios por su cuerpo, y una angustia que no recordaba de otras ocasiones le invadió las entrañas hasta el punto de querer gritar e incluso llorar de manera estrepitosa. ¿Y si aquella chica con la que había paseado en una noche fresca de verano fuese invención de un original azar de sueños? ¿Y si cada noche de su verdadera vida conformase una existencia por si misma?

Podría ser realidad: cada noche la muerte nos acuna durante unas cuantas horas en su regazo, cuidando de quien sabe formará en sus filas tarde o temprano. Cerramos los ojos, y con eso morimos, sin más, para después volver a entrar en el sendero de la vida. Hasta que las parcas reciben la orden de efectuar su cometido.

Volvió a acostarse, esperando que todo hubiese sido una fútil pesadilla. ¿Y si alguna vez despertases y descubrieses que todo ha sido falso?

Por si acaso, mientras, abrázame.