Mostrando entradas con la etiqueta personal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personal. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de enero de 2013

Princes Street Gardens

Te sientas en el tronco rebanado de lo que un día fue un árbol. El parque no está repleto de gente, pero a esta hora tiene mucha vida. Parejas que se sientan en los bancos con sus niños, patinadores que viven sobre ruedas, o ancianos que caminan lentos, próximos a su destino. 

Pasan un par de minutos de la una de la tarde. El cañonazo que cada día hace estremecer los cimientos del castillo, como una tradición decana, todavía ruge en los oídos de aquellos que estaban en el parque. Detienes tu vista en varios grupos. Cerca de ti un grupo de chavales de lo que aparentemente es un viaje escolar, ríe con un extraño juego que tú desconoces. No entiendes lo que dicen, tienen pinta de eslavos –quizás finlandeses– pero comprendes que se están divirtiendo. 

A tu lado está ella, que te acompaña en este viaje, y desde unos cuantos meses antes, también en el viaje continuo que nunca te permite detenerte. Los bancos de Princes Street Gardens, como casi todos los de Edimburgo, tienen placas con mensajes que los ciudadanos dedican a la ciudad o a sus seres queridos. No dejas de pensar que es una maravilla de tradición. 

Ninguno de vosotros dos habla. Sobran las palabras y ambos dedicáis los minutos que os da esa parada para comer y observar la vida, que transcurre, ajena a todo, en los jardines. Es la ventaja de estar en una ciudad extranjera, con todo el día por delante y sin ninguna obligación que cubrir hasta el anochecer. No hay mayor libertad que esa. No hay ser más libre que el turista. 

A vuestro lado, un matrimonio observa a su pequeña rubia mientras corretea entre las personas sentadas en el césped. La escena es idílica, bucólica, carente por completo de cicatriz. Unos leen mientras otros han optado por cerrar los ojos y aprovechar el sol y algunos empiezan a reanudar su camino. El padre se mantiene recostado, sin perder ojo de lo que hace esa pequeña, la madre, también rubia, se ha tumbado a su lado y permanece serena, sabiendo que él vigila lo que pueda ocurrir. Él, de repente, la llama insistentemente y rompe la serenidad de esa zona del parque. Un par de personas se giran para comprobar qué pasa. En el silencio que domina la escena, su voz parece alarmada, aunque verdaderamente no pasa nada: sólo quiere atar un cordón de su zapato. 

Con el tiempo la escena te vuelve a la memoria gracias a una serie de televisión. Es parecida, aunque nada tiene que ver en realidad. No sabes si a tu acompañante también le resultará familiar cuando la vea. Probablemente. O tal vez en ese momento miraba hacia otro lado y no recordará esa escena nunca. Los recuerdos, igual que la vida, dependen, en la mayoría de ocasiones, de hacia dónde mires. Quizás mañana, cuando la vea, le pregunte.

jueves, 24 de junio de 2010

Noche de brujas

Noche de brujas. Y creo que ahora estoy más embrujado que nunca. El ambiente ahí afuera es suave, un poco cínico incluso. Una noche fullera, de esas a las que les gusta engañarnos.

La noche más corta y más mágica de todo el año, dicen. Hogueras. Algunas incluso repletas de vanidades. Y yo todavía esperando a que me enseñes cuál es el truco que has usado conmigo, pero para eso tienes que sobrevivir a esta noche de solsticio. Porque estoy seguro de que guardas magia o algo así en esa sonrisa. Y hoy es noche peligrosa, huye, refúgiate. Si quieres tengo sábanas para ayudarte.

Y me gustaría que me permitieses descubrir otro de los grandes secretos mágicos: la fotografía. El secreto alquímico que guarda ese carrete de veinticuatro exposiciones que quizá algún día me dejes hacerte. Porque siento terribles ganas de inmortalizar cada sonrisa y cada mirada divertida que desfilan por tu cara, desde que te conocí y te escondiste un segundo detrás de aquella taza de café cálido de invierno.

Tal vez vaya corriendo, aún estoy a tiempo, a la hoguera, con mis deseos escritos en un papel cortado con los dedos rápidamente. Pero… la verdad es que no sé muy bien si hay que echar los deseos que quieres que se cumplan o todo aquello que no deseas al fuego. Y tengo miedo a equivocarme. ¿Me acompañas y después nos escondemos juntos?

martes, 15 de junio de 2010

Soñaba...

