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martes, 2 de octubre de 2012

Suave es la noche

Are scenes no-one forgets 
And I'm enchanted, music softly plays 
By dancing silhouettes 

City by night. Elvis Presley.



Me gustaba detenerme unos minutos al final del día en la ventana. Lo había tomado por costumbre desde que era adolescente y ya era un acto mecánico. Antes de acostarme, fuese la hora que fuese, me apostaba en la ventana de mi habitación, si es que estaba en casa, o en la más cercana que tuviese, si no lo estaba. 

Es en esos minutos en los que la madrugada y la noche se empiezan a fundir en su abrazo roto, cuando mejor se escucha el silencio. Los días en los que más solitario me había sentido, solía buscar un rastro de vida en las casas contiguas o un ruido más alto que otro. Tal vez el silencio no sea otra cosa que eso: la búsqueda de una demostración de vida ajena. 

La noche del 19 de julio de 2011 no había sido diferente. Me golpeaba la brisa en la cara, donde me escocía un pequeño corte que me había hecho con un folio. Aquel día no había visto a nadie. Era domingo. Había dedicado el día a la lectura. Al finalizar la jornada tenía el regusto de la soledad entre los dientes, derritiéndose como los hielos de la copa de ron, ya vacía en la mesilla, y en el cigarro que se consumía despacio sobre el cenicero. 

Miraba las ventanas de las casas cercanas. Siempre me fascinó la escenografía de las ciudades por la noche. En cada ventana iluminada imaginaba una historia esperando que alguien la contase. Una vida, diferente cada vez, que sufriría modificaciones de una noche a otra. La vida desarrollándose dentro de esos pequeños cubículos, rodeados por cristales abiertos, en los que habíamos convertido nuestros hogares. 

Desfilaban mis ojos, fachada arriba y abajo, cuando una luz se encendió inesperadamente. No era una lámpara, si no más bien un reflejo. Alguien había encendido la televisión en una de las casas que podía ver un piso más abajo, en el edificio contiguo. La sorpresa me hizo quedarme allí mientras dejaba de lado el resto de luces, los coches o las pocas personas que ya caminaban por la calle a cuentagotas. 

No veía quién había encendido la televisión que daba reflejo en la pared que alcanzaba mi vista. Pronto, sin embargo, apareció una vecina que había visto siempre, desde que vivía allí, pero de la que no conocía el nombre. Ocupó el sillón y encendió una pequeña lamparita en la mesilla. El reflejo de la luz se sobrepuso sobre el de la televisión, creando una especie de aureola amarilla, similar a los focos que seleccionan un miembro del público en los concursos de la televisión. 

Nunca me había parado a pensar en la edad que tendría ella. Desde que había llegado a ese bloque la había visto innumerables veces, pero en escasas ocasiones nos habíamos llegado ni a saludar. Calculé que tendría más o menos mi edad. Entre treinta y treinta y cinco, no más. Hacía calor, con lo cual su pijama era corto y dejaba ver las piernas y gran parte del torso, por encima de los senos. Pensé que estaba buenísima e instantáneamente a ese pensamiento tuve cierto recelo en seguir mirando y aparté la vista un momento. 

Sin embargo, qué daño hacía por mirarla. Yo estaba en mi ventana y ella estaba en su casa, y si estaba allí sentada era porque así lo había querido. Sin más. Así que, después de ir al mueble bar, rellenar la copa de hielos y ron y encender otro cigarro, volví a la ventana. 

La segunda vez que la observé estaba mucho más recostada, casi tumbada por completo. Desde mi posición, creí que alcanzaba a ver el brillo del sudor que le caía por el rostro. El calor empezaba a ser insoportable, y como bien dijo Pessoa, dan ganas de sacárselo, igual que la ropa. 

Y eso debió pensar la chica, que de pronto se sacó la parte de arriba del pijama y quedó casi desnuda, sólo con el sujetador y la parte de abajo del pijama, que no era más que una suerte de tanga de color naranja. Definitivamente estaba buenísima. Pensé que debería hablar con ella, pero en seguida el pensamiento difluyó a otro caudal. 

