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sábado, 7 de mayo de 2011

Leían

Leían.

Vislumbré un chico y una chica desde la ventana del autobús. Se abrazaban, se desabrazaban, se besaban, se desbesaban, Compartían el momento parcos y tímidos, igual que se rozaban sus manos. Pero me llamó la atención algo: leían.

Leían, sí, juntos, a veces uno en el hueco del hombro del otro, a veces separados. Leían desconsoladamente, tanto que por el rostro les resbalaban las palabras. Cada cierto tiempo uno de los dos miraba al otro y secaba las sílabas que se precipitaban por su cara o que se habían quedado en sus ojos formando vocablos de cristal ininteligibles.

Leían constantemente, gemidoramente… como si acaso fuese la última lectura que hacer juntos y tuviesen miedo de cerrar el libro, apagar la luz, y salir caminando cada uno en una dirección.

Leían como si la noche fuese a devorarlos al término de la página, en el último punto final. Cuando todo se vuelve más oscuro y el amo y señor de la noche es nuevamente el miedo.

Leían y me pareció que no querían mirarse el uno al otro en tales circunstancias, por eso se escondían y pensaban en silencio en el final de aquella historia. Como si aquel acto de leer fuese algo íntimo y estrictamente introspectivo, incluso para ellos.

Leían…

Nota: Puede cambiar el verbo leer por cualquier otro y comprobar el resultado del juego.

martes, 2 de noviembre de 2010

Odio...

Odio los despertadores. Odio el café pasado de azúcar, la gente que no sonríe nunca, y los juramentos que después se rompen. Odio la tristeza, y también las lágrimas de cocodrilo. Y que siempre los carretes tengan una última foto. Odio la mentira y la soledad, y además me atormentan, y odio el sabor del alcohol de cuando se está triste. Odio el hambre y, a veces, al hombre, la insolidaridad, y a los dictadores. Odio tener que levantarme cuando duerme conmigo, y también el momento en el que gira la calle y sé que “esta noche no será sólo para nosotros”. Odio que se me acabe el papel o la tinta del boli. Odio saber que estará lejos un tiempo. Odio las prohibiciones, que a alguien le corten las alas, incluso a mí. Odio las muertes prematuras, el dolor que arrastran, y a esos que maltratan a una mujer y destrozan todo. Odio a veces Madrid, y el primer día después de que marche y el de antes de que vuelva porque tiene treinta y seis horas, por lo menos.

viernes, 28 de agosto de 2009

Nada

Él sube por la cuesta que le conduce a casa. Acaba de dejar en el parque a dos amigas con las que hacía tiempo no se sentaba a hablar. La casualidad le ha llevado a encontrarse con ellas en un momento en el que parecía estar solitario. Sus amigas se han quedado allí, esperaban a una chica, que debe estar al llegar: Ella.

Se cruzan Él y Ella fugazmente, pues Ella, camino inverso, estaba llegando al lugar de encuentro con sus dos amigas. Intercambian una rápida mirada, clásica entre dos desconocidos que piensan que nunca más volverán a verse. Una mirada repentina que por un momento parece activar un resorte en la mente de las dos personas, pero que se desvanece enseguida que otra persona se cruza en el camino.

Lo que no saben Él y Ella es que mañana volverán a encontrarse, porque las amigas de Ella también eran las amigas de Él, que habían quedado en el parque esperándola, con las que Él volverá a quedar al día siguiente. Y lo que no saben ahora es que empezarán a conocerse poco a poco, sin más propósito que el de pasar un rato con aquellas dos chicas, sus amigas en común, en principio. Y empezarán a sentirse cómodos.

Y tampoco saben que tras un tiempo sus labios se habrán rozado, inocentemente primero, de otra manera más violenta después. Ni siquiera sabe Ella, al cruzarse, que Él toca la guitarra y que tiempo después pasarán varios ratos maravillosos aprendiendo algunas canciones. O que en una futura noche fresca de verano, Ella descansará sobre el césped del parque, con su cabeza sobre el pecho de Él y sus brazos anudando su torso, protegiéndolo del repentino frío veraniego. Y que nada más importará en esos momentos.

Nada. No saben nada de eso.

En este momento sólo se miran un instante, para después seguir pensando cada uno en su vida. No se conocen, no saben nada de sus días. Ni siquiera pueden saber si la vida inspira la literatura, o si por el contrario, es a partir de la propia literatura como se construye la vida. Todo lo desconocen mientras dejan atrás los ojos anónimos del otro.

sábado, 18 de julio de 2009

Definiciones

Los estados de ánimo lo son todo y cualquier cosa.

La felicidad es la visión de la sonrisa de cualquier persona a la que quieres.

La complicidad es saber mantener una conversación sólo con una mirada.

La amistad es un gesto, una palabra, un simple abrazo que se transforma en algo complejo.

La tristeza es la caja de cerillas que robasteis en la última posada en la que dormisteis juntos.

La indiferencia, acordarte de alguien y darte cuenta de que ya no le necesitas.

La pasión está contenida en un beso que surge repentino, después de la facultad, en el autobús o en el andén un minuto antes de coger un tren lejos.

La soledad es un café que se queda frío junto a una balada que suena en el peor momento.

El cariño un abrazo después de ganar con tu pareja una partida de trivial.

El desasosiego está en un trazo en el vaho del espejo de la ducha, que trae recuerdos.

El deseo es querer morderte la piel cada vez que me miras con tus ojos castaños.

El miedo duerme en cada cama de cada familia, en cada sueño, y muchas veces nos controla.

La tranquilidad puede ser leer un poema de Cortázar en el parque.

El amor, un poema en la servilleta manchada con el carmín de esos labios.

La traición es algo doloroso, tal vez involuntario e inevitable.

La falsedad es la máscara con la que cualquiera te vende una amistad.

El peligro es saber que te puedes morir a cada instante y aún así seguir viviendo.

Las emociones son la vida y tan sólo palabras.

jueves, 22 de enero de 2009

Yo quise un millón de amigos

Siempre quise tener un millón de amigos, como dice la canción.
Yo, entre la enmarañada lista de amigos, tengo al mejor pianista, optimista y soñador. Otro amigo es fotógrafo, alegre, observador. Un amante de dos ruedas, contestón, trabajador. Y un gran amigo cinéfilo, que es magnífico escritor. Un loco científico, de noche compositor. Una chica que miente, otra luego desmiente. Pareja de ojos azules paran donde se divierten. En la lista alguien miente, y tengo una amiga yo, que cuando se echa novio, no vuelve.

Dos futuras filólogas sueñan en palabras. Un feliz historiador estudia Mesopotamia. Unos ojos verdes, que son por si arte, y que hoy inspiran palabras con las que a ti agasajarte. Una amiga en mi madre, y en mi padre un amigo; y cuatro grandes compañías que son todos vecinos.
También hay una poeta y alguien que lee poesía, un bailarín que no puede levantar en noches frías. Alguien que mira hacia atrás, y deja una puerta abierta, sueña noches en Las Palmas nadando con las sirenas. Una preciosa gallega, dulce voz, mirada atenta, y una chica que sonríe, al lado, que parece ser de Huesca.
Un pinchadiscos moderno, al que me encuentro cuando nieva. Una academia músical, digna de hacer reverencia; un motero sin cuidado, carretera de Valencia. Un hermano aquí a mi lado, un sillón, una escalera. Una mano delgada, pluma azul, cielo de letras, escribe textos por mi, cual mente que en nube vuela.

Espero que os guste el experimento.