Soñaba con un viaje en tren. Nada más abandonar Vicálvaro divisé el parque de los siete cerros, aunque en mi imaginación aparecía más frondoso de lo que realmente es. Y, además, era atravesado por caminos de arena que tampoco están tal cual en la realidad. A mi lado viajaba una muchacha que repasaba algunos apuntes a última hora. No alcancé a ver las directrices de la asignatura que leía.

En un momento puntual, me fije de pronto, entre la rapidez, en una chica que se arrodillaba en la tierra, envuelta en un desconsolado llanto, besaba una foto y la enterraba en esa arena del parque. Y la enterraba, igual que la enterraría yo, si ella se fuese. Y es que, en ese extraño mundo que es el de los sueños, mi vista alcanzaba a ver quién estaba en esa foto. Era su madre, con dedicatoria incluida.

Y lloraba desconsolada. No era para menos. Y a mí, dentro de ese mundo imaginativo, me abordó una pena tremenda que no podía casi contener. Me desperté sobresaltado. Y entonces descubrí que por estas fechas se cumple el ciclo y que no tengo motivos para estar triste. Su foto está en mi estantería y en pocos minutos escucharé su voz al otro lado del teléfono. Todo está bien. Todo fue sólo un mal sueño.

martes, 6 de abril de 2010

4 - Abril - 2010

4 de abril de 2010.

Últimamente se ha instalado en mí una vena castiza que no entiendo de dónde viene ni a dónde me lleva. Aunque siempre me ha encantado la ciudad, me intereso por todo lo que tenga que ver con Madrid mucho más que antes. Igual es que los programas incansables sobre el centenario de la Gran Vía me han saturado tanto, que han acabado surtiendo efecto; pero el domingo después de pasear por allí y darnos cuenta de que era el día del aniversario me embriagué de una sensación extraña de bienestar que, lógicamente, también tenía que ver con mi compañía.

Incluso el sol parecía atardecer más bonito al llegar a Debod, como si no quisiera irse, pero nadie hubiese llegado a tiempo para gritar que se quedase con nosotros. O como si quisiese brindarnos una temporal morada de la que no quisiésemos marchar.

Todo luce, a menudo sin explicaciones ni porqués. Quizás Miguel Hernández también sintiese algo así un día, ahora que también es veterano.

4 de abril - 6 de abril de 2010

jueves, 25 de junio de 2009

Palabras para un hasta luego

Perdonádme por lo personal de esta entrada.

A Ana García Andreu =)

Se acaba el curso, y este año es el que menos ganas tengo. Yo diría que ninguna. Tú ya te vas, allá donde viniste, pero aunque sólo sea un simple hasta pronto, un paréntesis, me apetecía regalarte un pasaje de despedida. Es posible que estas palabras las leas ya cuando estés en casa, es casi seguro. Pero quería dejar constancia de ellas. Porque el descubrimiento del curso ha sido este grupo F en el que nos encontramos, pero concretamente tú: los demás repetían grupo.
Nunca pensé que encontraría gente con la que pudiese hablar de los temas que conversamos nosotros. Los libros, el cine, las amistades, las relaciones, nuestros secretos e, incluso, la fastidiosa política; abarcan nuestros cafés, nuestras cervezas, nuestra vida. Ahora sé que vosotros, y en este caso tú, a quien va dirigida esta pequeña carta, serás siempre una persona muy importante, porque aprendo con lo que guardáis para enseñar. Y que siempre vais a ser mi gente, por encima del resto, ahora lo sé mejor que nunca.
Estos dos últimos días lo he pasado de maravilla, y creo que en ellos se puede condensar el periodo que transcurre desde Noviembre –más o menos- cuando nos conocimos en la cafetería, que tantos ratos nos acogió este año, hasta hoy, el día en el que marchas a tu tierra, dejando atrás Madrid por unos meses. Nunca te lo he dicho, pero lo primero en lo que me fijé fue en esa pequeña cicatriz que tienes en la cara, a la altura de la nariz. Ahora ya sabes que me gusta. Me siento muy feliz de estar escribiendo esto, Ana, igual que por haber encontrado un grupo de personas que me protejan la retaguardia sin más contraprestación que la misma acción por mí parte.
Hoy tu beso me ha sabido a despedida, pero no a un adiós triste: volveremos a vernos pronto. Me dijiste que, a veces, tu madre leía estas líneas. Si es así, en este texto también, sepa usted, señora, que tiene una hija de la que cualquiera podría estar orgulloso; es más, de la que yo mismo me siento orgulloso por saber que me arropa cuando lo necesito y que siempre tiene una sonrisa guardada para el momento necesario.
Sin más, que tengas buen viaje. Madrid te espera para tantos cafés y momentos que nos quedan por vivir, Anita.