De pronto entendía el sudor que la envolvía cuando volví de rellenar mi copa y que no le resbalaba antes de que dejase de mirarla. Y también entendí el porqué de que se hubiese recostado en ese fragmento de tiempo. No quitaba ojo de la pantalla que yo no veía. Aunque lo cierto es que la mayor parte del tiempo, cuando se movía despacio, de manera espasmódica, mantenía sus ojos cerrados. Gran parte de culpa de su calor y del que empezaba a asolarme a mí repentinamente, la tenía su mano derecha, que había empezado a deslizarse de forma rítmica dentro de la parte inferior del pijama, que se movía creciendo y decreciendo al compás mudo de los grillos. 

Haciendo honores a Scott Fitzgerald lo hacía despacio. Suave es la noche, pensé, mientras notaba como me excitaba sin control. Por supuesto, ella no se había percatado de nada. Probablemente ni siquiera habría pensado en la posibilidad de que alguien la pudiese ver. O la que podía ser otra posibilidad: ni siquiera le importaba que pudiese ser de esa manera. 

Sus ojos cerrados, su cuerpo desnudo y esas manos que conocían mejor que nadie su cuerpo, rompían la tranquilidad de la noche, silenciosa, rumiante y tensa. En esos cerca de treinta y cinco años se concentraban el escuálido placer, el apetito, la experiencia y la soledad. 

Apuré mi cigarro y agarré la copa. Con la mano que había sostenido el pitillo me masturbé mientras ella hacía lo propio un par de pisos más abajo. No solté la copa, no solté nada, sólo seguí con ganas mientras la observaba e imaginaba cuarenta mil cosas que nunca sucederían. Y acabó casi a la vez que yo. Se levantó rápida, apagó la luz y se perdió por el interior de los pasillos que ya era imposible que yo viese. Durante un rato habíamos compartido dos soledades de verano, algo que ella jamás llegaría a saber, para después volver a ser los mismos solitarios que hacía un rato. Barcos que se cruzan en la noche, y ni se saludan ni conocen… 

Aún me quedé un rato pegado a la ventana, con la vista clavada en el punto en el que había estado ella, que todavía permanecía en mis ojos, como esas imágenes que después de mirar durante un largo rato se mantienen unos instantes si cerramos los ojos. 

Después de limpiar los restos de aquella noche: el vaso vacío con los restos del hielo, los clínex, o el cenicero lleno de colillas, abrí la cama y me acosté, desnudo tal cual me había quedado. 

Era verano, el calor apretaba fuera y acababa de perder toda la fuerza que me quedaba al final del día. Supuse que ella había hecho algo parecido. Una solitaria más, como otra cualquiera entre tantas. Otro número primo. 

Al día siguiente me crucé con ella al salir del portal. Y como siempre, apenas nos saludamos.

miércoles, 25 de abril de 2012

A night in the Chelsea Hotel

Cuentan los que alguna vez han conversado con él que, cuando bebe algunas copas de más, y en la borrachera surge aliento nostálgico, suele hablar de ella. Hace muchos años ya de aquella noche pero la recuerda con la misma fuerza que la noche que escribió aquel poema lleno de rabia, como si el recuerdo quisiese cincelar, como si su memoria actuase desde entonces como un trozo de mármol en el que se escribe el epitafio de alguien que aún no había de morir. 

Él cuenta siempre la misma historia. Ni una palabra de más, ni una de menos. Con las mismas palabras bravas y dulces que ella, que le abandonó de forma prematura, deslizaba con su tono de voz agudo y tejano. 

Era aquel el Nueva York de finales de los sesenta. Nada que ver con la ciudad en la que vive ahora. Quizás el mejor tiempo que haya vivido, quizás no. Él, insultantemente joven respecto a su envoltura actual, reservó una habitación en el hotel con el único propósito de cruzarse con aquella semidiosa rubia que también era actriz. Sólo buscaba cruzarse con ella, ya pensaría qué decirle, si es que no callaba cuando se encontrasen. Le habían dicho que solía trasegar mucho por el ascensor del hotel. 

Se montó solo. Su habitación estaba en uno de los últimos pisos. Aquellos edificios eran altos, y a la mitad de trayecto, en el piso 10 –siempre recuerda preciso-, se abrieron las puertas. Evidentemente no era Brigitte Bardot quien entró; lo hizo ella. Estaba buscando a un tal Kriss. 

- Pues estás de suerte, nena, porque yo soy Kriss Kristofferson. 

Ella se echó a reír. Era evidente que no lo era. El elevador continuó, como siempre hacen las máquinas, sin conciencia, y ella, seducida por esa confianza en sí mismo, seguramente empezase a hablarle de banalidades. Nunca el viejo suelta palabra de aquella conversación. Cuando el ascensor se detuvo en el piso de él, los dos ya sabían que iban a pasar la noche juntos. Allí mismo, en aquella habitación del Chelsea. Había saltado un resorte. Eso cuenta el viejo genio. 

No se amaban, ni lo hicieron nunca, solamente aquella noche. “Ni siquiera pienso en ti a menudo”, le escribe el viejo en aquel poema. Supongo que lo que tuvo lugar allí fue un juego en el que, sencillamente, el uno se conformó con el otro. Probablemente se drogarían y beberían. Pero nunca, nunca, se amaron, salvo aquella noche. Escasas veces se rencontraron siquiera. 

Él se llama Leonard. A pesar de que aquella noche la muerte era para él un destino lejanísimo e impensable, hoy está más cerca de ella que de la cincuentena. Hace tiempo que se convirtió en un genio, pero nada parece alegrarle lo suficiente, siempre lleva su sombrero calado impavidez hasta la frente. 

Ella en cambio ya no está. Se llamaba Janis y hace mucho que ya no está. Murió joven, poco tiempo después de aquel encuentro, con el cuerpo y el tiempo consumidos como si tuviera ochenta años. No dejó un cadáver bello, nada más lejos de la realidad. Y con ella, dicen, murieron los años sesenta. Perdió la guerra antes de tiempo, aunque su vida no fue otra cosa que una derrota dulce. Hoy sólo revive unos instantes cuando suenan los acordes de su poema, convertido después en canción por él mismo. Está muerta, sí. Pero qué más da. ¿Quién puede asegurar que eso no la convierta en la más inteligente de todos? 

Chelsea Hotel No. 2.


sábado, 24 de diciembre de 2011

Cuento negro de Navidad

¿Por qué la maté? ¿Por qué lo hice? Hubiese sido suficiente con negarme a seguir viéndola, provocar un alejamiento irreversible. ¿Qué me llevó a hacerlo? Ahora ya no hay vuelta atrás. Me volví loco y pensé que sería fácil que todo volviese a su cauce. No sé si quería jugar a ser Dios, pero lo que de verdad sé es que la he matado y ya no podré verla nunca más.

No importa si hago que alguien la saque de la cámara frigorífica: su aspecto ya no será el mismo. Las dentelladas del cuchillo se habrán hecho más visibles aún con el frío. Su rostro sin vida sólo me recordará mi terrible acto. Y si hiciese que alguien viniera se convertiría en cómplice de mi asesinato, y quién sabe, tal vez tuviese que matarle también.

Joder, estoy viendo una mancha de sangre salpicada en la pared y en las páginas de aquel libro, sobre la mesilla del teléfono. ¿Y el cuchillo?, ¿qué he hecho con él? Tendré que tirarlo. Buscar algún sitio en el que sea difícil de encontrar y lanzarlo allí para el resto de los tiempos. El estanque del Retiro o el lago de la Casa de Campo podrían estar bien. ¿Pero dónde está?

Tenía que hacerlo. Estaba cobrando demasiado protagonismo en esta historia, para la que sólo era una secundaria. Empezaba a conocer más cosas de las que debiera del protagonista, y de mí. No podía seguir así. Si la hubiese intentado convencer, seguramente no lo hubiese entendido, y esto tenía que ser rápido, no era el momento de dar explicaciones. No sobra el tiempo, desde luego. 

Pero era guapa, es una pena que ella, todavía joven, tenga que terminar así pudiendo haber sido de otra forma menos macabra. No sé, quizás empezaba a enamorarme de ella, pero no podía estar aquí en casa, podría haber visto algo. ¿Cómo voy a seguir ahora como si nada? No sé si voy a poder, seguro que mi mirada me delata. ¿Y con el cadáver? ¿Qué hago con el cadáver? Mírala, ahí tirada en la cámara, parece que está tumbada sin más, aún con ese gorro de papá Noel que traía cuando llegó a casa. Cerraré la puerta. Y sus ojos, no quiero verla más.