jueves, 4 de junio de 2009

Los recuerdos y su forma de abordarnos

Me cuesta mucho describir un recuerdo, sobre todo cuando no es una vivencia mía, si no contada, descrita a su vez por otra persona. Sin embargo hay uno que se exime de esta dificultad mía, o eso creo. Es un recuerdo de la infancia de mi padre que me liga de manera inexorable a él y a mi abuelo.
Me lo confesó él mismo en el tanatorio, el día que falleció mi abuelo. Sé que puede empezar a sonar drástico, o incluso amargo, pero espero que sigas leyendo. Estábamos apoyados en la barandilla, recuerdo, mirando sin hablar un jardín con flores. Era la primera vez que experimentaba un velatorio, qué sensación tan extraña. Se mastica la tristeza, entre risas y anecdotario. Ciertamente me parecen momentos amargamente bellos. Pasé un brazo sobre el hombro de mi padre, que había estado un rato solitario.

“Me estaba acordando…”, comenzó a hablar.

Volvía mi abuelo de uno de sus abundantes viajes de trabajo a Girona, en los que mi abuela, mi tío y mi padre se quedaban en Madrid. Era verano, probablemente Agosto, según reconoció mi padre posteriormente, cuando le pregunté por el momento.
El niño que fue mi padre salió a recibir al padre que luego sería mi abuelo. Cuando ya retornaba a su cuarto, la voz imponente de éste, le hizo detenerse en el umbral del salón.

“Espera hijo, te he traído un regalo”, reprodujo mi padre con su voz, ya temblorosa y entrecortada en aquel momento de la confesión.

Mi abuelo no fue nunca persona de muchos regalos. No era ésta su forma de demostrar cariño. Esa frase hizo temblar de ilusión al niño, que sonreía a su padre desde el marco de la puerta. Sacó una caja estrecha y de ella una equipación completa de la selección española de fútbol. En aquel punto de la historia, mi padre, el del presente, hablaba entre lágrimas que se le caían al jardín que mirábamos sin apartar la vista.

“Pasé casi tres días con el traje puesto, paseándome. Y recuerdo lo contento que estaba. Es de los pocos regalos que me hizo mi padre”, contaba mi padre intentando sonreír entre la tristeza del lugar y la situación.

Era un recuerdo feliz. Por aquel momento yo no podía contener mi emoción y mis ojos se habían vuelto vidriosos debajo de mis gafas oscuras, que llevé puestas durante los dos días siguientes.
Ahora pienso a menudo en lo maravilloso de la vida y sostengo entre estas líneas que ese es el recuerdo más emotivo que guardo con mi padre. Y pienso en lo maravilloso de la vida, decía, que me hizo recordar ese momento en la biblioteca, desde una ventana; porque pasó un niño vestido con la equipación de la selección española actual, junto a su padre. Es posible que el crío archive ese momento y algún día se lo cuente a su hijo en el tanatorio, cuando ese padre, que ahora es joven y juega con él, se haya ido. Al fin y al cabo el destino es el mismo para todos.
Y es que, escribiendo algo parecido a lo que escribió una vez mi amigo Lorenzo, se puede llegar a conocer y contar el mundo asomado a dos o tres ventanas.