Tengo que hacer algo con ella, no puedo seguir teniéndola ahí. Tengo que deshacerme del cuerpo, pero no puedo llamar a nadie. Esperaré a la noche. Mientras voy a ponerme un whisky. Debería arreglar un poco la casa, está todo manga por hombro y hay manchas de sangre salpicadas por toda la pared, en los libros y en la mesilla de la máquina. Esa es otra... ¿Qué voy a hacer con la máquina de escribir ahora? 

Si no lo hubiese hecho podría volver en cualquier momento. En la escritura cabe casi todo. Pero sí, lo hice... ¿Por qué la maté? Aún me quedaba por escribir más de la mitad de la novela.

martes, 15 de noviembre de 2011

Queremos tanto a Flanelle

Flanelle era francesa. No le gustaba salir a la calle si no era necesario, prefería siempre quedarse al calor del hogar compartido. Siempre detestó mojarse, pero cuando llovía se rendía a mirar la calle desde lo alto, protegida por el muro infranqueable que suponía el cristal de la ventana. Adoraba estar entre sus brazos, allí sentía la seguridad de quien se siente invencible, y se regocijaba dando vueltas entre ellos. Cuando su compañero escribía, pasaba los minutos sentada en el suelo con la espalda cerca del radiador caliente. Se amaban. 

Theodor, en cambio, entraba y salía sin ningún tipo de concierto. Siempre había sido el más independiente y no necesitaba sentir el calor ni el refugio de un cobijo. Caminaba raudo entre los coches y cada vez que podía subía al tejado de la residencia para observar cómo los hombres perdían sus días entre prisas y remordimientos ahí abajo. Un día, cuando era pequeño, corría por una escalera de incendios; un inoportuno resbalón le hizo precipitarse dentro de la casa. 

Flanelle, aún muy joven, estaba sentada en el sillón, al lado del escritor que aporreaba una máquina vieja, que podría haber despertado incluso a los limpiadores de estrellas, tan lejanos allá arriba. Sus miradas se cruzaron un momento, pero el estrépito ocasionado por la caída hizo que el dueño de aquella casa se levantase a comprobar qué había pasado. 

¿Estás bien?, le dijo al levantarlo, acariciando su espalda dolorida por el golpe contra el parquet. En lugar de reprenderlo por colarse en su casa o por correr por la escalera de incendios, le ofreció agua y algo de comer. Era un hombre muy simpático, sin duda. Cualquier otro se hubiese levantado pegando gritos y bandazos y él hubiese tenido que salir huyendo en seguida. 

Desde entonces aquella casa se convirtió en una especie de hogar ocasional para Theodor, huérfano desde hacía un tiempo, solitario callejero parisino. Algunas veces esperaba en el portal a que alguien le dejase subir, otras, su agilidad le permitía llegar hasta el lugar por el que entró la primera vez. 

Flanelle y Theodor. Theodor y Flanelle. Testigos directos de la obra de aquel loco que escribía en el viejo armatoste y escuchaba combates de boxeo en la radio hasta la madrugada. Pocas veces salieron juntos a la calle. Como ya es sabido, Flanelle prefería salir poco y, si lo hacía, era casi siempre sola. Sin embargo Theodor representaba justo lo contrario. En ocasiones pasaba largos días sin aparecer, callejeando por ahí mientras malgastaba alguna de sus vidas. Pero siempre volvía, generalmente empapado, cuando había tormenta. 

Sus arrumacos al llegar eran algo así como pequeños zarpazos desabrigados en el rostro de sus compañeros. Cuando tardaba mucho en regresar, Flanelle le castigaba con un sugerente vacío. Se ocultaba durante un rato hasta que, por fin, salía de alguna habitación con la elegancia propia de quien sólo siente indiferencia por el recién llegado. Su relación con Theodor siempre fue un zarandeo tan a punto de desvanecerse como de encarrilarse y perseverar recto hasta el fin de los días. El escritor redactó algunos textos sobre ellos, que leía a Theodor, al que decía que en alguna de sus anteriores vidas había sido crítico literario. 

En 1982 Flanelle perdió la última de sus vidas, trayendo la muerte a la casa. Días después la invitada retornó para llevarse a Carol con ella. A partir de entonces, la decadencia del escritor fue mayúscula. Cayó en una depresión que le llevó a pedir que esa mujer de negro volviese otra vez y le dejase ir al lugar donde estuviese Carol. Lo hacía indirectamente, con mensajes que pintaba en una pared, hasta que dos años después, la emisaria que la muerte había enviado en forma de leucemia le invitó a marchar con ella. 

Había muerto el escritor que siempre pareció joven, ese al que la extraña enfermedad que tenía en la piel no le permitía envejecer y siempre mostraba la misma apariencia. Ese que todos queremos llegar a ser. El escritor al que dos años atrás Flanelle y Carol, dos de los amores de su vida, le habían indicado el último camino por recorrer. El mismo hombre que, tiempo atrás, había acogido a Theodor, que marchó entonces solitario, como siempre, a enterrar las pocas vidas que le quedaban. Cuentan que alguna vez volvió, pero nunca congenió con los nuevos inquilinos de la casa de Julio.


Theodor y Flanelle

lunes, 9 de febrero de 2009

La no-fábrica de chocolate

Visité, hace justamente hoy 23 años, 16 meses y 43 días, el lugar más extraordinario en el que haya estado nunca. Muchas veces después he vuelto en el recuerdo allí, aunque nunca fue lo mismo que entonces. Otras tantas veces, me empeñé en convertir otro lugar en el más asombroso en el que hubiese posado mis cansados pies, pero fue imposible, ninguno superaba a este.
Tras caminar aproximadamente 3 kilómetros, 200 metros y 47 pies, y tras apoyar por último el siniestro, topé con una antigua verja. Me encontraba en los alrededores de alguna villa o ciudad interior: Astorga, Mijas o Sepúlveda, por ejemplo. Como iba mirando al suelo, despreocupado, tuve que levantar mi vista, que tardó un instante en acostumbrarse al cambio de tonalidad que suponía aquello en mis retinas.
Al redirigir éstas al punto donde terminaba aquella verja, pude leer: "Fábrica de chocolate. Fundada en 1867. En funcionamiento". No creía que ese cartel tuviese aún vigencia, pero pese a lo abandonado que parecía aquello, me dispuse a entrar, pues tenía hambre y un poco de chocolate podría estar bien. La puerta de hierro oxidado chilló y, aunque parecía que no había actividad en aquel recinto, al mirar la chimenea observé que salía algo de humo.
Lo primero que encontré tras el umbral de la puerta fueron unas escaleras picassianas, que no sabía muy bien si debía tomar. Me recordó a aquella historia con fracaso de los personajes de Historia de una escalera. Quizás Buero Vallejo se inspirase con esta escalera, pero lo dudo. Dudo que nadie haya pasado por aquel lugar, salvo los empleados, si es que los había. En aquel momento lo dudaba, y mucho.
Me decidí a ascender por la escalera y al final llegué a una estancia en la que, sí, había trabajadores del chocolate. Aquella fábrica seguía en funcionamiento, como rezaba el cartel de la entrada. Me quedé fascinado. La cadena era larga, y, desde arriba, en ella se veían multitud de tabletas muy apetitosas. Pensé que aquello era el último eslabón.
Instantáneamente -lo cual me pareció muy raro- un empleado me cogió del brazo y me dijo que me enseñaría la factoría. "Esta es la primera fase" -dijo-. Yo quedé fascinado, y pensé que había errado al decírmelo, pues las tabletas ya estaban enteras. Al pasar a la siguiente sala, vi como los empleados separaban cada tableta en pequeñas onzas. Varios se comían a hurtadillas algunas.
Tras unas cuantas salas yo continuaba con mi asombro. Llegamos a la última habitación, que para mí hubiese sido la primera. En ella, los empleados recibían chocolate molido y, cuidadosamente, hacían de él pequeños granos de cacao. Fascinante -pensé-, aquí todo va al revés. Convierten las tabletas en grano de cacao.
No había salido de mi asombro, cuando mi guía me anunció el fin de la visita. Al salir por la puerta, me uní a varios empleados que desfilaban, al término de su turno. Vi como llevaban escondidas tabletas de chocolate defectuosas, con las que no se podía trabajar, y que deberían haber sido depositadas en el contenedor de "Taras". Pero, ¿quién se resiste a una tableta de chocolate?