domingo, 24 de mayo de 2009

Sobre el efecto contagio de una sonrisa

No hay nada mejor para estar bien que ver a alguien sonreír. Es contagioso. Hoy es un día de tormenta, aparentemente grisáceo y nostálgico, pero una sonrisa lo hace alegre, sobre todo si es prolongada y de belleza tal como la que tú me has regalado. Tú, también de ojos oscuros. Estos últimos días tengo una extraña fuerza reivindicativa para con los ojos marrones -y en definitiva oscuros-; por qué nadie se acuerda nunca de los ojos marrones.
Es frecuente que por el motivo que sea necesitemos un cambio de aires, una huida, una especie de expiación de nuestros ahogos y angustias. Cada uno la busca de manera distinta -incluso acorde con su personalidad-: el introvertido la busca en los libros, el que no lo es, amparado en un conjunto de personas, el de mentalidad suicida saltando desde el noveno para comprobar si sigue teniendo alas...
Hoy mencionaste a mis musas, cuando a ciencia cierta sabes que tú podrías engrosar esa enumeración, amiga. Esta tarde te escuché contar historias mientras tomábamos café en mitad de la tenuidad lluviosa que nos envolvía más allá de las ventanas, en el café que podría ser el nuestro, sin más. Y me contaste tu miedo, ese que tú y yo sabemos, y que todos presentimos alguna vez contemplándonos desde el marco negruzco de la puerta. Sonreíste, y me contagiaste tu sonrisa.
Siempre estoy feliz, aunque no esté contenta, has resuelto convincente. Y yo resuelvo ahora que es seguro que volverán los versos, volverán las palabras, lo sé, lo llevas escrito en la mirada. Llueve, hay tormenta, y ahora tenemos la deuda de una tarde de fotografías en blanco y negro, como la noche de hoy. Ahora mismo preciso el cambio de aires del que te hablaba líneas atrás, pero esta vez sí denoto mis alas a mi espalda, que hasta ahora sólo eran suturas. Abro la ventana y el viento me recibe, mientras pienso en todos mis alter ego que se han lanzado al vacío.

domingo, 10 de mayo de 2009

La letra F

A la letra F y a las iniciales de las personas que guardaba consigo.

"Al amor de ellas
nosotros encendíamos palabras,
las palabras que luego abandonamos
para subir a más
empezamos a ser los compañeros
que se conocen
por encima de la voz o de la seña".

Jaime Gil de Biedma. Amistad a lo largo.


He leído hace poco una reflexión que muchas veces me había planteado yo también. Muchas veces, lo que me hace sentir de dos maneras dispares: primero bien por plantearme cosas que gente interesante también se ha planteado alguna vez, y a la vez un poco menos original que antes de saberlo. Las personas buscamos siempre alguien que nos proteja, que nos abrigue las espaldas. No en el sentido que podéis estar pensando, si no que buscamos el amparo que nos falta en la vida en el ardor de otra.
El escritor que me hizo descubrir que no sólo yo lo había pensado alguna vez lo explicaba así: "Es el pecho de otra persona lo que nos respalda, sólo nos sentimos respaldados de veras cuando hay alguien detrás, lo indica la propia palabra, a nuestras espaldas...". El ejemplo más visual de esto es la forma de dormir de un matrimonio, espalda contra espalda, postura en la que se saben protegidos de cualquier inclemencia que pueda alterar su estado de sueño. Su reflexión continúa durante amplios párrafos -y es interesante- pero no es lo que quiero contarte aquí ahora. Si te interesa puedes exigirme la cita, o una cita, lo que tú prefieras.
El caso es que desde no mucho tiempo atrás vengo saboreando lo que se siente cuando tienes protección, cuando te sabes respaldado por un grupo de personas que reconoces como amigos. Importante es reconocer a una persona como un amigo. Puedes conocer a alguien. A lo largo de cada día es posible que conozcas cientos de personas, pero sólo con aquellas a las que reconoces cuando ves a lo lejos es con las que te sientes más próximo. Reconoces sus nombres, aunque a menudo les damos demasiada relevancia. Reconoces su nombre -decía-, Nacho, su cara, Daniel, su cicatriz, Ana, sus aficiones, Lorenzo, su acento, Tamara, sus sueños, Pablo. Reconoces todo eso, y es lo que te hace sentirte dentro del círculo, porque en ellos intuyes la misma sensación.
Círculos. Qué es la vida, acaso círculos infinitos que se traban una y otra vez. Todo. Los dibujos se basan en círculos, las letras son círculos, luego las palabras acaban por serlo. Tal vez la letra más importante para mí haya sido la F, y el círculo del tiempo en el que me topé con ella y con todas las iniciales que incluye consigo. Y con todos los puntos marcados con chinchetas de colores en su mapa geográfico. El valor de sentirse acogido, de conocer -o reconocer- que te encuentras por fin dentro de un círculo, que pensabas que nunca encontrarías en esa inicial F. La importancia de sentirme vosotros, amigos, amigas.


martes, 5 de mayo de 2009

Breve sobre la condición de la vida

A L. R. G.

La vida es perra, amigo, y tú y yo ya lo sabíamos de sobra. Pero tenemos que darle gracias aún por seguir permitiéndonos ver una nueva tormenta desde el umbral de la ventana, o porque nos concederá, al menos, otro amanecer rojizo. O por ese otro café que nos dejará tomarnos juntos cualquier día.
Es sombría, pero aún teniendo esta condición de oscurantismo, suele dejar entrever luces entre la negrura. Como un faro que nos señala el camino menos tortuoso, para que, al menos, finjamos ser felices con algo de coherencia.
No tratemos de entenderla, pues no está hecha para eso. La vida es perra, sin más, es una cualidad inherente a su condición de vida. Hay cosas que duelen, pérdidas, traiciones, caídas, pero tú y yo sabemos que siempre queda algo por lo que seguir. Un abrazo que recibir, una mano de ayuda tendida.

domingo, 12 de abril de 2009

Póngame un café. Solo, por favor

- Póngame un café. Solo, por favor.

Si conoces algo de mí ya habrás descubierto que el café no lo perdono. Es mi gran vicio confesable. Muchas veces me gusta jugar, conmigo mismo, a averiguar cómo es cada persona según lo que toma en un bar, o en cualquier sitio. Es similar a cuando juego a inventarme la vida de las personas que me rodean y que la mayoría de veces ya no vuelvo a ver nunca.
Este es un médico casado e infiel, aquella mujer es actriz de teatro y está enamorada en silencio de su personaje. El de más allá es estudiante de filosofía y letras, pero sueña con llegar a ser novelista algún día. Es un enamorado de la vida. Pues con esto es algo semejante.
El que bebe café con leche y dos azucarillos gusta de edulcorar su vida, trabajosa, con cierto decoro. Y aquella muchacha que bebe ron con hielo, apuntalada en la mesa contigua al piano sin solista, simplemente inunda alguno de sus desvelos con esa bebida.
El café se toma según, a veces, el estado de ánimo. Siempre lo semejo con la vida, así sin más. En ocasiones esta tiene sus momentos dulces, café bombón o con leche y azúcar. Para los momentos tristes o nostálgicos, el café solo, sin hielo ni azúcar, amargo, para degustar mejor su condición. Para momentos intermedios existen combinaciones múltiples, aunque yo suelo recurrir al café con hielo, áspero y a la vez suave, la vida y a la vez la muerte.
Posiblemente sólo sean juegos, sí, lo sé. Pero mientras te tomabas un alto en cualquier cafetería, ¿no lo has practicado alguna vez? ¿Nunca has considerado lo mismo que yo? Piensa que la vida no es más que un café, sin azúcar ni hielo, y una canción de Sabina. Y, si acaso, para algunos unos cuantos cigarrillos. Y yo, que todo lo escribo...
Siento dejarte, ¿te invito a un café?

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Los abuelos del parque

La mañana había entrado ya hacía rato. Era fría, de invierno, aunque el sol pegaba fuerte, de esas veces en las que si te sientas mucho tiempo expuesto a sus rayos, te arde la nuca. La situación era la siguiente: dos abuelos estaban sentados en un banco, mirando lo que parecía una pared en medio de un ajardinado espacio con carreteras poco transitadas. El silencio era espectral, el mundo parecía haber enmudecido de repente, seguramente por vergüenza de todo lo que sobre él ocurría.

- ¡Vaya sol ha despertado hoy!, ¿eh Heladio? – habló uno de los viejos.

- Ya le digo que si, Serafín, y que usted lo diga.

- ¿Hoy tenemos que ir a jugar nuestra partida, no? – volvió a preguntar Serafín.

Su eterno compañero de fatigas asintió sin más, disfrutando del repiqueteo de un pájaro que desmigaba un trozo de pan en la acera. ¡Cuánta tranquilidad! –pensó para sus adentros. A lo lejos se oyó el rugir de un motor, y ambos se pararon a escuchar. En poco menos de cinco minutos, un alargado vehículo negro pasó por delante de sus semblantes. Ambos se miraron sorprendidos. Por aquel parque no solían transitar muchos coches.