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Canción de Navidad, de Charles Dickens

Las buenas esencias se presentan, generalmente, en frasco pequeño. Esto suena a topicazo, en toda regla, pero en muchas ocasiones no hay que subestimar los dichos populares. Si hablamos de esta pequeña joya es una de esas ocasiones en las que este dicho es completamente aplicable. Canción de Navidad es una pequeña obra literaria, de lectura muy aconsejable, sobre todo en esta época del año.
En esta obra, Charles Dickens, el gran novelista británico; cuenta la historia de Ebenezer Scrooge, una persona huraña, que detesta la navidad, desde que su socio muriese hace 7 años. Para él, esta etapa del año sólo son paparruchas. En la noche de navidad, tras declinar la invitación de su sobrino para la cena; se queda en su casa solo y recibe una extraña visita, que le pautará unas acciones a seguir en sus días venideros.
Envuelto en el ambiente frío y misterioso de la ciudad de Londres, Dickens, el creador de la infancia en la literatura, con Oliver Twist -como leía en un artículo reciente, creo que de David Torres-, nos relata de forma majestuosa la historia de como cambió la concepción de la navidad el señor Scrooge; con unas descripciones magníficas, una narración exquisita y un estilo impecable, propio de la novela de la época.
Destaca en su forma de narrar mostrada en esta obra, la descripción del tercer visitante, inquietante y terrorífica; así como el momento en el que Scrooge cree divisar delante de él, en su salón, una marcha fúnebre, acompañada de susurros y murmullos entre las sombras de la oscuridad. Queda demostrado, de sobra, que Dickens es un narrador excelentísimo, con la simple lectura de alguno de sus párrafos.
Corta, con una historia mágica y oscura, y con una factura perfectamente bella; se ha convertido en uno de mis libros preferidos. Un absoluto canto a la felicidad y su espíritu. Un claro ejemplo a seguir para los que gustan de escribir, y todo un placer para los lectores, sobre todo ahora que es Navidad.

domingo, 6 de abril de 2008

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

La magía de las pequeñas cosas, de lo invisible, o de lo que no queremos ver. Un cuento que, bajo su apariencia infantil, guarda una reflexión profunda sobre la importancia de las cosas en la vida. Algo que toda persona debería cuestionarse alguna vez, por lo menos. Un cuento increíble que os enseñará muchas cosas sobre la vida, y sobre como vivirla. Os mostrará como saber apreciar las pequeñas cosas, que son las que realmente hacen la vida tan maravillosa como lo es, os enseñará a cuidarlas y a saber apreciar cada uno de sus valores. Un cuento que desde mi punto de vista tendría que ser de obligada lectura para todos, niños y adultos.
Relata la bonita historia de la vida del principito, que viaja a la tierra y vive numerosas situaciones de lo más absurdo, aunque de todas se saca una clara conclusión. La historia es contada por un piloto que se encuentra con el principito cuando trata de arreglar el motor de su avión, averiado en el desierto del Sahara mientras viajaba.
En el cuento, habla sobre la vida del principito, que vive en un planeta con tres volcanes y una rosa, con la que conversa a diario y la cual se convirtió en su fiel compañera. Además, aporta una reflexión bastante profunda sobre cada uno de los personajes con los que se cruza el principito en cada uno de los planetas que visita en su camino: el rey, el vanidoso, el bebedor, el absurdo hombre de negocios, y el tierno farolero, eternamente en plena labor. Al encontrarse con un geógrafo, este le encomienda viajar a la tierra, donde vivirá sus aventuras, y aprenderá a valorar aquellas cosas que las personas grandes llaman pequeñas. Y es que como el principito dijo para sus adentros durante su viaje: las personas grandes son, decididamente, muy extrañas.