- ¡Qué silencio, amigo!. En Vallecas nunca había esta tranquilidad –comentó sin importancia Serafín.

- A todas horas coches… no se podía echar uno ni la siesta.

- Los domingos me gustaban, siempre iba a ver el Rayo con mi hijo y mis nietos. ¡Qué buenas tardes! Aún lo veo a veces -concluyó melancólico.

Algo le cortó en su última frase. Una señora que cargaba un ramo de flores rojas y blancas –parecían claveles- pasó a su lado, por lo que pareció sin percatarse de su presencia tranquila en el banco.

- Flores… -dijo Heladio, que continuó con el melancólico tono de su amigo-. Yo no tengo flores en casa. Nunca me gustaron mucho, ¿y tú?

- Yo tampoco. Ni yo, ni mis hijos somos muy de flores… aunque esas son bonitas -señaló las de la mujer.

La mujer depositó las flores, junto a una foto familiar, en un hueco que había en la pared hecho para ellas, junto a una inscripción fechada; y volvió a pasar por delante de los dos viejos, sin mirarles ni tan siquiera un instante. Se miraron alegres, sonriendo, esperando la partida del mediodía. Y es que, en aquel lugar, no tener flores no significa caer en el olvido -para nada-, pues para evitarlo están los textos o los propios recuerdos.

Para mi abuelo, y los abuelos de los demás, por Navidad.

martes, 16 de diciembre de 2008

Aparente carácter gélido

Como cada martes se levanta, adormilado. Entre sábanas es donde quisiera permanecer un par de horas más, como mínimo. Pero no puede ser. El estridente sonido del reloj suena, destroza su armonía cálida de la habitación oscura. La balada del despertador, le llaman. No hay más remedio que levantar y lavarse la cara, entre bocados a un pastel de chocolate y sorbos ardientes a un colacao, o derivados.
Ducha rápida -si la puntualidad lo permite-, pequeña charla con sus padres, sin prácticamente nada que contar, pura rutina de la mañana que aún no acaba de entrar a sus ojos semicerrados. En pocos minutos desde el fin de la peor canción del mundo -el despertador-, sale de casa y cierra la puerta con llave.
Por la calle camina, a cinco minutos está el instituto. En el camino encuentra gente, no amigos, sólo gente. Los amigos los tiene, pero la mayoría no están en el mismo instituto que él. No importa, todos le conocen y saluda con una sonrisa mañanera y fría; porque las manos están a buen seguro del gélido ambiente, en los bolsillos del anorak.
Siempre sonríe, y es lo más importante de él; su capacidad de sonreír en momentos tan adversos. Todo pasa, y él está aprendiendo a vivir de otra manera su vida, a la fuerza; por lo que estoy ampliamente orgulloso de él.
Para Jandro, en el día de su cumpleaños -ya termina el ciclo de cumpleaños.

lunes, 15 de diciembre de 2008

A mi viejo, en su día

Me vais a permitir una entrada más personal hoy, si bien cada texto lleva un pedazo del autor que lo suscribe enredado en sus palabras. Hoy es un día especial: como cada 15 de diciembre, mi padre cumple años. Pero este año resulta distinto.
No sé qué deciros de mi padre. Así que escribiré como si me dirigiese a él; aunque en cierto modo, así es. Este año te ha tratado peor que los anteriores -y a todos-, está más que claro que no queremos volver a ver a 2008, yo ya renegué de su falsa amistad hace aproximadamente un mes; por eso me alegra más que este año cumplas años, porque significa que el año está empezando a huir de nosotros.
Y por eso, me ha encantado que nos hayamos reído un montón hoy, dejando a un lado todo lo demás. Porque me enorgullece que seas tú mi padre, mi viejo, como te digo siempre. Porque he aprendido a adorar ese quiosco gracias a tí, que tanto le odias y le adoras. Porque un día escribí una Oda a un quiosquero en la que tú fuiste y serás protagonista siempre. Y porque si me preguntasen si admiro a alguien en la vida, contestaría sin atisbo de duda -e hinchado de orgullo- que a mi padre (junto a mi madre, aunque ahora no venga tan al caso).
Por eso y por todo lo demás. Felicidades viejo.